jueves, 10 de octubre de 2019

El ecologismo es de buena educación

Como doctrina filosófica, el determinismo nos dice que todo fenómeno o acontecimiento está prefijado, determinado previamente. Que el azar no existe. Me pregunto si es aplicable al hombre, si cosas como la mala educación vienen determinadas por la formación cultural, por algún gen maligno o son una respuesta defensiva. Las personas somos seres complejos pero, al final, puedes detectar rápidamente lo que te espera en función de las primeras impresiones o de pequeñas actitudes involuntarias: el fijarse en cómo saluda una persona, cómo mira a su alrededor, cómo te escucha cuando hablas o cómo se dirige a los camareros dice mucho de ella. En realidad somos como un libro abierto. Y viéndolo así, llevo unos años observando cómo las personas que son opuestas al ecologismo, los negacionistas con el calentamiento global y aquellos siempre amigos de defender todo lo que sea agresivo con la naturaleza o los animales tienden a ser, como norma general, gente maleducada. No hablo de arquetipos como el cazador chulo, el malvado que no recicla ni nada de eso; desde luego, tampoco puede decirse que todos los vegetarianos o todos los que reciclan destaquen luego por su urbanidad y buena educación. Hay de todo pero, con los años, veo tendencias más que evidentes. En ese colectivo antieco negacionista hay prepotencia, suficiencia y chulería para dar y tomar. Mucha mala educación.

Demasiado a menudo me encuentro personas que me preguntan porqué apago la luz y los ordenadores cuando salgo de la oficina, que no entienden porqué he reducido mi consumo de carne al mínimo o porqué voy caminando a los sitios en lugar de ir en coche. Hoy en día, con el inmediato acceso a la información que tenemos y los constantes avisos sobre la crisis climática, me parecen cosas evidentes que hay que hacer, pero resulta que no lo son. No todos creen que hacer eso sean pequeñas buenas acciones que pueden hacer de este desgraciado planeta un mundo mejor, sino que son tonterías para crédulos. Creo que esas pequeñas cosas son simplemente gestos de buena educación, tanto para con mis conciudadanos como para con mi entorno. Gestos de urbanidad, equiparables a dar los buenos días o decirle por favor y gracias al camarero cuando te atiende. Por eso, cada vez que juzgan o preguntan para qué reciclo o porqué he reducido mi consumo de carne, ya siempre respondo lo mismo: es sólo una cuestión de buena educación.


miércoles, 25 de septiembre de 2019

Querer a los perros

Hace un rato, estaban comentando en la radio los resultados de un estudio sobre la relación entre dueños y animales de compañía. Entre otros detalles, hablaban de que más de la mitad de los encuestados españoles manifiesta preferir a sus mascotas frente a las personas. También enumeran algunas cosas, tal vez excesivas, que los dueños hacen o estarían dispuestos a hacer por sus animales. Cada vez que salen publicaciones de este tipo, de modesta polémica humanista subyacente y tendente a generar valoraciones personales, atiendo más a los comentarios que generan antes que a los resultados del estudio en sí. Porque hay gente a la que no le gustan los perros; me provoca cierta curiosidad conocer las opiniones sobre los perros que tienen las personas que no tienen ni han tenido uno. Hay por ahí mucho sabihondo que mira por encima del hombro a los que tienen sensibilidades de las que ellos carecen, lo que es un rasgo humano a tener en cuenta. Esta vez, cuando han explicado lo de la encuesta en la radio, la pareja de periodistas ha suspirado sonoramente, supongo que negando con la cabeza, dando a entender que estamos locos, que en qué estaremos pensando anteponiendo a los animales a las personas, que algunos se están volviendo idiotas con los puñeteros chuchos. 

