martes, 2 de mayo de 2017

Una mañana en Jökullsárlón


Tomé el desvío de la carretera principal y estacioné la furgoneta en el aparcamiento del centro de visitantes de la laguna de Jökullsárlón. La agencia con la que había contratado el viaje a Islandia me había regalado un paseo en lancha motora entre los icebergs de la laguna. Nunca me han gustado estas actividades, pero decidí desviarme para echar al menos un vistazo. Llevaba ya un par de días viajando por la isla, dejando atrás las zonas concurridas cercanas a la capital, y había algo de Islandia que no me había gustado nada: había demasiado turista. Las gigantescas cataratas o los famosos géisers perdían todo encanto cuando resultaba imposible tomar una fotografía sin sacar decenas de personas vestidas con colores chillones o disfrutar del lugar en silencio. Es cierto que esos lugares están al lado de la carretera que rodea la isla y que es su principal vía de comunicación, y que en el extenso y remoto interior es presumible que la naturaleza continúa virgen. En el resto del país, como por ejemplo en el encantador norte, la soledad sigue sobrecogiendo. Pero cualquier viajero que se precie se da cuenta enseguida de cuándo hay demasiada gente o de cuándo no le gusta lo que ve.

Los islandeses, pueblo culto, solidario y admirable, sienten un gran amor por la naturaleza y tienen una gran preocupación por cuidar su entorno. No han tardado en ponerse en guardia ante el turismo masivo y depredador, que ha aumentado un 20% anual durante el último lustro. Ya han alzado la voz y tomado medidas políticas e impositivas para que su isla no se convierta en un parque temático: porque por mucho que se diga, la fantasía del turismo sostenible no se la cree ni el charlatán que se lo inventó y la contaminación, los residuos, la presión sobre parajes delicados o las molestias a la fauna son una realidad. Aunque los islandeses lograron salir de la crisis gracias a los ingresos derivados del desarrollo turístico, son un pueblo ejemplar que tiene claro que su medio ambiente es lo más importante. En este asunto están a años luz de los españoles, al igual que en la más simple dignidad de país: no tardaron en meter en la cárcel a los banqueros culpables de su crisis y, recientemente, hicieron dimitir en cuestión de días a su presidente cuando le pillaron con el carrito del helado. Una honrada movilización social contra el poder es en España algo impensable o fracasado de antemano, y ni qué decir tiene la defensa del patrimonio natural.

Llegué a la laguna de Jökullsárlón y pedí un té en la cafetería. Apoyado en una balaustrada de madera pintada de blanco contemplé la extensa superficie de la laguna, como una enorme balsa de mercurio que reflejaba las nubes en el cielo, salpicada en toda su extensión de grandes icebergs de azul brillante. Al fondo se recortaba el perfil brutal de montañas aceradas y la silueta de glaciares inmisericordes que desembocaban sus torrentes de hielo primordial en la laguna. El paraje era, como tantos en Islandia, de una belleza arrebatadora y casi supraterrenal. Pero mirando más cerca, apenas a unos metros de mí, estaban los autobuses de turistas arrojando miríadas de gente vistiéndose con trajes salvavidas para apelotonarse después en las lanchas, que salían una tras otra a navegar vocingleras entre los icebergs. Había mucha gente, un turismo enlatado, de fabricación en serie, de tira la foto y lárgate. La laguna no se merecía eso. Decidí que no quería participar en el circo de las lanchas, aunque lo podía hacer gratis.

Acabé el té y me alejé de aquel turisteo artificial. Tomé mi cámara de fotos y empecé a pasear alrededor de la laguna. Al llegar al canal de desagüe en el océano avisté una foca y me senté en el terraplén para observar a las aves. En la orilla había un montón de éiders, ese gran pato de color blanco y nórdica nuca verde, así como varios págalos árticos patrullando sobre las aguas. En un punto donde el canal se arremolinaba había decenas de charranes árticos volando grácilmente y pescando anchoas. Para un naturalista del sur de Europa ver estos animales boreales es algo inolvidable. Pasé una hora maravillosa allí sentado con la cámara observando a las aves pescar, lanzarse en picado al agua y salir de ella entre una nube de gotas de cristal para llevar su anchoa recién capturada al nido.

Me llegaba el susurro constante de las voces de la gente, el ronroneo de los vehículos y de las lanchas: todo aquello de lo que yo quería huir. Me despedí de los éiders y los charranes y volví a mi furgoneta. No tardaría en llegar a las zonas más tranquilas de Islandia para visitar solitarios lugares de ensueño, paisajes septentrionales que me recordaban a lo leído en relatos y novelas de antiguos exploradores, un caleidoscopio polar de cielos inmensos y tierras cinceladas por la eternidad de los hielos. Al encontrarme solo en aquellos sitios inolvidables deseé con fuerza que los islandeses ganen su batalla por la pureza de su naturaleza contra la amenaza del turismo irresponsable. Tuve también el anhelo de que otros pueblos sigan su ejemplo. Pero eso ya es mucho más difícil. Los islandeses son cultos, respetuosos y están bien educados. Y por ello casi todos están comprometidos con esa lucha medioambiental. Tienen principios y son conscientes de lo que pasa. Nosotros no.

