sábado, 25 de febrero de 2017

La alcantarilla de los lobos

A veces me gustaría ser un poco más crédulo. Estoy seguro de que siéndolo se es mucho más feliz. Sobre todo ponerte la venda ante el modo en que actúan las administraciones con ciertos asuntos. Con respecto a esto hay dos tipos de personas, según la trinchera que como buen español se haya elegido: están los que aplauden con las orejas todo lo que hagan los suyos, y luego están los díscolos que han tenido la ocurrencia de juzgar o protestar. Es conveniente verlo todo con un poquito de crítica, sobre todo en este país plagado de sinvergüenzas, cobardes, mangantes y canallas con ventanas a la calle. Hay que partir de la base de que como sociedad tenemos una catadura moral muy baja y unos niveles miserables de ética y cultura. En cuanto a medio ambiente, que de eso trata esta historia, nuestra ignorancia es sencillamente rotunda. Somos un pueblo dócil y muy manipulable. La naturaleza nos da igual y de eso se aprovechan los de siempre.

Meses atrás leí la noticia de que en Robledo de Sanabria, Zamora, la Junta de Castilla y León había abierto el “Centro del lobo ibérico”. Se trata de un supuesto espacio de dinamización rural y transmisión de la cultura del lobo, enfocado a la conservación de la especie. Al menos así lo venden, esos pérfidos bandidos que mandan allí, para engañar a los turistas y escolares que visitan el centro. Porque resulta que en uno de los paneles explicativos, titulado sin vergüenza alguna “Acechar al lobo”, uno se encuentra cosas como las que siguen. Copio textualmente: “La caza es fundamental para la preservación de espacios naturales y especies amenazadas o para el control poblacional de otras y un importante recurso económico para el mundo rural”. Esto lo leen escolares. Después de ésta apología del mundo sucio y criminal de la caza, leemos que “El lobo es un valioso trofeo para muchos cazadores. Los conocimientos científicos permiten que se obtenga de manera ordenada sin ningún riesgo para sus poblaciones”. Éste mensaje inmoral lo hemos pagado todos: una afirmación anticientífica, también dirigida a los escolares. Un poco más adelante el que escribió eso habla mal del furtivismo, supongo que por quedar bien y que no le llamen golfo a la cara. En fin: con ese panel explicativo aprendes que en Castilla y León, siempre que pagues, tienes el derecho a ser un hijo de puta armado y matar un lobo, pero asesorado por un técnico. Que conste.

No me importa que en el resto del centro se hable bien del lobo. El mensaje manifiesto para disparar contra una especie en peligro está ahí. Habrá quien lea toda esa basura y no le diga nada, pero muchos hemos comprendido el mensaje. Entre gestores sin escrúpulos y científicos cobardes justifican la existencia de ese perfecto mierda, funcionario o cazador, que dispara a un lobo. La realidad científica sólo es una: la caza y todo lo relacionado con ella es el cáncer del campo y el mayor problema de conservación para multitud de especies, sobre todo del lobo, donde matar ejemplares sólo lleva a desestructurar manadas obligándolas a atacar al ganado. Los ataques motivan el control poblacional y así gira la rueda de sangre. Los científicos vendidos que sentencian a los lobos castellanos saben eso mejor que nadie, pero hacen la vista gorda ante una administración criminal y sus mecanismos de manipulación, como ese “Centro del lobo”: una cloaca para adoctrinar chavales y turistas, para desinformar y falsificar el drama del lobo. Una alcantarilla financiada con dinero público para publicidad de toda una mafia de impresentables.


