sábado, 22 de septiembre de 2018

"La sierra distante", en linneo.es

Queridos amigos, me complace informaros de que LA SIERRA DISTANTE se encuentra ya disponible en la librería online www.linneo.es , el servicio bibliográfico de la Naturaleza.

Enlace directo al libro:

A través de ellos podéis adquirir la edición en tapa blanda o tapa dura.


"La peripecia de dos arrieros, padre e hijo, por los caminos de herradura que atraviesan la sierra de Ayllón, situada entre las provincias de Segovia, Guadalajara y Madrid. Una novela de ambiente costumbrista y rural en la que no podían faltar los lobos".
Un saludo y muchas gracias a los amigos de Linneo y Quercus.

martes, 18 de septiembre de 2018

Booktrailer de "La sierra distante"

Queridos amigos, os dejo aquí el trailer, "bookplay" o "booktrailer", en definitiva un video de presentación, de mi novela "La sierra distante", realizado por la Editorial Letrame.

Espero que os guste.

https://vimeo.com/278656484


lunes, 10 de septiembre de 2018

La sierra distante - El libro

Queridos amigos, os dejo unas fotografías de muestra del contenido de mi novela La sierra distante.

La cubierta, cuya fotografía de portada muestra a un lobo ibérico en estado salvaje, es obra del famoso fotógrafo de naturaleza Andoni Canela. Se ha escogido el blanco y negro para dar un aspecto más solemne y serio a la obra. La contraportada, en color granate, contiene la sinopsis de la novela. El canto va en color negro. En conjunto, es un libro sobrio y elegante.


En el interior, tras las cabeceras, encontramos un mapa de la sierra de Ayllón realizado por la ilustradora Cary Molina. Con este mapa, de gran utilidad para situar a los personajes en cada momento, se buscó una imagen sin escalas precisas, que tuviera el sabor de los mapas antiguos realizados a mano alzada y con distancias aproximadas. Al fin y al cabo, en la época en que se ambienta el libro, las gentes sencillas no tenían conocimiento exacto de las distancias, que se medían en el tiempo que se empleaba en ir de un sitio a otro.


Finalmente nos adentramos en la historia, una narración realista, con detalladas descripciones y personajes muy diferentes entre sí. A través de una serie de capítulos breves, ágiles de leer, iremos cambiando de personajes: conoceremos a Santos y Miguel, los arrieros de El Vado; a su amigo y consejero, el padre Longinos; a Peregrina, Dámaso el molinero, Ravinate, Sorpresa y Atrevida, así como a personajes como "el Fiscal", que representan un latigazo de duro realismo dentro de un mundo rural que, pese a su aislamiento, no es ajeno a la oscuridad exterior.

Escribir esta novela me ha llevado más de un año de trabajo. En ella he volcado gran parte de mis experiencias y recuerdos, acumulados durante diez años de caminatas a través de la sierra de Ayllón y alrededores. Parte de las vivencias, diálogos, pensamientos y sensaciones se inspiran en situaciones reales que yo mismo he vivido allí o en otros montes. También contiene historias que me han contado abueletes de la zona, así como un par de canciones populares anónimas. De siempre, recorriendo aquellos senderos ayllonenses pedregosos y oscuros, pensaba en cómo tenía que ser la vida de los arrieros y buhoneros de la sierra: así surgió, poco a poco, la historia de Santos y Miguel.

Un abrazo a todos.

lunes, 3 de septiembre de 2018

LA SIERRA DISTANTE

Me complace comunicaros que acaba de salir mi novela La sierra distante, publicada por la editorial Letrame.

Se trata de una obra de ficción, ambientada en la Sierra de Ayllón a principios de los años cuarenta. Después de un año y medio de trabajo y una intensa labor de documentación, La sierra distante es una historia de búsqueda y pérdida, una profunda reflexión sobre la miseria y nobleza de una condición humana inmersa en la naturaleza. Los amantes de la "literatura del desarraigo", del nature writing, de los dramas rurales y de las aventuras encontrarán en ella una lectura apasionante.