Imágenes

- Barnaclas cariblancas(Branta leucopsis) con sus pollos en el entorno de la laguna de Jökullsárlón:


- Éiders(Somateria mollissima) en el canal de desagüe de la laguna en el mar:


- Charranes árticos(Sterna paradisaea) pescando anchoas en la laguna:



- Puente de la carretera nacional que circunda la isla sobre el canal de la laguna:



- Vistas generales de la laguna de Jökullsárlón:







jueves, 13 de abril de 2017

Situación del lobo en Guadalajara

En este artículo expongo la situación actual del lobo ibérico(Canis lupus signatus) en la provincia de Guadalajara. El análisis incluye una reseña histórica de las últimas tres manadas existentes en este territorio y unas conclusiones donde se explican las causas de porqué el lobo no consigue recolonizar la provincia, pese a llevar intentándolo casi veinte años.
 
 
Pasado reciente (2000-2015)
 
El lobo ibérico se extingue en la provincia de Guadalajara a mediados del siglo pasado. La guerra declarada a los animales considerados dañinos para las actividades humanas y sobre todo el uso indiscriminado de veneno en el monte hacen que la especie desaparezca de la provincia a finales de la década de los cincuenta. A partir de esos años la presencia del lobo se reduce a avistamientos y hechos testimoniales no comprobados en las zonas más remotas del norte y el este de Guadalajara.

No es hasta los años 2000-2005 cuando se tiene constancia del asentamiento de una manada al norte de la provincia, en la Serranía del Alto Rey. Este grupo reproductor desapareció sin dejar rastro, supuestamente víctima de la caza o del veneno. La administración corrió un tupido velo sobre el asunto. Hay que tener en cuenta que desde el año 1992 el lobo es Especie Prioritaria” de interés comunitario en la Directiva Hábitats de la Unión Europea(Anexos II, IV y V de la Directiva 92/43/CEE), medida que obliga a las administraciones a diseñar un plan de recuperación que garantice su protección y expansión. Este plan de conservación no se desarrolló entonces, ni existe todavía, a pesar de su obligatoriedad desde 1998.

En el año 2008 lobos procedentes de Segovia se asientan en el término municipal de Cantalojas, en lo que hoy se conoce como Sierra Norte. La nueva manada logra reproducirse. La idoneidad del hábitat y las extensas zonas despobladas de los alrededores parecían condiciones esperanzadoras para que ese grupo iniciara la recuperación de la especie en la provincia. Sin embargo las cosas fueron bien distintas. La manada sufre bajas por motivos que se desconocen(pero se intuyen), oscilando entre siete y dos ejemplares. Contemporáneos a estos lobos, se matan ilegalmente individuos en pedanías del término de El Cardoso. Sufriendo muchos altibajos, acosada y desprotegida, los restos de la manada de Cantalojas abandonan su territorio tradicional a mediados de 2015. Parece que entonces ya sólo quedaban tres ejemplares.


Radiomarcando lobos

En julio del año 2010 se colocó un collar de radiomarcaje a la loba alfa de esta manada. Se utilizó un cepo acolchado para atrapar a uno de los lobos; julio es pleno período reproductor, y se escogió esta época porque se sabe o supone que por instinto los lobos regresan a la zona de cría aunque hayan tenido experiencias traumáticas: en cualquier caso se puso en riesgo la camada. El fin primordial con que se justificó el radiomarcaje era peritar si los ataques al ganado eran obra de los lobos. Sin embargo el propio comportamiento de este animal desmonta este argumento peregrino: los lobos ibéricos no pasan más del 30% de su tiempo juntos y se desplazan entre 10 y 20 kilómetros cada noche, llegando a los 50 kilómetros; es decir, un compañero de manada de la loba radiomarcada podía matar una oveja a veinte o treinta kilómetros de ella.

Por otro lado, el radiomarcaje suele justificarse por lo valioso de la información que se obtiene sin la incómoda necesidad de salir al campo: una vez colocado el collar, “desde el sillón de casa” se puede saber por dónde andan los lobos y estudiar sus movimientos. Los técnicos que promovieron el radiomarcaje de la loba dicen que no existe otra manera de obtener esa información, lo cual tampoco es cierto: con un muestreo metódico en busca de indicios, estudio genético de los mismos y análisis de la cartografía nosotros hemos llegado a las mismas conclusiones. Pero para eso hay que hacer mucho trabajo de campo.