lunes, 13 de febrero de 2017

La Fuente del Agua Fría

Hace ya unos cuantos años, en una tarde mediado el otoño, me encontraba caminando como tan de costumbre por los rincones solitarios del Macizo de Ayllón. Aquel día acababa de visitar por primera vez la cumbre del Cerrón, una montaña redonda, desnuda y panzuda de unos dos mil doscientos metros de altitud. Antes de emprender la bajada desplegué el mapa por si aquellos pagos ofrecían algún otro lugar sugerente que conocer. Muchas veces visito lugares remotos atraído únicamente por sus nombres tradicionales, sólo por ver qué hay allí, si existe algún vestigio que deje adivinar el porqué los antiguos aldeanos y pastores los bautizaron de aquella manera. En ese momento viví una de esas hermosas casualidades: Fuente del Agua Fría, ponía escrito en azul en mi astroso mapa, como siempre machacado, húmedo y cuajado de notas, referencias y flechas. Aquella Fuente del Agua Fría me caía al lado. Y encontré un pequeño tesoro: un recoleto manantial brotaba en un prado herboso, de una grieta que no tenía tubo de hierro ni canalización alguna. Una fuente natural, primitiva, salvaje. No había más indicio de fuente que un par de lascas de cuarcita que quién sabe cuándo alguien había colocado para sujetar la turba y que el agua saliera limpia. El rincón era de una paz extrema, protegido del viento, cargado de silencio, un paraíso verde y fresco en la austera alta montaña. Y aquel agua, quién sabe si por la sugestión de tan bello nombre, Fuente del Agua Fría, me supo como una especie de néctar legendario, a lo que debe saber el germen de la Madre Tierra.

Años después, en un día cualquiera, volví a aquellos parajes. Los pasos me llevaron al Cerrón y de él a la Fuente del Agua Fría, ese rincón mítico y puro del que tan buen recuerdo guardaba. Pero según me acercaba se me fue haciendo un nudo en la garganta. Del carril que pasaba por allí se desgajaba el rastro profundo y desagradable de las orugas de un buldózer. Lo seguí con angustia hasta la pequeña vaguada donde estaba escondida la Fuente. Encontré un gran agujero cuadrado en la tierra, como una gigantesca tumba recién excavada por un siniestro enterrador, un cráter infame que había mutilado la ladera. Hasta la maloliente alberca llegaba una tubería que alguien había clavado en la Fuente del Agua Fría. El manantial había desaparecido, pues el rincón húmedo y herboso había sido destruido y removido para atravesarlo con el tubo. Parecía que el buldózer se hubiera deleitado en destruir por placer, en dañar por puro lujo de males. Me dio tanto asco que ni tomé fotografías. El paraje como tal, como debieron conocerlo generaciones de cabreros, arrieros, viajeros, montañeros y naturalistas ya no existía. Había sido destruido por completo y sin necesidad. Hay sitios de sobra degradados como para haber dejado aquél tranquilo. Desconozco el fin de aquella obra criminal en un lugar tan remoto. Y no me importa. Lo único que sé es que el maldito canalla que la mandó hacer jamás caminó por esas sierras. Nunca las conoció en su pureza, en el silencio rotundo de su perpetua soledad. Nunca tuvo sed en la montaña y caminó hacia esa fuente para calmarla, ni sintió su sabor a tierra y a piedra oculto en la frialdad del agua cristalina. Cuando te ocurren cosas así te das cuenta de que el odio es un sentimiento legítimo. Lo asumes cuando destruyen tus leyendas.

La antigua Fuente del Agua Fría, hace diez años.

miércoles, 11 de enero de 2017

Grus grus

La gran llanura, el campo, el pla, se extiende a lo largo de decenas de kilómetros. La carretera es una cinta gris tirada a cordel de una rectitud y austeridad perfectas que recuerdan a las míticas carreteras norteamericanas. Pero aquello no es otra cosa que el Campo de Daroca, una marca inmisericorde, antigua tierra de frontera, tierra olvidada por todos. Parece que la inmensa llanura no esconde secretos. Que allí no puede haber otra cosa que mochuelos, palomas y liebres. Pero un día alguien decidió nombrar a un pueblo pardoamarillo con el sugerente nombre de Gallocanta en honor a las altivas visitantes que la inmediata laguna recibía cada invierno.