La sierra distante se desarrolla en un paisanaje remoto, en el que entonces, hace apenas ochenta años, la falta de carreteras, agua corriente, luz eléctrica o servicios médicos, unidos a la aspereza de la tierra, hacían la vida difícil. La obra tiene el sabor de épocas pasadas que ya hemos olvidado, un tiempo en el que, como reza la contraportada, "la dureza de la tierra forjaba la honestidad en el hombre".

La fotografía de portada, obra del conocido fotógrafo de naturaleza Andoni Canela, nos muestra un lobo ibérico. Además de ser parte importante del argumento, nada como el lobo personifica mejor la naturaleza salvaje y el eterno conflicto entre el hombre y el medio, por eso ocupa la portada del libro.

La sierra distante se publica en formato 15x21 cm, tapa blanda o tapa dura, edición rústica y papel ahuesado. 336 páginas. Incluye un mapa de la Sierra de Ayllón. 

··SINOPSIS··

A mediados del siglo XX, los pueblos y aldeas de la sierra se encuentran anclados en el tiempo. Bajo la sombra de una amenaza exterior y rodeados de una naturaleza tan bella como remota, el arriero Santos y su hijo Miguel emprenden un viaje a través de las montañas, donde cada uno deberá afrontar las tinieblas para poder encontrarse a sí mismo. En los caminos descubrirán lo frágiles que son los cimientos que sustentan su mundo.

··BIOGRAFÍA··

Abraham Prieto (1984) es geógrafo y naturalista. Participa en varios proyectos científicos y ha colaborado en libros, revistas y medios digitales, llevando a cabo un intenso trabajo de divulgación de la naturaleza. Sus experiencias en campos y montañas son la principal inspiración para su narrativa. Es autor del libro de relatos Escuchando el silencio. La sierra distante es su primera novela.

··PÁGINA WEB··


··COMPRAR EL LIBRO··

- Venta directa desde el correo electrónico apr.prieto@gmail.com (15€ en tapa blanda o 20€ tapa dura, 2€ de gastos de envío Península y Baleares.
- Librería Diógenes, C/ Ramón y Cajal, 1, Alcalá de Henares, Madrid. 918893767.

¡Un abrazo!



sábado, 18 de agosto de 2018

Los alces de Alaska

Cuando el disco pálido del "sol de medianoche" roza el horizonte para volver a subir, como si el mismo astro rey no quisiera que se hiciera de noche, se extiende sobre las tundras y taigas de Alaska una suave luz aterciopelada. Comienza entonces el período de mayor actividad estival de los grandes alces noroccidentales (Alces alces gigas). Si bien el alce es genéricamente el cérvido de mayor tamaño, la subespecie que puebla Alaska, el Yukón y la Columbia Británica es la mayor de todas: los grandes machos superan con facilidad los tres metros de largo y los dos de alto. 

Tal vez los rasgos más característicos de los alces, además de sus larguísimas patas y gran corpachón, sean la trompa y la joroba. Estas adaptaciones no son caprichosas, sino que responden a las severas condiciones climatológicas del lejano norte: el largo hocico, casi en forma de trompa, les permite calentar el aire antes de que llegue a los pulmones, y la joroba no es sino una reserva de grasa para las épocas de escasez. Estas peculiaridades físicas dotan al alce de un aspecto primitivo, como de mamífero antiguo, muy diferente de la silueta grácil, elegante y musculada de los cérvidos que conocemos, como el ciervo, el gamo o el corzo.

Después de un par avistamientos fugaces en carretera, la primera noche que pasamos en Alaska este junio de 2018 fue en una tranquila playa, cerca de Ninilchik, en la península de Kenai. Habíamos ido precisamente allí por la belleza del lugar y por la facilidad con que se observan águilas calvas. Estacioné frente a una amplia ensenada herbosa protegida por colinas y, en el momento más oscuro del día, una bonita hembra se acercó hasta el campamento. Podíamos escuchar sus pasos en la tierra húmeda, su profunda y pausada respiración y el rasgar de la hierba cuando comía. Parecía un individuo especialmente tranquilo, tal vez algo habituado. Se dice que no tienen buena vista, pero era imposible que no nos viera allí plantados. Pasamos más de media hora contemplando aquel bello animal, aquella buena hembra que nos regaló su presencia en la primera noche que pasamos allí:





Aunque genéricamente se describe que los alces viven en zonas arboladas próximas a aguas mansas o cursos fluviales, se desenvuelven también con soltura en las grandes extensiones de tundra del centro de Alaska, donde apenas existen árboles, y donde balsas y lagos pueden estar más distanciados. Si bien esta plasticidad puede estar inducida por la alta densidad, durante el verano las áreas abiertas del norte presentan grandes cantidades de alimento: el verano es crítico para que los alces se preparen de cada al invierno, ya que requieren diez mil calorías diarias. Es en estos amplios espacios cuando se ven los alces en todo su esplendor y gran altura, parecidos a caballos monstruosos, como podría comparar algún escritor. En el recorrido a través de la tundra de la Denali Highway buscando caribúesavistamos este mes de junio varias hembras de alce, algunas de ellas acompañadas de sus crías, nerviosas, cómicas y desgarbadas:




Una tarde, en uno de los tramos más remotos de la Glenn Highway, la carretera nos llevaba por un altozano. Un inmenso talud de varios cientos de metros caía hacia el norte, y abajo se extendía una gran llanura cubierta de un espeso bosque de píceas. No era buen lugar para observar nada, pues los árboles crecían apretados, pero un amplio arcén invitaba a detenerse y probar suerte. Bajamos y prospectamos con los prismáticos, detenidamente, las orillas de la multitud de pequeños lagos que cuajaban el bosque. Vimos un destello dorado que se movía, demasiado lejos. Con la esperanza de que fuera un oso que hubiera bajado a beber o refrescarse, dirigimos nuestra vista hacia allí. Sin embargo, no era "más que un alce", pensamos, como si los pudiéramos ver todos los días en nuestras vidas. A pesar de la decepción, no pudimos negar que la distante observación de aquel alce ramoneando algas, metido en el agua hasta la cintura, era una escena de gran fuerza y belleza:


Otro día, a plena luz, detuve la caravana para observar dos pequeñas cabecitas anaranjadas que sobresalían entre los matorrales. Eran, obviamente, dos crías mellizas de alce, que permanecían escondidas. De vez en cuando alguna de ellas sacaba la cabeza como un periscopio y volvía a ocultarla, y sólo distinguíamos el movimiento rápido de sus grandes orejas. Con cuidado, y con una cierta falta de precaución, bajé del vehículo y caminé despacio hacia un arroyo profundo que corría paralelo a la carretera: me parecía evidente que la hembra estaría ramoneando allí. Así era. Apenas a quince metros había una gran hembra, bastante más grande que un caballo. Observé sus orejas: estaban levantadas, no bajas e inclinadas (upset moose, dicen por allí). Permanecía tranquila. Hice una seña a mi madre, que se mantenía en la caravana, para que viniera sin hacer ruido. El alce estaba muy cerca. La observamos un momento, casi al alcance de la mano, y nos marchamos caminando despacio, sin darle la espalda. En ningún momento pareció considerarnos una amenaza pese a lo remoto del lugar:



Si bien el viaje no fue fecundo en "estaciones de espera", lo cierto es que prácticamente todas las que hice culminaban con la observación de algún alce. Una de las últimas buenas observaciones durante el viaje respondió a un macho de gran tamaño, con la cuerna todavía en un bajo estadio de desarrollo, que atravesaba un bosque de píceas. Caminaba tranquilo y cabizbajo, casi melancólico. Dejándonos llevar por la subjetividad, nos inspiraba esa cierta lástima de ser solitario, siendo siempre él mismo su única compañía en aquellas inmensas soledades. Pero así es la vida salvaje:


Aunque a simple vista resulta evidente que el alce es el mayor representante de la familia de los cérvidos, no está de más echar un ojo al suelo para buscar sus rastros: además de las grandes acumulaciones de excrementos que se encuentran por doquier, la gran huella artiodáctila de los alces resulta sin duda impresionante:


Hábitat típico de alces en Alaska: extennes abiertas, con abundantes cursos fluviales, lagos y cobertura forestal. Las imágenes corresponden a los tramos finales de la Denali Highway, cerca del parque nacional del mismo nombre:



Puede ser difícil obtener una imagen más representativa de la fauna de Alaska, o al menos de aquella que es fácil de observar, que la siguiente: un alce sacia su sed mientras una estoica águila calva descansa observándole. Todavía conservamos mucha pureza, todavía pueden verse escenas como esta, de una rabiosa naturalidad, en casi cualquier parte del mundo. No perdamos la esperanza.