Es necesario aclarar que los métodos para atrapar a los lobos y radiomarcarlos son violentos y estresantes. Se utilizan cepos acolchados o bien lazos(tipo Belisle, etc.) con técnicas en que los científicos son asesorados por tramperos. Estos artilugios infames son muy agresivos: se sabe que provocan frecuentemente lesiones a los animales o incluso la muerte directa, habiendo ejemplares que se han roído su propia pata para liberarse. Nadie puede asegurar que no hayan muerto lobos ibéricos en este tipo de estudios. Los lobos son atraídos a estos lugares con carroñas de ovejas, como hemos podido comprobar en el campo: esto puede aumentar su querencia por el ganado doméstico. Por otro lado, pensar que los lazos se comprueban con la frecuencia debida es una ingenuidad: bastan unas horas para que el lobo muera o se lesione. Hay que decir que los datos obtenidos, incluyendo la ubicación exacta de las loberas y los lugares querenciales para los lobos, se hicieron públicos.

Teniendo en cuenta todos estos hechos objetivos, el radiomarcaje en Guadalajara, algo innecesario en una provincia con tan pocos lobos, parece más un proyecto de lucro y lucimiento personal que un trabajo por la conservación. Los fondos públicos utilizados deberían haberse dedicado a su protección directa: seguramente esta pamema ha sido más cara que compensar a los ganaderos. En cualquier caso, como se expone a continuación, el radiomarcaje y otras medidas tomadas por la administración han tenido el mismo beneficio para los lobos de Guadalajara: ninguno.


Años 2015-2017

La loba radiomarcada en 2010 apareció atropellada en noviembre de 2015 en el término de Carrascosa de Henares, a 50 kilómetros en línea recta de su territorio en Cantalojas. Todavía llevaba el pesado collar en el cuello, aunque llevaba más de cuatro años sin funcionar. Durante el invierno de ese año se avistaron tres lobos en una montería en la zona del pantano del Alcorlo. Finalmente y contra todo pronóstico, hubo reproducción al norte de la comarca de Jadraque. Las condiciones del entorno eran buenas y durante el verano del año 2016 esta manada llegó a tener 7-9 ejemplares.

Pero el tradicional drama del lobo no tardó en llegar. En agosto de ese año aparece un lobato enfermo, con signos de desorientación, dentro del casco urbano del pueblo de Pinilla de Jadraque y una mañana amanece muerto en el pilón. La necropsia habla de un óptimo estado muscular y nutricional; se detecta presencia de moquillo pero no parece afectar a los órganos ni generar lesiones, concluyéndose que la muerte del lobato ha sido por ahogamiento. Poco después, toda la manada desaparece sin dejar rastro. La versión oficial que hacen pública técnicos y científicos de la administración regional dice que todos los lobos han muerto de moquillo, achacando el contagio del virus a su transmisión por contacto de los lobos con zorros. Algo único.

Sin embargo, las cosas no son tan sencillas. Casualmente, los lobos se asentaron en un punto negro del veneno en la provincia. Los cotos de los pueblos vecinos de Medranda y Castilblanco han sido condenados recientemente por uso de veneno. La necropsia, que a muchos parece algo ambigua, no dice que la causa de la muerte del lobato sea el moquillo. No se encontraron más cadáveres excepto el de otro lobato en avanzado estado de descomposición, cuerpo del cual nunca se ha sabido nada. Sin datos objetivos, no comprendemos cómo puede generalizarse la muerte de una manada entera de lobos. No vamos a difamar ni a negar la versión de nadie: pero la versión oficial no se sostiene, y dada la ambigüedad o falta total de pruebas o explicaciones convincentes, qué menos que sospechar que la causa de las muertes no fue el moquillo. A día de hoy no se sabe qué ocurrió con esa manada.

Los técnicos responsables del estudio de este grupo han dado charlas públicas en las cuales no se ha hecho ni la más mínima mención del veneno o la caza furtiva, y donde la desaparición(muerte) de estos lobos ha sido alegre y coloquialmente expuesta a las ciudadanos como algo causal, esperable o inevitable, engañando sin escrúpulos a la par que no se ha cumplido la ley.


Situación actual y conclusiones

A día de hoy(abril de 2017), y salvo improbable sorpresa de última hora, existen CERO grupos reproductores en la provincia de Guadalajara. La presencia del lobo se puede reducir a un par de ejemplares itinerantes, imposibles de cuantificar o controlar, y a una manada compartida con la Comunidad de Madrid, grupo que tiene apenas un cuarto de su territorio en Guadalajara: estos lobos siguen vivos porque están en Madrid, de vivir en Guadalajara seguramente ya los habrían matado, como ocurre metódica e impunemente desde siempre. La situación actual no es otra que la de extinción objetiva. En el momento en que dejen de pasar ejemplares desde las provincias vecinas, se acabó.