Era la segunda vez que viajaba a Gallocanta. Llegamos por la tarde. El cielo estaba del todo encapotado. El coche traqueteaba y resbalaba por los embarrados carriles de tierra que bordean la delgada lámina de agua salada. Aquella no era como las salidas de campo a que acostumbro, pues ver Gallocanta es cómodo, casi un safari, moviéndote libremente en coche de un apostadero a otro, buscando en segunda algún confiado grupo de grullas para sacar la cámara y disparar desde el mismo asiento. Pero así es la laguna. Las grullas no dejan de ser desconfiadas, pues pese a presentarse allí por decenas de miles poseen el recuerdo atávico de la antigua persecución, del trueno, el humo y la muerte, y no permiten acercarse.




Topamos con pequeños bandos y con grupos dispersos caminando entre los barbechos y los campos arados. El caminar de las grullas es elegante, mayestático, de una altivez que poseen pocas aves. Parecen enjuiciar al observador como haría un aristócrata criado entre algodones. Lo parece, pero sabes que no lo hacen: los animales tienen clara la función que les ha dado el Creador, ejercen con humildad y convicción la labor para la que están allí, y sólo el hombre alberga orgullo y malicia.

Durante el reconocimiento encontramos junto al pueblo de Bello un pequeño bando más confiado que el resto. Nos permiten parar en el arcén y observarlas con total tranquilidad. Prismáticos, telescopio y teleobjetivo a pulso, a veces tan cerca que nada de eso hace falta. No nos topamos ningún otro coche de observadores en toda la tarde: estamos solos en Gallocanta. ¿Podría haber privilegio mayor para quien va allí a ver las grullas? La soledad aumenta la magia, la naturaleza merece su nombre. Pienso como siempre en si puede haber algo más emocionante que la observación de los animales en libertad. ¿Algo más hermoso, más noble, una actividad emocional e intelectual más pura?

Las grullas miden un metro treinta de altura y casi dos y medio de envergadura. Los adultos son inconfundibles por el elegante diseño del antifaz blanquinegro y por el píleo rojo, sin plumas, que lucen sobre el ojo. Los jóvenes, como en otras especies, se ven pardos y apagados. Observábamos algunas parejas, que son monógamas de por vida, seguidas de su pollo del año, que desde la taiga y la tundra del norte de Europa les ha acompañado hasta aquella llanura de los confines de Aragón. Sin dejar de echarnos miradas los grupos familiares caminan por los campos con las grandes zarpas y el pico llenos de barro en su constante búsqueda de raíces, rizomas, lombrices y roedores.

Antes de la visita había leído sobre el animal y me había quedado con algunos datos que desconocía y que, al ver allí en directo a los padres con los juveniles, comprendí en toda su profundidad más allá de la mera objetividad científica. Las grullas suelen poner dos huevos: en una paridad que ya quisiéramos alcanzar alguna vez, el primer pollo queda a cargo del padre y el segundo, de la madre. El 48% de las parejas sacan adelante a un pollo y sólo el 18% a los dos. Observamos los dos tipos de familias. Cuando se comprende la complejidad extrema del comportamiento de los animales salvajes, del tiempo y del esfuerzo que requiere la vida de cada uno de ellos, no puede uno más que posicionarse en el bando de los defensores de la naturaleza.



Cuando queda apenas media hora de luz nos detenemos en un carril. El viento trae desde el horizonte el trompeteo de las grullas que llegan volando. Hemos escogido el mejor sitio. En el azul plomizo del nuboso anochecer empiezan a dibujarse bandos y más bandos de grullas que nos pasan por encima. Uno tras otro grandes grupos van llegando para arracimarse en la laguna. El trompeteo es ensordecedor. Son muchos millares. Es la hora en la que menos se ve, pero con los prismáticos se distinguen miles de grullas ya posadas entre la bruma saludando a todas las demás que llegan. Es una imagen mágica, las grullas entre la niebla azul, una visión de épocas remotas. El día trae un último visitante inesperado, un gran jabalí macareno que trota como una bestia inmensa y desubicada en dirección a los marjales. Parece fuera de lugar, pero aquél también es su sitio.  