- Imágenes tomadas con una Canon 600D con objetivos Tamron 16-300mm y 150-600mm.

sábado, 4 de agosto de 2018

A bordo del "Lulu Belle"

El indicador de la reserva se encendió mientras atravesábamos el remoto paso de Thompson. Llovía a cántaros y todo estaba cubierto de nieve. Estábamos todavía a muchas millas de Valdez y, según la guía de carreteras de Alaska, únicamente existía un pequeño lodge que pudiera aprovisionarnos. Descendiendo con precaución y sin pisar el acelerador, vimos que el lugar estaba cerrado. Con el corazón en un puño viajamos a través de bosques boreales y montañas interminables mientras la gasolina se agotaba. Los miliarios se sucedían lentamente y aumentaban los nervios. Apenas hablábamos. No podía explicarme cómo había sido tan torpe, pues ya había conducido tres años antes por la Richardson Highway y conocía sus largas distancias sin estaciones de servicio. Si nos hubiéramos quedado sin gasolina allí, en medio de la nada, la única solución hubiera sido parar y hacer autoestop hasta Valdez, comprar unos cuantos galones en garrafas y regresar a dedo hacia la caravana, perdiendo quién sabe cuánto tiempo. Por fortuna, conseguimos llegar a una de esas rústicas gasolineras de Alaska, ya cerca del pueblo y con el depósito tiritando. El nerviosismo se disipó y respiramos tranquilos.

Valdez es un pueblo costero, que empezó en el siglo XVIII como remoto asentamiento español. Se encuentra rodeado de gigantescas montañas de nieves perpetuas, casi siempre cubiertas de bruma. Selvas de píceas y alisos brotan de las mismas calles del pueblo, donde es frecuente ver deambulando alces, osos negros y grizzlies. Sobrevuelan el puerto casi más águilas calvas que gaviotas. Casas bajas con amplios jardines, campamentos para autocaravanas y un gran puerto de sabor nórdico con un puñado de pequeños negocios. Se trata de uno de esos lugares especiales donde uno se encuentra a gusto, cómodo. Siempre he dicho que con los pueblos y las ciudades ocurre como con las personas, nada más conocerlos sabes si te gustan o no, si sientes las buenas vibraciones, el feeling. Valdez es uno de esos lugares donde se podría vivir un exilio dorado.






Nos quedamos en el Bayside, un sencillo campamento con vistas a una ensenada verde y a bosques de coníferas que llegaban hasta el nivel del mar. Conectamos el agua corriente, la salida de aguas grises y negras al depósito subterráneo y la electricidad al full hook up de nuestra plaza. Por primera vez en muchos días pudimos darnos una ducha caliente en un baño amplio y cómodo. Nos sentimos renovados y salimos a pasear por el puerto, a plena luz, pues en el verano de Alaska no existe la noche. Los pescadores acababan de llegar y estaban limpiando un montón de salmones en una estación de madera. Las carnes de los salmones eran anaranjadas, casi carmesíes, muy diferentes a los salmones de piscifactoría que consumimos en Europa.