El lobo ibérico lleva casi 20 años intentando asentarse en la provincia de Guadalajara y no lo ha conseguido. Los motivos están claros:

-No existe el obligatorio plan de recuperación de la especie ni se le tiene en cuenta en los planes de gestión de la Red Natura 2000. No se cumple la ley.
-No se han tomado medidas para la mejora del hábitat que garanticen su buen estado o la tranquilidad para los lobos.
-No se vigilan, limitan ni prohíben las monterías en el territorio de los lobos. Tampoco los aguardos de corzo ni la caza menor.
-No se ha llevado a cabo un trabajo de conciención suficiente con ganaderos y cazadores.
-No se obliga a tomar medidas preventivas para la protección del ganado(mastines, pastores eléctricos, recogida de rebaños, etc).
-No se ha puesto en marcha un sistema rápido y efectivo de compensaciones a los ganaderos.
-No se ha hecho nada, que sepamos, para luchar contra el veneno.
-No conocemos que las muertes constatadas de lobos por disparos u otras causas atribuibles a su persecución directa hayan sido investigadas o penadas.

No se han dado, en definitiva, ni los esfuerzos más básicos para la protección de la especie: aquellos que tenían la obligación legal y el imperativo moral de hacerlo no lo han hecho. La Sierra Norte de Guadalajara es la mejor zona del Sistema Central para albergar una población estable de lobos, y otras regiones alcarreñas como las Parameras o el Alto Tajo también presentan condiciones biogeográficas idóneas. El lobo es especie clave para la biodiversidad y el equilibrio ecológico. Cuando se conoce bien la provincia de Guadalajara y todos estos territorios y espacios naturales, después de pasar años en sus campos, uno no puede evitar preguntarse quienes son los responsables de que no haya lobos allí. Que cada cual saque sus propias conclusiones.

Abraham Prieto.
Coordinador de campo de Proyecto Lobo- Proyecto de Voluntariado para el Censo y Evaluación del Estado de Conservación del Lobo Ibérico.


 
**La información que contiene el artículo es fruto del trabajo de los integrantes del Proyecto Lobo en Guadalajara y otros compañeros a nivel nacional, durante el último año de trabajo y mucho tiempo atrás. Un saludo a todos y gracias.

sábado, 1 de abril de 2017

Pelodytes punctatus

Caía el atardecer en el profundo barranco. Al salir de él, el lecho seco y pedregoso del arroyo trepaba en pendiente tendida hacia los páramos. Caminaba por amplias superficies de calizas ora pulidas trabajosamente por siglos de aguas intermitentes, ora quebradas por la crioclastia de esa tierra de extremos. El sol de primavera había pegado fuerte durante el día y al fresco dulzor del atardecer se unía el aroma embriagador de las sabinas, los tomillos y los cantuesos. Hacía el camino de regreso por el mismo camino que muchas otras veces. ¿Cuántas veces habría viajado ya hasta aquel valle? Veinte, quizá. A pesar de que cada día de campo esconde un descubrimiento o una enseñanza nueva, cuando conoces a la perfección un territorio pequeño piensas que no te puedes llevar más sorpresas que el avistamiento fugaz de un gato montés o una jineta. Sin embargo, la naturaleza siempre guarda sus pequeñas joyas y parece dosificarlas como una madre.

Pasando junto a una lámina de agua que no tardaría en secarse o filtrarse, me detuve como siempre a echar un rápido vistazo en busca de anfibios. En el charco estaba esa larga filigrana retorcida de huevos negros como caviar que frezan los sapos corredores. Los calamitas, viejos amigos, no estaban allí. Cuando iba a marcharme distinguí entre las piedras limosas del fondo de la charca la figura grácil de una pequeña ranita, de apenas cinco centímetros. Estaba perfectamente camuflada. Su presencia era como el retazo de vida que siempre queda en un desierto. La rana tenía colores extraños, que terminé por atribuir a su adaptación a la tonalidad natural parda y mostaza de la charca. Le tomé una fotografía rápida por encima del agua y continué mi camino. La noche estaba casi encima.


A los pocos metros me detuve. La coloración de aquella rana no era de ninguna manera la de una rana común, por mucha diversidad que pueda tener esta especie. Analicé la foto en la cámara y comprobé que aquello era una especie que conocía pero que no había visto nunca. Se trataba sin duda de un sapillo moteado(Pelodytes punctatus). Al regresar a la charca, vi que el animal había salido del agua y descansaba en la orilla. Se quedó quieto al verme, confiando en su magnífico camuflaje pardo y oliva.

Era la primera vez que me encontraba con el sapillo moteado. Sentí una emoción sincera, una ilusión casi infantil ante aquel avistamiento. La figura diminuta del sapito en aquel lugar inmenso, tan salvaje y áspero, me maravillaba. Experimenté un enorme respeto por aquel pequeño animal. Con más ilusión que la última vez que me encontré con los lobos, le hice fotografías y le observé en silencio, sentado cerca de él. Me fascinaban sus ojos dorados de pupila vertical como la de los gatos y su espalda granulosa de color pardo y verde aceituna brillante, tan ibérico.