IMÁGENES

- Grus grus, adulto y joven:


- Adulto en detalle:


- Juvenil en detalle:


- Ejemplares atusándose el plumaje y buscando alimento:



- Llegada de miles de ejemplares a la laguna al caer la tarde:


- Grullas preparándose para pasar la noche. El pueblo de Bello entre la bruma:


- Gran macareno con grullas al fondo, un visitante inesperado:


martes, 3 de enero de 2017

La frontera norte

El caso es que nieva, pero nieva tarde, dijo el ganadero. Estábamos aparcados a un par de kilómetros del pueblo, en un cruce de pistas. Él estaba forrajeando las vacas y yo me ponía la cazadora y me calzaba la mochila, preparándome para pasar el día muestreando al gran matador en aquellos caminos. Prismáticos al cinto y cámara al hombro. La semana pasada, quince bajo cero a esta hora, siguió diciéndome. Aquella mañana llegábamos hasta los once bajo cero, así que me puse los guantes y me calé el gorro. Él se apañaba con un mono azul y la ropa normal debajo. Mira el río -miré un recodo sombreado del río, helado del todo-, ese rincón ya no se deshiela hasta abril. Nos despedimos y eché a andar. Conocía de vista a aquel hombre de verle por las noches o muy temprano en el bar de alguno de los pueblos vecinos. Siempre me resulta extraño, un raro privilegio de explorador, el conocer a muchos de los pobladores de aquellas sierras en las que paso media vida y que en cambio nadie me conozca a mí.

Las primera horas del día pasaban despacio mientras caminaba hacia los collados y los puertos a través de la pista que zigzagueaba buscando las isohipsas de aquella estribación de la sierra. Era la frontera norte del Macizo de Ayllón, una región en la que he pasado mucho tiempo durante los últimos años y donde puedo decir sin tapujos y con orgullo que se ha forjado una parte de mi ser. Las tierras altas y ásperas, ariscas y sin concesiones; los bosques profundos y callados, los barrancos imposibles y las alturas desafiantes. Los pueblos cargados de silencio. ¿Puede haber algo más bello en el mundo? ¿Mayor contradicción para el alma humana que el extasiarse ante la dolorosa belleza de las sierras castigadas?



Los parajes hacia los que me encaminaba aquel día eran el límite septentrional de la muralla que cierra la sierra. Al otro lado se extiende como una alfombra árida la llanura de Castilla. En los días claros, desde las mayores alturas, se ve desde allí la Cordillera Cantábrica. Pero cuesta mirar hacia el horizonte cuando lo inmediato está cargado de belleza: son montañas desnudas, peladas, tapizadas de prados alpinos siempre amarillentos. Colinas y gibas suaves y onduladas que rodean las grandes moles cuarcíticas de los picos. Paisajes remotos que me cautivaron desde la primera vez que los viera ya va camino de los diez años. Hay parajes en estas provincias tan solitarios, tan desgarrados, siempre pintados de pardo y arena, que me hacen pensar en las montañas de desiertos asiáticos más que en la Vieja Iberia.