La primera vez que estuve en Valdez, tomé por recomendación de los dueños del campamento un pequeño barco, el Lulu Belle, que todos los días se adentra en lo más remoto de las aguas glaciares del sur de Alaska. Está capitaneado por el capitán Fred, un hombre afable y hablador, atento, con ojos grises como el mar: un auténtico capitán de barco, como los de las historias de Jack London o Joseph Conrad; lleva desde 1979 guiando su barco hasta el glaciar Columbia, derrochando entusiasmo y pasión como el primer día, ya que durante todo el viaje no suelta el micrófono para contar con todo detalle anécdotas e historias sobre sus amadas costas, sin perder de vista cualquier animal que ronde el barco para avisar a los pasajeros. Aquella primera vez, el viaje en el Lulu belle hasta el glaciar Columbia, a través de las aguas heladas y salvajes del Estrecho del Príncipe Guillermo, fue una experiencia inolvidable. Tanto, que quise repetirla cuando volviera. Y esa tarde al regresar a Valdez tres años después, paseando por el puerto, me emocioné al ver otra vez al capitán Fred con su pequeña camioneta; sentí la emoción de los recuerdos intensos, casi como un déjà vu a miles de kilómetros de casa, el reencuentro entre dos aventureros, como la visión de un sueño o un anhelo que se hiciera realidad. Ya teníamos reservado el billete.



Al día siguiente, mientras desayunábamos granola con yogur y mantequilla de cacahuete, llovía con intensidad y temimos una travesía agitada y pasada por agua. Por suerte, la indomable naturaleza de Alaska se apiadó de nosotros; las nubes se disiparon y salió un radiante sol de junio. Montamos en el barco y nos acomodamos en los sillones, en una mesa de madera barnizada. El motor de 650 caballos de potencia, capaz de alcanzar los veinte nudos, rugió con fuerza y el Lulu Belle comenzó su periplo diario hasta la gigantesca lengua de hielo del glaciar Columbia. Al poco de salir, la nave se detuvo y el capitán nos avisó por megafonía de la presencia de varios grupos de nutria marina (Enhydra lutris). Las nutrias flotaban sobre sus espaldas, confiadas, observando el barco con displicencia, algunas con mirada interrogante. Parecían saber que hoy en día se encuentran seguras: en el pasado, la especie estuvo a punto de desaparecer debido a la caza comercial, pero las oportunas políticas de protección consiguieron salvarla de una extinción segura.



El barco se arrimó poco a poco a la costa, como buscando algo. El capitán avisó de que solían verse osos negros en aquellas playas y que eran muy buenos nadadores. No dejaba de narrar con entusiasmo algunos de sus mejores avistamientos: en una ocasión, Fred llegó a ver un oso negro montado sobre un iceberg, como los osos polares. Casi desde la misma playa sembrada de guijarros azulados brotaban montañas verticales, seccionadas por cascadas de espuma blanca. Nos llegó un coro de berridos y gruñidos nasales y en una de las playas divisamos una fantástica colonia de leones marinos (Eumatopias jubatus). 

Centenares de ellos descansaban como sacos fofos de grasa y piel aterciopelada. Su evidente torpeza en tierra esconde una gran habilidad natatoria, pues llegan a sumergirse hasta doscientos metros en busca de peces y son capaces de viajar largas distancias. Entre la multitud de hembras y jóvenes apáticos, únicamente un puñado de enormes machos anadeaban entre los demás, bamboleando sus abundante grasas y amplias melenas, algunos de ellos luciendo las espectaculares cicatrices fruto de las peleas que mantienen entre ellos por la dominancia sobre sus harenes. Estos grandes polígamos grasientos superan los tres metros y su peso puede acercarse a la tonelada.





Los árboles comenzaron a desaparecer y algún pequeño iceberg pasaba junto al barco, rascando el casco. Llegábamos a la zona glaciar. Divisábamos ya enormes montañas con gigantescas lenguas de hielo azul ocupando los valles. Una línea blanca, allí donde desaparecía el mar, desveló el glaciar Columbia: un sobrecogedor muro de hielo culmen de una lengua infinita. La temperatura exterior descendió bruscamente y ya únicamente podíamos descubrir focas sesteando sobre las balsas de hielo. El Lulu Belle, gracias a su pequeño tamaño y afilado diseño, puede acercarse hasta casi poder tocar con la mano la pared del glaciar. Olvidando ese turismo moderno donde las visitas a los lugares maravillosos son fugaces para poder captar más y más turistas, el Lulu Belle apagó los motores entre el hielo y permaneció allí tranquilamente casi dos horas, dejándose mecer por las aguas. Uno puede salir a la cubierta y literalmente aburrirse de contemplar la belleza infinita y azul del hielo.