Creo que el fondo del asunto no trata sobre los perros en sí, sino sobre las personas. Ni el uso de razón ni el hecho de andar sobre dos patas nos hacen ser mejores. En cambio, los perros carecen de todas esas faltas humanas que hacen de muchos de nosotros seres sencillamente despreciables. Ellos no conocen el rencor. No saben lo que es la envidia, no saben qué es eso de despreciar a otro porque le vayan bien las cosas o sea bueno en algo. Tampoco hablan mal de nadie a sus espaldas. Los perros no saben lo que es ser un trepa, un traidor, un falso, un acomplejado, un hipócrita, un engreído, un tacaño, un resentido, un egoísta ni un advenedizo. No son nada de eso, no pueden serlo. Nunca te vas a encontrar en un perro ninguna de esas características tan propias del género humano. Ninguna de esas detestables formas de ser que hay que soportar por ahí todos los días. En los perros encuentras nobleza, hallas una bondad sincera y sencilla. Por eso, muchos preferimos sin dudar a nuestros perros antes que la mayoría de las personas. Por supuesto que sí.

En memoria de Baker. Marzo 2002- junio 2019.


lunes, 19 de agosto de 2019

Botas de montaña

Ando leyendo Leñador, de Mike Wilson, libro de la colección "Libros salvajes" de Errata Naturae, muy apreciada editorial de todo naturalista lector que se considere como tal. Leñador no es una novela, sino una especie de recopilación documental, enciclopédica y minuciosa, sobre cualquier cosa que a uno se le ocurra que pudo haber o suceder en un campamento de leñadores en el Yukón a mediados del siglo pasado: empezando por la descripción del hacha, el tronzador y otras herramientas propias del oficio, se detalla desde la fauna y la flora hasta los diferentes tipos de nubes, las constelaciones o el ajedrez, pasando por cómo preparaban los leñadores la pasta de dientes, las letrinas, el jabón o el sucedáneo de Guinness que bebían todas las noches después de la faena. Más que un libro al uso, Leñador es un instrumento de cultura general, conocimiento, curiosidades y aprendizaje. 

Acabo de leer hace un rato un pasaje que me ha recordado cierta curiosidad que hace tiempo quería escribir aquí y terminé olvidando. El pasaje en cuestión se llama Botas y evidentemente nos describe la importancia y utilidad de las buenas botas de montaña de los leñadores. En un punto dice "la mayoría de las botas que se utilizan en el campamento son de fabricación local y tienen una vida útil de tres meses". Más adelante reincide "... debido a la naturaleza de la labor, a pesar de un muy buen cuidado diseño del calzado, las botas no suelen durar en condiciones adecuadas más de tres meses, y se recomienda por tanto su reemplazo periódico"; concluye diciendo que "He perdido la cuenta de cuántos pares he calzado desde mi llegada".

Yo no cambio las botas de campo cada tres meses, pero han sido raras las que me han llegado incólumes al año y medio de vida. He tenido varias Chiruca, Lowa, Bestard y Quechua, entre otras. En ninguna de ellas el gore-tex del interior ha mantenido la impermeabilidad más de unas pocas salidas al campo y todas terminan calando más o menos, sin poderte fiar de ellas en invierno. A algunas se les termina separando poco a poco la suela desde la puntera, y hay que cambiarlas entonces para que no arrastren al resto de la suela justo cuando estás en el quinto pino. No he encontrado diferencia alguna entre las famosas suelas Vibram y una suela sin apellido pero bien diseñada. Al final creo que, como en todo, hay mucha marquitis e invento gratuito.

Pero a lo que iba. Decía que un par de buenas botas me vienen durando alrededor de un año o año y medio, bastante más que a los leñadores cincuenteros del Yukón. Yo no vivo en el Yukón, claro, aunque tengo el privilegio de pasar muchos días al año en el monte y hago cientos de kilómetros por terrenos ásperos y difíciles. Hace un tiempo, curioseando por internet recomendaciones de botas, llegué a un foro de montañeros en el que estaban llevando a cabo una brutal campaña de desprestigio contra la compañía Chiruca: indignados, mostraban reportajes fotográficos en los cuales sus botas, normalmente con siete, ocho o hasta diez años de uso según contaban, se rompían, se descomponía la suela, les pasaba esto o lo otro. Me hizo cierta gracia. En internet la gente puede ser muy fiera y algunos lo eran. Ojalá hubiera encontrado yo alguna vez unas botas de monte que me duraran siete años para poder quejarme y reclamar.