Caminando ya por los collados y las cimas observo con detenimiento una serie de casetas construidas con lascas de pizarra. Desde siempre me parecieron obra de pastores, refugios para las tormentas inesperadas que allí se agolpan sin previo aviso. Pero sentado junto a uno de ellos, observado las demás casillas con los prismáticos, me doy cuenta al fin lo que realmente son: blocaos de la Guerra Civil, heredados de las nefastas guerras del Rif. Construidos de la misma manera: cubículos vendidos y miserables, aislados, lejos de la aguada y de toda ayuda posible. Por allí pasaba una línea de frente, o aquel paso de montaña era un rincón importante a vigilar. Alguna de las casillas, pues casi todas están medio derruidas, conserva aún los embudos de tirador desde los que asomar los máuser. El eterno drama de España allá confundido con lo que parecían majadas. Los dolorosos estertores de nuestro convulso pasado los tiene el caminante donde quiera que camine o lea los libros que lea.



Mediada la mañana las temperaturas se suavizan y superan los cero grados. Camino cómodamente sin frío ni calor. El cielo desgrana lentamente un silbido agudo y las grandes sombras cubren el suelo. Llegan volando de sur a norte. Pasan varios leonados a los que apenas presto atención, tantos los millares de observaciones y tan cercanos los encuentros con el buitre. Más adelante aparecen dos enormes siluetas negras en el aire. Por un instante dudo, mas las diferencias son inmediatas: las alas son más largas y en forma de tabla, el cuerpo es inconfundiblemente oscuro, sin concesiones. La cola es una discreta cuña. Son dos buitres negros que vienen desde el sur de Soria a echar un ojo a la columna de leonados que se arremolina no lejos de allí. A ellos sí les tomo fotografías, sí me deleito en observarlos con los prismáticos, pues no son frecuentes en mis zonas de campeo. Mientras les observo pienso en cuántas veces he tratado de transmitir a los neófitos la majestad y el tamaño del buitre negro. Tres metros de bicho, terminas diciendo. Y ojipláticos.




Al caer la tarde abandono las alturas. Desciendo a las tierras bajas a través de carriles semiabandonados invadidos por brezos y jaras. Grandes animales invisibles se mueven en la espesura de las vaguadas, rompiendo ramas a su paso. Lo estrecho del paraje amplifica los ecos y siento esa impagable inquietud de verte solo tan lejos. Alcanzo la pista que quiero y ya camino en paz. Aparecen vacas, testigos callados que miran con esos ojos negros inocentes con que sólo miran los animales. Sorprendo a un zorro en el prado, que desaparece saltando a través de unas rocas. Me arrodillo y apunto, sabiendo que aquel pillo va a volver a asomarse. Sólo pienso en que ojalá nunca tenga la desgracia de ser tan curioso con una de esas personas malas que se divierten matando. 

Continúo el camino. El sol se pierde y vuelve a caer el frío. Los dedos se entumecen y las mejillas tiran. Al irse la luz desde el pueblo suben algunos fuegos artificiales: es día uno de enero. Resulta una visión extraña ver los fuegos artificiales en un lugar tan solitario y despoblado. Los destellos verdes y rosas. Casi una aurora boreal en lo más remoto de la anciana Castilla. He planeado un recorrido demasiado largo para las escasas horas de luz y al final camino las dos últimas horas de noche, bajo la luz de las estrellas invernales, a ocho bajo cero. Han sido treinta kilómetros a pie de muestreo infructuoso, sin resultados. Trabajo de campo para mero descarte. Un día perdido, diría alguno. Pero no. No habría deseado hacer otra cosa que pasar aquel día en el monte.


sábado, 17 de diciembre de 2016

El sexto sentido

Corría el mes de mayo en la agreste frontera entre la Montaña Palentina y Riaño. Eran las tierras altas, los pueblos de la Reina, montes gigantescos e informes tapizados de ásperas selvas de brezos, laderas y valles poblados de densos hayedos, abedulares de troncos blancos cubriendo los húmedos barrancos. Hacía frío y había agua por todas partes. Los venados pacían en los verdes prados mezclados con las vacas; todos los herbívoros silvestres y domesticados vigilan allí el rondar del lobo, protegiéndose entre ellos ante el asomar de las orejas de la bestia, el inmisericorde puntero de rehala salvaje como decía aquel Foxá. Los lobos compartían el mismo camino que el oso pardo, que pisaba en las pistas. Las grandes huellas de ambos ocupaban el camino. El oso seguía a los lobos para aprovecharse de lo que dejaran a su paso. Ellos matan, él no.