Dando otra vuelta cuidadosa alrededor de la charca encontré en unas ramitas sumergidas la puesta de los moteados, tan diferente de la del sapo corredor. Mientras los calamitas disponen sus huevos en largo cordel, los punctatus hacen un pequeño racimo apelotonado en la vegetación subacuática. Cerca de la puesta había otro ejemplar, algo más grande y claro que el anterior. Supuse que sería la hembra. Sentí casi una punzada de rubor al haber descubierto las intimidades de aquella pareja, valientes pioneros de la vida anfibia en aquel lugar remoto. Casi era de noche cuando dejé de observar embelesado aquellas joyas y me marché, con una amplia sonrisa y una profunda emoción. No podía imaginar mayor privilegio ni premio mejor como conclusión a una jornada en el campo.

- Los dos ejemplares de Pelodytes punctatus que presumiblemente habían frezado en la charca. Característica coloración parda y oliva, dorso verrugoso, largas extremidades posteriores y ojo dorado de pupila vertical.



- Puestas de sapillo moteado(Pelodytes punctatus), pequeños racimos adheridos a la vegetación subacuática, comparada con la de sapo corredor(Epidalea calamita), largas cintas de huevos dispuestas libremente en la charca. Fotos retocadas en contraste.



Dos nuevos anuros esperaban algo más adelante. Una pareja de sapos corredores, macho y hembra, había ocupado otra charca temporal a pocos metros de allí. La hembra se escondió entre las piedras del fondo pero el macho permaneció semisumergido, únicamente los ojos y la nariz por encima del agua a modo de humilde cocodrilo. Ambos ejemplares confiaban totalmente en su camuflaje natural. Me agaché en aquella nueva charca y a través de los junquillos vi cómo brillaban los ojos color verde brillante del macho de sapo corredor, como dos globos luminosos, el fascinante resplandor que parecía salir del interior de ellos. Pocos ojos hay en la naturaleza que sean tan arrebatadores como los del sapo corredor; pero aquella tarde yo sólo podía pensar en los moteados.


jueves, 30 de marzo de 2017

Un bien no tan preciado

Desde hace unos años, visito una o dos veces al mes un barranco del Sistema Ibérico. Es un paraje puro y solitario, auténticamente salvaje. El lugar está perdido en lo que hoy se ha dado por llamar por su despoblación La Laponia Española”. Extensísimas áreas de llanuras y cañones abruptos, de bosques densos y páramos desnudos. El sol cae a plomo en verano, aunque las mañanas y las tardes son dulces, y el invierno es gélido, de un frío seco donde no son raros los quince bajo cero y oscilaciones térmicas diarias de veinte grados o más.

En una de las últimas visitas, explorando los recovecos de ese áspero paisaje di con una vieja paridera resguardada, oculta al pie de una pared de caliza que cerraba el fondo de un barranquejo secundario. Había algún petroglifo pastoril y una vieja lata de aceite de la época de la Guerra Civil. Desde que estas tierras dejaron de pastorearse con cabras o de explotarse para carboneo, la actividad humana es testimonial. En aquel sitio remoto y olvidado parecía que en cualquier momento iba a aparecer un neandertal o un cabrero de los tiempos antiguos. 

En la pared rocosa encontré un montón de excrementos de garduña. Estaban alrededor de un pequeño pocillo natural en la roca donde se acumulaba una mísera lámina de agua, resultado del goteo por filtración de la caliza, que se da únicamente cuando llueve o cuando el agua se filtra desde el páramo por las intensas heladas. En ese desierto el agua es un bien escaso, pues el arroyo del barranco suele ir totalmente seco y el río cercano, kárstico, circula subterráneo la mayor parte del año: aparece y desaparece sin previo aviso. Los animales conocen y cuidan todos los puntos donde eventualmente puede haber agua, en especial los mamíferos depredadores que frecuentan los roquedos, donde ésta escasea aún más.

Queriendo conocer qué actividad animal genera esa efímera fuente de agua rupícola en un entorno seco, dejé instalada una cámara de fototrampeo durante un mes. Sin causar ninguna molestia(se usa luz negra) se puede obtener de esta herramienta una valiosa información de todo tipo; se aprende muchísimo de la frecuencia con que aves, garduñas y otros animales controlan estos puntos intermitentes de agua y las interacciones entre ellos. Los resultados de este ejercicio en particular, dado lo pequeño y limitado de su emplazamiento, iban a ser escasos.

- Primer evento, tres días después de su instalación. Un zorzal bebe el agua filtrada. Ocho días después aparece un arrendajo. Ninguna otra ave visita el lugar en un mes.