La verdad es que no sé muy bien cómo concluir este artículo. Simplemente, me pareció curioso aquello de que a los pobres chicos las botas les duraran sólo siete u ocho años. Curioso y digno de comentar. Que a mi me duren las botas tan poco tiempo me parece, en cambio, algo bueno. Me dice que paso mucho tiempo en el monte y que, por tanto, algo estoy haciendo bien en esta vida.

sábado, 3 de agosto de 2019

Aventureros

Acabo de leer que una mujer ha muerto en Alaska mientras intentaba llegar, junto a su marido, al famoso autobús en que murió Chris McCandless en Stampede trail. Una desgracia que allí no es la primera ni será la última. Debe existir cierto peregrinaje hasta el triste lugar en que murió aquel curioso joven, de espíritu romántico, sí, pero que también era ingenuo e imprudente, sin mucha idea de lo que hacía ni de lo que es Alaska, y que creo que no debería ser un ejemplo vital para nadie por muy evocadores que sean el libro y la película que han ilustrado su vida. Yo he estado dos veces en Alaska y sé de buena mano que no es ni de lejos el lugar más apropiado para irte a vivir al monte tú solo. Los lugareños llaman the bush a todo aquello que está más allá de los pueblos y carreteras, y ese bush, que nace al borde mismo de las casas, sigue siendo hoy una inmensidad de naturaleza salvaje, sombría, incómoda e inclemente. Aunque sea políticamente incorrecto dejar al desnudo la verdaderas inquietudes del hombre moderno, me temo que lo que mueve a la gente a cometer estas y otras imprudencias no es otra cosa que hacerse la foto de marras y colgarla en su red social. Y ese autobús lo conoce cualquier instagramer que se precie, a pesar de su remota ubicación. Personalmente, no veo en peregrinar al autobús de McCandless ningún espíritu de aventura, como tampoco lo veo en subir al Everest haciendo una cola que ya quisiera Doña Manolita o en viajar por el mundo sin dinero ni dónde caerte muerto; tampoco veo aventura en alojarse con una tribu que, mientras los de un turno bailan vestidos con sus pieles y abalorios ancestrales, los del siguiente turno están viendo la tele en la cabaña de al lado.

Creo que todos sabemos que el entronque del individuo moderno con el paisaje y el paisanaje se ha perdido ya irremisiblemente. No hablo únicamente de la desaparición de las culturas rurales tradicionales, cosa que podemos ver en nuestra España Vacía sin necesidad de viajar mucho, sino de la propia integración del hombre en el entorno natural: hoy en día el delicado hombre del primer mundo es algo totalmente ajeno a todo lo que esté fuera de su acomodaticio entorno urbano. Y eso se nota. Aquellos aventureros pioneros de siglos pasados, desastrados, fieros, barbudos, fueron algo fascinante que la humanidad ya nunca volverá a ver: hablo de los Conquistadores, de los pioneros del Oeste o de los exploradores de África. Llevaban consigo bien ambición, bien afán evangelizador, simples ansias de aventura o verdadera inquietud descubridora: todos eran diferentes, pero si tenían algo en común es que todos ellos eran auténticos. Los llamados aventureros de hoy en día, televisivos o anónimos, no son algo auténtico sino artificial, que no llegan a la suela del zapato a los tipos duros de antes. Dicen que el concepto de "aventura" murió definitivamente cuando comenzó aquella estúpida carrera por llegar a los Polos, degenerando hasta el momento actual, superficial e innecesario, en que parece que tener interés por ese the bush de que hablábamos pasa por hacer mamarrachadas con ropa cara y muy técnica y arriesgar la vida inútilmente. Uno ve fotografías de lo que hacen ahora los llamados aventureros en la Naturaleza y se convence, irremisiblemente, de que los humanos no somos más que una tropa de monos aburridos que se reproduce demasiado rápido.