En las altas estribaciones alrededor del pico Murcia quedaban abundantísimos neveros. Las zonas altas, los roquedos imposibles, los pandos y vaguadas conservaban una espesa capa de nieve en el quinto mes del año como debía de ser siempre después de los crudos inviernos de antes. En las laderas se veía el rastro de los aludes. Pudimos presenciar uno de aquellos corrimientos de nieve, un rugido atronador que inundó la montaña como si un dios antiguo la hubiera arrastrado de su sitio. Al mirar hacia el lugar una densa nube de vapor helado subía hasta el cielo. A los rebecos aquello no parecía importarles, pues con su paso grácil atravesaban sobre los neveros y las avalanchas recientes. Hay tal vez pocas imágenes más agrestes en el norte de Iberia que contemplar el caminar de los rebecos por las imposibles superficies blancas.






Una de aquellas tardes, ya en territorio palentino, mi compañero se fue hacia Cantabria y yo quedé solo. Caminé hasta una cabaña de piedra al abrigo de la montaña. Había pasado mucho tiempo allí en años anteriores, vivido días enteros, visto correr lentamente muchas noches en el interior de la casetilla acompañado únicamente por la luz cálida del fuego. Aquella tarde el cansancio de los días pasados en el monte me venció e hice la siesta tumbado al sol de primavera en el poyo junto a la puerta. Durante el sueño se apoderó de mi una leve inquietud, esa sensación de sentirse observado en un lugar solitario que también tienen los animales. Ese sexto sentido que creo sólo se desarrolla cuando se tienen botas muy machacadas. Abrí los ojos y a mi lado saltó uno de los zorros más hermosos que había visto nunca: el animal conservaba un espeso pelaje de invierno, un pelaje grisáceo y esponjoso de zorro carbonero. Miró unos instantes para confirmar que aquel humano realmente se estaba moviendo. Nuestros ojos se cruzaron durante unos segundos bellos como la eternidad. Después desapareció como un susurro.


Cuando quedaba un par de horas de oscuridad me aposté a unos cien metros de la cabaña. Sabía que el zorro iba a volver para husmear entre los restos de mi merienda de pan y queso. Me senté bajo un maíllo y cubierto con una red mimética esperé al animal. Pasaron varios venados. Un azor, el pirata de la espesura, sobrevoló el prado frente a la cabaña. Al cabo de una hora apareció el zorro. Husmeó el poyo donde había estado durmiendo y devoró las migas que había dejado. Saltó sobre una lagartija que se escondió entre las piedras. Rodeó el refugio de vaqueros varias veces, caminando como un equilibrista sobre los muros del corral, deslizándose entre los maderos, investigando centímetro a centímetro la puerta. Cuando pareció convencido de que allí no quedaba nada más que ver, y se marchaba atravesando el prado verde, se detuvo. Le atacó esa misma sensación del que se sabe observado que yo tuve con él horas antes. Se sentó sobre sus cuartos traseros y miró, sin fallo, hacia donde yo estaba. No me había movido lo más mínimo y tenía el viento a favor. Sus agudos sentidos de proscrito no habían podido avisarle. Había sido aquel sexto sentido, que por medio de alguna mágica virtud de la Naturaleza, pudimos compartir.