- A los seis días aparece un zorro por la tarde. En la secuencia se ve que pasa diez minutos inspeccionando la zona y bebe de la charca. Tarda dos semanas en volver a aparecer, bebiendo de nuevo. Se puede deducir que conoce que en ese lugar se acumula la humedad pero no lo utiliza con frecuencia o no lo necesita, aprovechándolo simplemente cuando pasa por ahí. No marca con excrementos, pero puede que sí olfativamente.




- La garduña protagonista de los marcajes territoriales en el charco tampoco parece depender de él. Hace su aparición a los catorce días de instalarse la cámara, bebiendo y marcando el territorio. Eriza el pelaje al detectar al zorro, que visitó el lugar ocho días antes. Otros siete días después, la garduña vuelve a aparecer, haciendo exactamente lo mismo.



Pese a la sequedad del entorno los animales no parecen depender de estas acumulaciones temporales, ni siquiera mamíferos o aves de costumbres rupícolas. El animal que más importancia parece darle es la garduña, que la utiliza como punto de marcaje. Dada la acumulación de indicios de presencia se deduce que en cada visita, muy espaciadas en el tiempo, marca con excrementos el lugar.

sábado, 25 de febrero de 2017

La alcantarilla de los lobos

A veces me gustaría ser un poco más crédulo. Estoy seguro de que siéndolo se es mucho más feliz. Sobre todo ponerte la venda ante el modo en que actúan las administraciones con ciertos asuntos. Con respecto a esto hay dos tipos de personas, según la trinchera que como buen español se haya elegido: están los que aplauden con las orejas todo lo que hagan los suyos, y luego están los díscolos que han tenido la ocurrencia de juzgar o protestar. Es conveniente verlo todo con un poquito de crítica, sobre todo en este país plagado de sinvergüenzas, cobardes, mangantes y canallas con ventanas a la calle. Hay que partir de la base de que como sociedad tenemos una catadura moral muy baja y unos niveles miserables de ética y cultura. En cuanto a medio ambiente, que de eso trata esta historia, nuestra ignorancia es sencillamente rotunda. Somos un pueblo dócil y muy manipulable. La naturaleza nos da igual y de eso se aprovechan los de siempre.

Meses atrás leí la noticia de que en Robledo de Sanabria, Zamora, la Junta de Castilla y León había abierto el “Centro del lobo ibérico”. Se trata de un supuesto espacio de dinamización rural y transmisión de la cultura del lobo, enfocado a la conservación de la especie. Al menos así lo venden, esos pérfidos bandidos que mandan allí, para engañar a los turistas y escolares que visitan el centro. Porque resulta que en uno de los paneles explicativos, titulado sin vergüenza alguna “Acechar al lobo”, uno se encuentra cosas como las que siguen. Copio textualmente: “La caza es fundamental para la preservación de espacios naturales y especies amenazadas o para el control poblacional de otras y un importante recurso económico para el mundo rural”. Esto lo leen escolares. Después de ésta apología del mundo sucio y criminal de la caza, leemos que “El lobo es un valioso trofeo para muchos cazadores. Los conocimientos científicos permiten que se obtenga de manera ordenada sin ningún riesgo para sus poblaciones”. Éste mensaje inmoral lo hemos pagado todos: una afirmación anticientífica, también dirigida a los escolares. Un poco más adelante el que escribió eso habla mal del furtivismo, supongo que por quedar bien y que no le llamen golfo a la cara. En fin: con ese panel explicativo aprendes que en Castilla y León, siempre que pagues, tienes el derecho a ser un hijo de puta armado y matar un lobo, pero asesorado por un técnico. Que conste.

No me importa que en el resto del centro se hable bien del lobo. El mensaje manifiesto para disparar contra una especie en peligro está ahí. Habrá quien lea toda esa basura y no le diga nada, pero muchos hemos comprendido el mensaje. Entre gestores sin escrúpulos y científicos cobardes justifican la existencia de ese perfecto mierda, funcionario o cazador, que dispara a un lobo. La realidad científica sólo es una: la caza y todo lo relacionado con ella es el cáncer del campo y el mayor problema de conservación para multitud de especies, sobre todo del lobo, donde matar ejemplares sólo lleva a desestructurar manadas obligándolas a atacar al ganado. Los ataques motivan el control poblacional y así gira la rueda de sangre. Los científicos vendidos que sentencian a los lobos castellanos saben eso mejor que nadie, pero hacen la vista gorda ante una administración criminal y sus mecanismos de manipulación, como ese “Centro del lobo”: una cloaca para adoctrinar chavales y turistas, para desinformar y falsificar el drama del lobo. Una alcantarilla financiada con dinero público para publicidad de toda una mafia de impresentables.