sábado, 27 de julio de 2019

Al rincón de pensar

En la mochila llevaba dos litros de agua y comida para dos días. Me la eché a la espalda, me colgué la cámara de fotos al cuello y le puse a mi podenco mestizo su correa de cinco metros, la que solemos llevar en las salidas a montes abiertos. Comenzamos a andar por el robledal, garganta arriba, espantando las moscas y los mosquitos que sabía que desaparecerían en cuanto el camino abandonara la sombra del bosque y progresara entre berrocales grises y piornos amarillos. Eran días de ola de calor y yo había huido a la alta montaña. Las olas de calor, dicen que cada vez más frecuentes y virulentas, me dan verdadero miedo, una especie de temeroso agobio. A la mayor parte de la gente le son indiferentes, pero al igual que a unos pocos alarmistas, veo en ellas la amenaza latente de la catástrofe que se nos viene encima. Aun así, pese al calor que ahogaba la Península, yo pude encenderme un fuego aquella noche. De hecho, a la mañana siguiente, en las alturas, incluso pasé algo de frío.

Ya había recorrido aquel paraje de la sierra de Gredos, seis años antes, pernoctando también en un chozo. Regresé allí con ese ánimo naturalista que tiene uno de revivir, de cuando en cuando, las excursiones que uno ha disfrutado en el pasado. Al igual que viajar solo, el salir al campo solo hace que la experiencia sea mucho más intensa y cualquier día tranquilo en el monte quede en la memoria como un recuerdo indeleble, que rememoras con cariño al revisar tus carpetas de fotos. El volver a caminar durante horas por los montes, años después de la primera visita, es una especie de reencuentro agradable. En Gredos, pese a que no es uno de mis destinos recurrentes, he repetido en varias ocasiones algunos recorridos por gargantas, pernoctas en los mismos refugios y subidas a las mismas cimas. No puedo evitar querer esos caminos de Gredos, las largas distancias y duros ascensos de la alta montaña, así como el olor a hollín de los refugios y las incómodas noches en el saco. Suelo concluir los dos días de salvaje caminata bajando hasta los pueblos de la ribera del Tormes, para dar buena cuenta de un chuletón y descansar en un buen hotel que asegure un desayuno pantagruélico. La gente se sorprende ante esta dicotomía, pero creo que son cosas perfectamente compatibles. 


No sólo caminaba montaña arriba con la compañía fiel y abnegada de mi podenco adoptado, sino que a lo largo del camino aparecieron varios de esos personajes gredenses que nunca faltan en toda ruta por estas montañas. Pude observar varias lagartijas carpetanas, reptil de un hermoso color esmeralda imposible de encontrar en ningún otro herpeto y que en Gredos es muy fácil de ver. De cuando en cuando, si me apretaba el calor, saltaba entre los bolos graníticos de la garganta para bajar a refrescarme al río, en cuyos remansos encharcados se demoraba alguna rana patilarga. No vi muchas cabras aquellos días, aunque algún augusto macho siempre se deja ver, las cuernas retorcidas sobresaliendo entre los piornos amarillos como un Belcebú de mirada curiosa. Mientras tomaba la merienda distinguí al otro lado de la garganta, muy lejos, una mancha blanca en medio de la inmensidad. Era algo indistinguible, pero cuando uno tiene "la vista hecha" a algo, no falla. En efecto, la cámara de fotos reveló que allí estaba, a enorme distancia, un zorro aún de denso pelaje, que también nos había visto.