martes, 15 de noviembre de 2016

Los cobardes del lobo

Estaba almorzando en medio del monte junto a un abrevadero cuando escuché el repiqueteo de los cencerros. Sobre el talud aparecieron una a una, como apaches que se asomaran buscando al enemigo, las cabezas de un montón de cabras. Bajaron desconfiadas al dornajo sin quitarme el ojo de encima. Las siguieron cuatro o cinco perros lanudos y después llegó el pastor. Nos saludamos, él también cauto sin poder explicarse qué demonios hacía yo allí. Estaba rastreando un grupo de lobos, pero no se lo dije. Charlamos un rato sobre esos campos suyos, pagos austeros pero bondadosos, y sobre la fauna y los árboles. Era un hombre tranquilo y amable, como todos los pastores y como la mayoría de gente que camina sola. Al fin le saqué por lo bajini el tema del lobo. Decía que los había visto varias veces, que le habían atacado a las cabras y me contó cómo un par de días antes espantó a uno a plena luz del día. Pero no los odiaba. Tiene que haber de todo, decía. Le pregunté después qué tal le iba con las cabras y entonces sí que se le ensombreció el semblante. El precio ridículo y esclavo al que se veía forzado a vender la leche o los cabritos no le permitía ni cubrir gastos. El verdadero problema de la ganadería en toda su crudeza con el más humilde. A mí nadie me ayuda, nadie me rescata, dijo. Se llevó un pañuelo a la cara, a aquellos ojos grises ahora enrojecidos y húmedos. Había roto a llorar.

El mundo no funciona a base de injusticias porque las cosas no se puedan hacer de otra manera, sino que es así de puerco y cruel gracias a la tropa de hijos de la gran puta sin bozal ni castigo que tenemos arriba. Y asesorando a los de arriba o riéndoles las gracias. Mientras unos miserables no trabajan por lo que deben hacerlo aquel pastor veía condenado su oficio ancestral: los mismos que culpan a los lobos de todos los males del campo. Y esos lobos que yo buscaba y que él no odia, sino que comprende, también sufren a los mismos canallas. El drama del lobo y de todo lo bueno y bello que hay en el mundo es la cobardía de los hombres. Esos que teniendo una responsabilidad se dejan la moral y la vergüenza en casa y no le dicen al político que por ahí no, oiga. Los cobardes del lobo son esos empleados públicos que tejen redes mafiosas poniendo la cabeza del lobo en bandeja. Y los científicos sin escrúpulos que venderían a su madre por un plato de lentejas a los que les da igual el bienestar de las especies que dicen estudiar. También los técnicos que en lugar de trabajar por la protección calzándose las botas prefieren las rodilleras. O los llamados conservacionistas que se dan la mano con demonios de todo pelaje para hacerse una foto. Y de toda esta variada ralea en España tenemos por las cuatro esquinas. Cada uno sabe quién es quién. El problema del lobo no son las escopetas. Ni mucho menos la ganadería. Ni siquiera los políticos ignorantes que firman las sentencias de muerte desde los despachos. El problema del lobo son los cobardes.


viernes, 7 de octubre de 2016

El avistamiento

El camino estrecho brillaba en la oscuridad como una cinta blanca que atravesara el robledal. A lo lejos se escuchaba intensamente la berrea, las voces ansiosas y estentóreas de los grandes venados que recorrían frenéticos la montaña. Hacía frío, tal vez la primera mañana fría de octubre. A mi derecha, fuera del bosque, se extendía un pequeño valle forrajero y al otro lado una larga colina paralela a él. Llegué a la primera línea de árboles y me senté bajo un melojo, entre zarzas y escobones, con una red mimética por encima, el teleobjetivo entre las piernas y los prismáticos en las manos. La luz del lento amanecer comenzaba a dibujar todos los detalles de la naturaleza. Una suave neblina cubría los prados amarillos de aquel valle estrecho.

Me encontraba en el oriente de la Cordillera Cantábrica, frente a un prado salpicado de madrigueras de topillos. Esperaba ver algún gato montés, pues aquella región es una de las mejores del mundo para observar tan esquiva especie. Sin embargo, en toda la larga espera apenas pasaron algunas cornejas y una cierva junto a su cervato que treparon la colina al otro lado de la pradera. Llegaba como un rumor algún eco de la aldea, que no estaba muy lejos: una puerta que se cierra, el ladrido de un perro. Pero por encima de todo, de la berrea, de los cencerros, de los gorjeos de las aves o del despertar de los aldeanos, se escuchaba el sonido del silencio.