lunes, 13 de febrero de 2017

La Fuente del Agua Fría

Hace ya unos cuantos años, en una tarde mediado el otoño, me encontraba caminando como tan de costumbre por los rincones solitarios del Macizo de Ayllón. Aquel día acababa de visitar por primera vez la cumbre del Cerrón, una montaña redonda, desnuda y panzuda de unos dos mil doscientos metros de altitud. Antes de emprender la bajada desplegué el mapa por si aquellos pagos ofrecían algún otro lugar sugerente que conocer. Muchas veces visito lugares remotos atraído únicamente por sus nombres tradicionales, sólo por ver qué hay allí, si existe algún vestigio que deje adivinar el porqué los antiguos aldeanos y pastores los bautizaron de aquella manera. En ese momento viví una de esas hermosas casualidades: Fuente del Agua Fría, ponía escrito en azul en mi astroso mapa, como siempre machacado, húmedo y cuajado de notas, referencias y flechas. Aquella Fuente del Agua Fría me caía al lado. Y encontré un pequeño tesoro: un recoleto manantial brotaba en un prado herboso, de una grieta que no tenía tubo de hierro ni canalización alguna. Una fuente natural, primitiva, salvaje. No había más indicio de fuente que un par de lascas de cuarcita que quién sabe cuándo alguien había colocado para sujetar la turba y que el agua saliera limpia. El rincón era de una paz extrema, protegido del viento, cargado de silencio, un paraíso verde y fresco en la austera alta montaña. Y aquel agua, quién sabe si por la sugestión de tan bello nombre, Fuente del Agua Fría, me supo como una especie de néctar legendario, a lo que debe saber el germen de la Madre Tierra.

Años después, en un día cualquiera, volví a aquellos parajes. Los pasos me llevaron al Cerrón y de él a la Fuente del Agua Fría, ese rincón mítico y puro del que tan buen recuerdo guardaba. Pero según me acercaba se me fue haciendo un nudo en la garganta. Del carril que pasaba por allí se desgajaba el rastro profundo y desagradable de las orugas de un buldózer. Lo seguí con angustia hasta la pequeña vaguada donde estaba escondida la Fuente. Encontré un gran agujero cuadrado en la tierra, como una gigantesca tumba recién excavada por un siniestro enterrador, un cráter infame que había mutilado la ladera. Hasta la maloliente alberca llegaba una tubería que alguien había clavado en la Fuente del Agua Fría. El manantial había desaparecido, pues el rincón húmedo y herboso había sido destruido y removido para atravesarlo con el tubo. Parecía que el buldózer se hubiera deleitado en destruir por placer, en dañar por puro lujo de males. Me dio tanto asco que ni tomé fotografías. El paraje como tal, como debieron conocerlo generaciones de cabreros, arrieros, viajeros, montañeros y naturalistas ya no existía. Había sido destruido por completo y sin necesidad. Hay sitios de sobra degradados como para haber dejado aquél tranquilo. Desconozco el fin de aquella obra criminal en un lugar tan remoto. Y no me importa. Lo único que sé es que el maldito canalla que la mandó hacer jamás caminó por esas sierras. Nunca las conoció en su pureza, en el silencio rotundo de su perpetua soledad. Nunca tuvo sed en la montaña y caminó hacia esa fuente para calmarla, ni sintió su sabor a tierra y a piedra oculto en la frialdad del agua cristalina. Cuando te ocurren cosas así te das cuenta de que el odio es un sentimiento legítimo. Lo asumes cuando destruyen tus leyendas.

La antigua Fuente del Agua Fría, hace diez años.

*Actualización

A principios de abril del presente año 2017 he visitado de nuevo el paraje descrito. Esperaba encontrármelo en el mismo estado casi postbélico en que trabajadores y buldózer lo habían dejado. No salía de mi asombro cuando llegué allí y todo había cambiado. La capacidad de recuperación de la Naturaleza, por mucho que se la castigue, es sorprendente. La ladera arrasada se había regenerado ella sola con turba y céspedes naturales. El terrible pozo se había llenado de agua y tenía, contra todo pronóstico, casi el aspecto de un pequeño laguito glaciar. La Fuente del Agua Fría estaba casi tal cual como yo la conocí en el pasado. Sólo quedaba destruido el camino que la máquina había abierto entre la fuente y el agujero para canalizarla, tierras revueltas y destrozadas que siguen como aquella vez y tardarán mucho en recuperar su estado natural. Me veo casi en la obligación de pensar que quien tramó la obra sabía que el monte se iba a recuperar. Pero no sé porqué, creo que no. Ya llevo demasiadas cosas en la mochila como para pecar de ingenuo, aunque puede que me equivoque. Pero no puedo evitar pensar que la regeneración del paraje ha sido, sin más, la magia de la Naturaleza, que sin decir esta boca es mía se ha lamido las heridas.

miércoles, 11 de enero de 2017

Grus grus

La gran llanura, el campo, el pla, se extiende a lo largo de decenas de kilómetros. La carretera es una cinta gris tirada a cordel de una rectitud y austeridad perfectas que recuerdan a las míticas carreteras norteamericanas. Pero aquello no es otra cosa que el Campo de Daroca, una marca inmisericorde, antigua tierra de frontera, tierra olvidada por todos. Parece que la inmensa llanura no esconde secretos. Que allí no puede haber otra cosa que mochuelos, palomas y liebres. Pero un día alguien decidió nombrar a un pueblo pardoamarillo con el sugerente nombre de Gallocanta en honor a las altivas visitantes que la inmediata laguna recibía cada invierno.