Aquel día tenía cosas en qué pensar. Dicen que no hay que aislarse en esas situaciones, pero a mi me viene bien la soledad de la Naturaleza cuando toca reflexionar. Sin distracciones, sin estímulos externos, sin molestias sociales, sin teléfono móvil, estás solo y no tienes más opción que afrontar la encrucijada. Así que caminé rumiando durante toda la tarde a través de la garganta y, al llegar a uno de los refugios de la zona, que coronaba un prado herboso, decidí pasar la noche allí. Dejé la mochila en la entrada, con cuidado de que no hubiera alguna víbora en los bolos de piedra que conformaban el parapeto de piedra frente a las puertas. En Gredos, la víbora hocicuda todavía no escasea como en muchos otros lugares, y en el crepúsculo salen a aprovechar el último sol o el calor que irradian las piedras, echadas en cualquier parte.

El refugio era doble, como dos pequeñas casitas de piedra pareadas con tejado a dos aguas, cada una con una sala diáfana con chimenea y una habitación con dos plataformas estrechas de madera para dormir, bajo un ventanuco lleno de moscas y telarañas. Aquel refugio polvoriento no era especialmente cómodo, pero habían llevado hasta allí, no sé si con helicóptero o con mulas, algunas sillas de esas que se usaban antes en los institutos. Como en muchos otros, había cepillo y recogedor, con los que adecenté la estancia. En un taburete, siguiendo esa ley no escrita de dejar las cabañas apañadas y habitables, encontré disponible todo un banquete: sopa instantánea, un par de sobres de café, albahaca seca y sal. Preferí limitarme a lo que yo llevaba: queso, tortillas, fruta, guacamole, sardinillas, pasas y anacardos. Preparé un montón de palos de piorno -fuego rápido y muy humoso- para la noche y salí al prado. Remonté el arroyuelo que lo atravesaba, hasta donde consideré que me aseguraba agua limpia, y llené las dos cantimploras. Hice una fotografía del refugio, allá abajo, con su encantador aspecto de majada vaquera.


La temperatura era agradable, así que encendí un pequeño fuego donde calentar unas tortillas con las que preparar unos tacos de queso y corned beef, que había comprado con interés pero que me resultó un producto demasiado parecido a la comida húmeda para perros, así que le di la mitad de la lata a mi peludo. Después, saqué una de las sillitas al exterior, estiré las piernas sobre el parapeto de piedra y disfruté, tomando té y con mi solemne compañero al lado, de las espectaculares vistas de las montañas al caer la noche. Cómo cambia la luz de los cálidos tonos del atardecer a los fríos grises violáceos de la noche. No deja de asombrarme. En la ciudad es imposible reparar en ello. 

Se hizo de noche tarde, casi a las once. Gritaba algún cárabo abajo en los robledales, soplaba la brisa, el arroyo de la garganta era apenas un ronroneo; no se oía nada más. El anochecer me envolvía lentamente. Reflexioné entonces, con tranquilidad, sobre aquellos asuntos que llevaba a cuestas aquel día. Creo que llegué a saludables y templadas conclusiones. Al fin y al cabo, aquel no era un mal rincón de pensar.


sábado, 6 de julio de 2019

Atados en corto

Creemos que cada uno hace con su vida lo que quiere. Estamos convencidos de que tenemos plena capacidad de obrar, libertad de elección y decisión, de escoger qué camino nos conviene más ante cualquier encrucijada que nos presente la vida. La suficiencia a que nos induce nuestro actual contexto cultural (inmediatez, egolatría, selfies) nos hace autoconvencernos aún más de ello. Sin embargo, pienso que no es así. En realidad nos la meten doblada. Nuestra cultura arrastra muchas rémoras familiares, grupales y sociales diseñadas para que el hombre no sea libre: no en el sentido de elegir tomar el café solo o cortado, de escoger una profesión o de comprarse tal o cual coche, sino de privar a las personas de la capacidad de desarrollarse como individuos, de evolucionar y encontrarse a sí mismos, de ser personas plenas. A este respecto, personalmente me ha influido mucho el pasar tiempo en la Naturaleza. Ha sido algo fundamental en mi desarrollo personal. En ella he aprendido a estar solo y a encontrar placer en ello, a disfrutar de la soledad como libertad y a trasladar esa autonomía montaraz a la vida diaria: saber levantarte por la mañana y afrontar el día como te plazca, tener sólo tus problemas. Con sus ventajas e inconvenientes. Hacer lo que te da la gana, eso sí que no tiene precio. 

Estoy escribiendo un artículo de mal gusto, que no va a gustar a nadie, y que hoy debe ser casi ilegal. Soy consciente de ello. Pero tengo un runrún desde hace tiempo y le voy a dar salida en este espacio de desahogo. Veamos: dentro de esa privación de desarrollo individual de que hemos hablado, llevo años observando cómo muchas novias y mujeres coartan hasta extremos casi cómicos la libertad y la autonomía de sus pusilánimes parejas masculinas. Conozco decenas de casos (y también relaciones sanas, por supuesto). Hablo, claro, de ese amigo que empieza una relación y al que automáticamente pierdes. Ese que reduce su existencia al mundo de su mujer, a lo que ordena y manda su mujer. 24/7, como se dice ahora. Ese que tiene que pedir permiso con semanas de antelación para echar unas cervezas con los amigos, y que tiene una escapada de fin de semana directamente prohibida. No me vale la excusa de los hijos, porque cuando teníais cero hijos y ni siquiera vivíais juntos tampoco te dejaba salir, capullo. 24/7, digo. ¿No puede estar sola unas horas? ¿Le da miedo la oscuridad? ¿O que venga el hombre del saco? Adultos hechos y derechos a los que una cuerpobotijo amarra como con una correa. Y ellos se dejan, dóciles como el perro al que atan en corto a la puerta de una finca y que encima está convencido de que hace algo útil, que ese es su papel, ley de vida. Desconozco qué argucias o subterfugios utilizan ellas, porque tarde o temprano ellos mismos siempre te reconocen que no follan desde ni se sabe. 

No pretendo transmitir misoginia, Dios me libre, ni hacer un alegato de la soltería, pese a ser un recalcitrante y feliz soltero. Entiendo que la gente no quiera estar sola, pero de ahí a perder tu individualidad media un trecho: alguien libre no tiene que pedir permiso ni sentirse culpable por hacer algo sin su pareja. Puede que esa sea su estrategia de dominación: hacer sentirse culpable al otro. Todavía no sé si esta realidad me parece injusta o algo útil para revelar idiotas y falsos amigos. Lo que sí sé es que es antinatural, una privación de derechos, una forma de alienación peor que la sociedad de consumo o los teléfonos móviles. Es una rescisión del individuo: no vivir tu vida, sino convertirte en un electrodoméstico de la vida de una autoconvencida princesa. Las relaciones humanas no deberían funcionar así. El amor no es eso. Una amiga que piensa como yo, y que siempre me reconoce que lo que casi todas sus amigas quieren es llegar a casa y tener un tío ahí, sea el que sea, me lo justifica diciendo que, a la postre, la gente asume lo que le cae y hace su vida. Seguramente tenga razón, porque complacerte en perder tu libertad debe tener un fundamento biológico, algo así como un mecanismo de defensa, un síndrome de Estocolmo. Bueno, allá cada cual. Sigo prefiriendo no tener que pedir permiso para ir a tomar una cerveza, aunque tenga que ir a tomármela solo.


jueves, 27 de junio de 2019

Focas en Hvammstangi

Apenas 13 kilómetros al norte de la ring road que rodea Islandia se encuentra la localidad de Hvammstangi, en la península de Vatnsnes. Conduje hasta allí una tarde para coger, a la mañana siguiente, un pequeño barco dedicado al avistamiento de focas. En realidad era mi segundo intento para realizar la actividad, ya que en el primer viaje que hice a la isla el barco no pudo salir debido a lo picado del mar. Después de registrarme en el campamento y de darme una ducha en la piscina pública del pueblo, pensé que tal vez sería buena idea intentar por mí mismo ver las focas, por si acaso. La tarde estaba muy avanzada y entendía que no sería mala hora para escudriñar las orillas.

Desde el propio Hvammstangi parte hacia el norte la carretera de grava 711, que rodea toda la modesta península. Hice una cena rápida, tomé café y arranqué la furgoneta, asumiendo las cuatro horas de viaje que requeriría la pequeña escapada. En el asiento del copiloto descansaban los prismáticos y la cámara de fotos. Pudiera parecer que emprendía una sencilla vuelta en coche buscando focas, pero para mí era una experiencia naturalista, la búsqueda por tus propios medios y en un país extranjero de un animal que en tu tierra no vas a encontrar. 

Un velo de nubes plomizas cubría el cielo y el viento agitaba las hierbas ralas que significan allí casi toda la vegetación. Al poco pasé junto a un curioso corral para caballerías, cuya belleza quedaba acentuada por estar levantado justo a la orilla del mar. Más adelante, y durante aquella noche por toda la desolada península, pude ver un montón de caballos islandeses, bajos y robustos, adaptados a los fríos, bellos como pocos. Una península baja y desértica azotada por los vientos, un mar frío, focas en el agua y caballos por los prados, eran una conjugación fantástica que tenía algo de exotismo, de cuento antiguo. 






De cuando en cuando paraba el coche y buscaba con los binoculares, sin suerte, la silueta de las focas en las rocas negras, que desde tierra formaban pequeños islotes y rocallas cerca de las orillas. Tenía más éxito observando charranes árticos, pero estaba ya harto de verlos. No llegó a la hora de viaje cuando desde la carretera de grava, tras una valla cerrada, partía un sendero herboso en dirección a una playa. Al fondo se destacaban esas formaciones rocosas que me parecían propicias para las focas. Estacioné y tomé el camino. Hacía mucho frío y el viento me adormecía las manos.

Allí, descansando en el islote, estaban las focas. Parecían un puñado de sacos hinchados y grasientos que la corriente hubiera llevado hasta allí. Disfruté de su laconismo con los prismáticos y después, agachado y apoyando el teleobjetivo en las rocas, como un tirador haría con su rifle, les hice unas cuantas fotos. Volviendo la cabeza veía un montón de correlimos entre las algas de deriva que llegaban a la playa y una aguja colipinta que se señoreaba entre ellos. Pero lo que me llamaba la atención eran las focas. Una de ellas pasó nadando apenas a dos metros de mí, jugó con otra que emergió del fondo y después desaparecieron. Después del esperable fracaso que me iba a suponer el ver zorros árticos, poder observar a placer uno de los pocos mamíferos salvajes que pueden encontrarse en Islandia bien mereció aquella escapada.





A la mañana siguiente conduje hasta el puerto de Hvammstangi. El barco que por segunda vez intentaba tomar, el Brimill, descansaba en su embarcadero. Era una escena tranquila, un turismo local y sostenible, no masificado. El mar estaba tranquilo y nada parecía impedir que en aquella ocasión pudiera subir a bordo para ver las focas de cerca. Entré en el museo de la localidad, que gestiona los billetes. La chica que lo atendía distinguió mi acento español porque había estado de vacaciones en Málaga. Me dejó visitar gratis el museo de las focas -coqueto y delicioso, como todos los museos locales que hay desperdigados por Islandia- y me dijo que de momento era el único para tomar el barco. Se requería un mínimo de dos personas para poder fletarlo.

Esperé fuera, mirando el mar y observando los éideres y archibebes que rondaban en la orilla. Estuve un rato charlando con el patrón del barco y guía de las expediciones, un islandés rubio y barbudo que fumaba sin cesar, mientras esperábamos que llegara algún otro turista. Algunos llegaban al museo y se marchaban sin más. A las diez, hora de salida, aquel vikingo me dijo que únicamente conmigo no podía salir. Asentí de la manera más elegante que pude y me despedí. Al menos, la noche antes había podido observar las focas por mis propios medios. Por segunda vez en tres años, me quedé con las ganas de tomar el Brimill. A veces viajar solo tiene sus inconvenientes.