Serían las nueve en punto cuando me levanté del escondite, después de casi dos horas sentado sobre las hojas sin apenas moverme. Había hecho, como muchas otras veces, mi tranquila espera de fauna a primera hora, y entonces me disponía a pasar el resto del día recorriendo libremente los montes. Me puse la mochila, aseguré los binoculares en la cintura y me eché la pesada cámara al hombro. Y justo entonces aparecieron.

Por el prado venía de frente la inconfundible figura de un lobo ibérico al trote. En una fracción de segundo los nervios se encienden y la emoción contenida te llena de frío. Se inflama el corazón y los dedos se vuelven torpes. Los segundos pasan deprisa. Mil pensamientos se suceden fugaces, nítidos y borrosos, por la mente: el animal mítico está allí delante. El lobo dejó el prado y comenzó a trepar la colina. Y de repente desapareció. Su figura se desdibujó entre la roca gris y las gramíneas como por arte de algún encantamiento. Sin embargo, al momento volvió a moverse, despacio, ajeno, como si las formas del suelo cobraran vida y tomaran la forma de un lobo. Me parecía imposible que no me hubiera detectado.



Entonces comprendí que después de siglos de odio y persecución, una selección natural forzada ha elegido a los ejemplares más miméticos, los que mejor se disimulan en los montes cantábricos y mediterráneos. Hace unos años, la primera vez que vi lobos en el campo me sorprendió que, cuando les da el sol, se ven amarillos, y que bajo el cielo nublado su librea, que parece hecha de la misma tierra, se pinta de pardos y grises apagados. Cuando el lobo de aquella mañana trepó ágil por la colina le daba el sol de lleno y brillaba como si la luz saliera de él mismo. Entonces observé que en lo alto de la loma estaba su consorte, un ejemplar igualmente grande y maduro, tal vez más viejo y oscuro. Habían recorrido el paraje uno por el valle y el otro por la colina, en actitud venatoria, esperando sin duda mover a las ciervas para que algún ejemplar joven o cansado huyera hacia arriba o hacia abajo, a la boca de uno de los dos lobos.

Aquel inolvidable avistamiento de la especie más bella y emblemática de la fauna ibérica duró poco, apenas un par de minutos. Después de encontrarse en lo alto de la colina, los dos ejemplares investigaron algo que había en el suelo y marcaron olfativamente el lugar. Gracias a ese comportamiento pude ver que el lobo que estaba arriba era un macho alfa. Fue el primero en desaparecer tras la cresta del monte, no sin antes permitirme verle en todo su esplendor. El otro ejemplar, la loba, siguió su mismo camino.



Como en otras ocasiones me llevó tiempo digerir el avistamiento. Aquellos dos minutos, pese a correr fugaces, habían sido tan emocionantes como toda una vida, intensos como una edad en la tierra. Pocos privilegios pueden llenar tanto el alma como el encuentro cercano con estos seres legendarios, testimonios vivientes de antiguas leyendas, personificaciones salvajes y rebeldes de las viejas tradiciones e historias de las montañas. Tales emociones son aún más fuertes cuando se conoce su desgracia, su injusto drama tan hispano, y se dedica mucho tiempo a su muestreo y seguimiento. El lobo es en el campo un proscrito, un auténtico fantasma, terriblemente desagradecido para las observaciones pese a ser un animal grande. Pero somos los hombres los que hemos hecho a los lobos ibéricos tan esquivos y desconfiados. En ello les va la vida. Ellos mismos saben que su ser indómito es la única escapatoria que tienen para que en las noches españolas se sigan escuchando sus hermosos aullidos.