Para sorpresa de todos, comenzaron los desprendimientos. El glaciar rugía y de él se desgajaban enormes pedazos de hielo, grandes como coches. El eco del valle y el mar amplificaba el sonido hasta hacerlo ominoso, similar al de una tormenta. Pausadamente, como a cámara lenta, una fracción gigantesca del glaciar se desprendió y levantó una gran ola que se aproximó al barco. Los motores rugieron, una nube negra brotó de la popa y el capitán Fred sacó el barco de allí sin decir nada por la megafonía, claramente alarmado. Posiblemente fue el único momento en toda la travesía en que permaneció callado. Una de las chicas de la tripulación dijo en voz alta "Llevo seis años trabajando aquí y nunca había visto un desprendimiento tan grande". Desde luego, habíamos tenido mucha suerte.






El regreso a Valdez fue ya tranquilo y relajado. La travesía se prolongaría durante casi nueve horas en total. El barco se detuvo para mostrarnos un rebaño de carneros de Dall (Ovis dalli) que pacían en las montañas. Se trata de una fantástica especie de bóvido salvaje, pariente de los muflones europeos, que durante todo el año mantiene el pelaje de color blanco. Pudimos observar también más nutrias marinas, frailecillos copetudos (Fratercula cirrhata) y enormes focas moteadas (Phoca vitulina) de rostro melancólico y lloroso. Disfrutaba de aquel safari de fauna marina como un niño, muerto de frío en la cubierta, alternando los prismáticos con la cámara de fotos. Los dedos se agarrotaban a cada minuto. Es verdad eso que contaban los grandes aventureros en sus viajes pioneros por el lejano norte: nunca se lleva suficiente ropa cuando se viaja en barco por las aguas árticas.






Atracamos en el puerto de Valdez. El capitán Fred bajó el primero y estrechó sinceramente las manos de cada pasajero para despedirnos. El sol de medianoche estaba ya oculto tras las montañas y sumía el pueblo en una luz tenue, de tarde de verano. Las gaviotas mantenían un verdadero concierto en torno a los barcos pesqueros y algunas de ellas hacían agresivos picados contra las águilas, que aguantaban con estoicismo profesional. Se respiraba una gran tranquilidad. Comimos en paz una hamburguesa en uno de los pequeños restaurantes del puerto. En Alaska no existen las prisas, las aglomeraciones, la contaminación ni ninguna de esas cosas tan comunes en otras partes del globo. Todo el mundo es educado y sinceramente amable con los visitantes. Los desconocidos se saludan cuando se cruzan por la calle. En lugares como Valdez y su encantador puerto, uno se siente como uno de esos románticos viajeros de antaño. La última sorpresa que nos regaló Valdez fue la disputa de cinco águilas calvas por un trozo de pescado: las grandes aves pelearon en plena calle ante la mirada atónita de los pocos turistas. Realmente, Alaska es la última frontera.




Al abandonar el pueblo por la tarde, sentí la misma desazón que en el primer viaje. Una especie de sensación de pérdida. Valdez merecía disfrutarse durante más días, pasear sin prisa por su puñado de calles verdes, comer en varias tabernas del puerto, contemplar a las águilas, buscar el encuentro con algún oso o subir alguna de las salvajes montañas que esconden en el pueblo como si fuera el fondo de un tazón. Te das cuenta de que el esfuerzo por llegar a sitios remotos como aquel merece la pena enseguida, pues nada más llegar descubres lo maravillosos que son. Te rejuvenecen, te hacen sentir la plenitud de estar vivo. Sin embargo, Alaska es demasiado grande como para dormirse, y carretera adelante nos esperaban muchas otras maravillas. Echaría de menos el pequeño Valdez. Pero todo en esta vida tiene solución: sólo necesitaba algo de paciencia y dejar pasar el tiempo para, en un futuro espero que cercano, poder regresar.