Era la segunda vez que viajaba a Gallocanta. Llegamos por la tarde. El cielo estaba del todo encapotado. El coche traqueteaba y resbalaba por los embarrados carriles de tierra que bordean la delgada lámina de agua salada. Aquella no era como las salidas de campo a que acostumbro, pues ver Gallocanta es cómodo, casi un safari, moviéndote libremente en coche de un apostadero a otro, buscando en segunda algún confiado grupo de grullas para sacar la cámara y disparar desde el mismo asiento. Pero así es la laguna. Las grullas no dejan de ser desconfiadas, pues pese a presentarse allí por decenas de miles poseen el recuerdo atávico de la antigua persecución, del trueno, el humo y la muerte, y no permiten acercarse.




Topamos con pequeños bandos y con grupos dispersos caminando entre los barbechos y los campos arados. El caminar de las grullas es elegante, mayestático, de una altivez que poseen pocas aves. Parecen enjuiciar al observador como haría un aristócrata criado entre algodones. Lo parece, pero sabes que no lo hacen: los animales tienen clara la función que les ha dado el Creador, ejercen con humildad y convicción la labor para la que están allí, y sólo el hombre alberga orgullo y malicia.

Durante el reconocimiento encontramos junto al pueblo de Bello un pequeño bando más confiado que el resto. Nos permiten parar en el arcén y observarlas con total tranquilidad. Prismáticos, telescopio y teleobjetivo a pulso, a veces tan cerca que nada de eso hace falta. No nos topamos ningún otro coche de observadores en toda la tarde: estamos solos en Gallocanta. ¿Podría haber privilegio mayor para quien va allí a ver las grullas? La soledad aumenta la magia, la naturaleza merece su nombre. Pienso como siempre en si puede haber algo más emocionante que la observación de los animales en libertad. ¿Algo más hermoso, más noble, una actividad emocional e intelectual más pura?

Las grullas miden un metro treinta de altura y casi dos y medio de envergadura. Los adultos son inconfundibles por el elegante diseño del antifaz blanquinegro y por el píleo rojo, sin plumas, que lucen sobre el ojo. Los jóvenes, como en otras especies, se ven pardos y apagados. Observábamos algunas parejas, que son monógamas de por vida, seguidas de su pollo del año, que desde la taiga y la tundra del norte de Europa les ha acompañado hasta aquella llanura de los confines de Aragón. Sin dejar de echarnos miradas los grupos familiares caminan por los campos con las grandes zarpas y el pico llenos de barro en su constante búsqueda de raíces, rizomas, lombrices y roedores.

Antes de la visita había leído sobre el animal y me había quedado con algunos datos que desconocía y que, al ver allí en directo a los padres con los juveniles, comprendí en toda su profundidad más allá de la mera objetividad científica. Las grullas suelen poner dos huevos: en una paridad que ya quisiéramos alcanzar alguna vez, el primer pollo queda a cargo del padre y el segundo, de la madre. El 48% de las parejas sacan adelante a un pollo y sólo el 18% a los dos. Observamos los dos tipos de familias. Cuando se comprende la complejidad extrema del comportamiento de los animales salvajes, del tiempo y del esfuerzo que requiere la vida de cada uno de ellos, no puede uno más que posicionarse en el bando de los defensores de la naturaleza.



Cuando queda apenas media hora de luz nos detenemos en un carril. El viento trae desde el horizonte el trompeteo de las grullas que llegan volando. Hemos escogido el mejor sitio. En el azul plomizo del nuboso anochecer empiezan a dibujarse bandos y más bandos de grullas que nos pasan por encima. Uno tras otro grandes grupos van llegando para arracimarse en la laguna. El trompeteo es ensordecedor. Son muchos millares. Es la hora en la que menos se ve, pero con los prismáticos se distinguen miles de grullas ya posadas entre la bruma saludando a todas las demás que llegan. Es una imagen mágica, las grullas entre la niebla azul, una visión de épocas remotas. El día trae un último visitante inesperado, un gran jabalí macareno que trota como una bestia inmensa y desubicada en dirección a los marjales. Parece fuera de lugar, pero aquél también es su sitio.  


IMÁGENES

- Grus grus, adulto y joven:


- Adulto en detalle:


- Juvenil en detalle:


- Ejemplares atusándose el plumaje y buscando alimento:



- Llegada de miles de ejemplares a la laguna al caer la tarde:


- Grullas preparándose para pasar la noche. El pueblo de Bello entre la bruma:


- Gran macareno con grullas al fondo, un visitante inesperado: