domingo, 28 de junio de 2020

Un San Juan en Camasobres

Llegué a la posada cuando ya estaba cayendo la tarde, amenazando tormenta, después de haber pasado todo el día caminando por la montaña palentina. Al entrar en la casona, David, el dueño, me dijo que iban a celebrar una pequeña barbacoa por San Juan y que los alojados en la posada estábamos invitados: sería una reunión de unos pocos, dadas las circunstancias. Bajé a la barbacoa tras asear mi indecencia campestre y me acodé en el cenador, observando cómo un par de paisanos mantenían las brasas y no dejaban de sacar chorizos asados, panceta bien tostada y filetes de entraña, que el cuchillo cortaba como si fueran mantequilla. Tomé un par de botellines y comí agradecido la carne que me no dejaban de servirme, empujándola con dulces rebanadas de pan de hogaza. Sin darme cuenta, como ocurre cuando uno se siente cómodo y acogido, pasé un buen rato charlando con varios vecinos, que se interesaban sinceramente sobre mi estancia allí y mi relación con la montaña. Hablamos de montañeros perdidos, de lobos y ciervos y también del oso, a quien curiosamente todos mencionaban en singular. Me enriqueció enormemente la larga conversación que mantuve con Javi, curtido y experto montañero, que tras mudarse a vivir allí había explorado la región y la conocía como la palma de su mano. No es habitual encontrarte con alguien que te habla de dónde ver rebecos y de lugares como Hoya Continua o el Chozo del Tío Vicente.

Cuando se acabó la carne, salimos del cenador y encendieron la hoguera. El fuego se levantó rápido sobre las ramas secas y las pavesas rojas volaban hacia el cielo, como si quisieran escapar del mundo de los hombres. Cuando los dos mismos parroquianos que habían hecho la barbacoa empezaron a echar sobre la gran hoguera ramas llenas de hojas verdes, todo el valle se inundó de un curioso sonido chisporroteante, como si se estuvieran friendo docenas de huevos en un enorme perol. Miraba a mi alrededor las caras anaranjadas como máscaras por la luz del fuego y pensaba que pocas veces en mi vida me había sentido tan cómodo entre gente extraña, pocas veces había experimentado la calidez y amabilidad que encontré aquella noche en la Posada de Fuentes Carrionas. Las nubes se marcharon y la gente empezó a cantar frente al fuego, bajo el cielo índigo, en aquel viejo ritual pagano, de raíces tan antiguas como el propio poblamiento de aquella montaña palentina, una montaña mágica en la que ellos tenían la suerte de vivir y donde yo, gracias a ellos, pude sentirme como uno más.


 

domingo, 14 de junio de 2020

Vuelta a las andadas

A las ganas de salir al campo, de viajar y de explorar, Richard Burton lo llamaba "la llamada del tintineo de la campanilla del camello". Una frase ciertamente evocadora, que nos lleva a pensar en viajes exóticos y emocionantes aventuras. Esa fuerza irreprimible que tira de ti, que te saca de lo que hoy se llama "zona de confort" y te hace apreciar lo que es la vida. Claro que Burton vivió en una época en que todavía quedaba mundo por descubrir y tuvo, para lo que le gustaba hacer, unas oportunidades privilegiadas y un ánimo incansable. A los naturalistas, camperos, montunos o montaraces de hoy en día nos basta, por lo general, con recorrer y bichear las sierras que tenemos cerca, y con algún que otro viaje a otros países y ecosistemas lejanos cuando nos lo podemos permitir. 


Después de meses sin libertad de circulación, esa llamada de la campanilla del camello ha sido especialmente intensa, con el trasfondo en una primavera robada que, para colmo, ha resultado ser particularmente lluviosa, fructífera y hermosa; nos hemos tenido que limitar a observar con fascinación la floración ornamental en los parques urbanos, el celo de las palomas y el vuelo de los gorriones, e incluso el brotar de cualquier hierbajo entre los adoquines. El silbido del invisible autillo del parque me ha sonado a aullido de lobo. Así, no pude evitar salir al campo como un miura en cuanto pude hacerlo. Con emoción y cierto cosquilleo en el estómago. Y, también como muchos otros, el hecho de no poder salir de la provincia me ha obligado a descubrir lugares y paisajes madrileños a los que tal vez nunca hubiera dado una oportunidad. 

Es difícil comparar con algo esa sensación de respirar el aire puro y frío de la montaña al amanecer, después de meses sin salir de la ciudad. Tal vez no todo el mundo lo entienda, pero seguro que el que está leyendo esto sí que lo hace. Pasados esos primeros días dedicados a recuperar el tiempo perdido -templar el ansia- y de quemar con delectación las suelas de las botas -he debido caminar más de ciento treinta kilómetros en cinco salidas de campo-, no puedo sino atesorar con mucho cariño estas jornadas por las sierras madrileñas en que, sencillamente, pude volver a ser yo, sacando del cajón las desgastadas ropas de campo y retomando eso que más amo en el mundo, que no es sino vagar por la Naturaleza, rellenar la cantimplora con el agua pura que mana de la misma tierra, comer bajo un árbol contemplando el paisaje.

Liturgia campestre

No sé si alguna vez he descrito aquí mi particular liturgia campestre. Acorde a la época del año y la hora de salida del sol, ya que me gusta empezar a caminar justo con el amanecer, madrugo cuanto sea necesario. Realizo un desayuno frugal y preparo café para el camino. Conduzco, apenas sin cruzarme con coches, la hora y media o dos horas que me suele llevar alcanzar el destino del día, mientras escucho en el coche algún podcast de historia o los sainetes políticos de los programas de radio matinales. Una vez en el punto de partida echo a andar junto a mi perro, normalmente sin seguir una ruta planificada más que someramente, para no regresar al coche hasta ya llegada la noche. Puedo hacer diez kilómetros o treinta y cinco, no me importa. No tengo prisa ni condicionamientos. Llevo en la mochila abundante comida, tanta como para detenerme a llenar el buche tres o cuatro veces. También llevo un libro y, cuando suben las temperaturas, una hamaca para echarme una cómoda siesta en medio de la nada. Por lo general salgo sin ningún objetivo concreto, sin querer salir de A para alcanzar B; sólo quiero conocer tal valle o cual monte, esa falda, ladera, montaña o serrezuela, ver animales y sencillamente perderme, vagar, derivar por el campo en silencio y soledad.

Madrid, sí o sí

Hay naturalistas, entre los que me incluyo, que tenemos cierta manía a las sierras madrileñas. Las imaginamos siempre llenas de gente, ciclistas, domingueros o senderos señalizados y, por tanto, poca tranquilidad. Pero realmente no es del todo así. Supongo que basta con evitar las zonas más turísticas para no apreciar apenas diferencias con algunos montes cercanos de Guadalajara o Segovia. Nunca haré la Cuerda Larga, no me bañaré por la Pedriza ni subiré a Peñalara, eso lo sé de antemano, pero sí conozco lugares en el norte de la provincia capitalina que merecen mucho la pena, y el desconfinamiento me ha hecho descubrir otros nuevos. Me ha hecho forjarme una frase propia cuanto pienso en esto: "nunca había visto tantos mostajos juntos". Y es cierto. Nunca he visto tantos mostajos juntos como en cierto paraje de Madrid. Y eso no es cualquier cosa.


No sé si era en parte debido al largo encierro, pero estos últimos días de mayo y primeros de junio, en que pude volver a salir al campo, me hicieron verlo particularmente hermoso. Hay gente que dice que la Naturaleza ha despertado debido a la ausencia de seres humanos en ella, pero yo creo que no es así, ya que ha sido un período de liberación demasiado corto. Lo que nos ocurre es que, a la explosión de una primavera benigna, nos acompaña la sugestión y la idealización. ¿Cuándo nos han parecido más hermosas las montañas amarillas cubiertas de piornos en flor? ¿Cuándo más sugerente la mirada del zorro? ¿Cuándo más exótico un macho de lagartija con la coloración del celo? ¿En qué ocasión hemos disfrutado más el simple caminar kilómetros y kilómetros por una pista forestal que normalmente nos parecería anodina?

Magia pura, belleza serena. Estos días disfruté, sobre todo, de caminatas interminables a través de grandes masas de Pinus sylvestris. Hay algo en los pinares albares que me retrotrae a mi infancia, cuando venía fascinado los documentales de la naturaleza norteamericana donde el escenario protagonista eran los bosque de coníferas. Estos bosques siempre me han parecido algo benigno: las coníferas me huelen a resina, a naturaleza y libertad. Más allá de los pinares, uno de esos días encontré de casualidad, después de caminar durante horas desde el amanecer, cierto paraje del que me habían hablado: una garganta tan gigantesca y desconocida que, según me dijeron, "nunca hubieras pesado que está en Madrid". Pasaron los años y nunca la visité. Y, casualmente, ahora me he dado de bruces con ella y pude reconocerla por la descripción que hace tiempo me habían hecho: un gigantesco embudo intransitable, tapizado de encinas y robles aventureros que no se sabe cómo pueden agarrarse a esas laderas, en realidad fieros canchales y desafiantes cresteríos de pizarra que bajan hasta el cauce profundo. Parecía una imagen primigenia. No pude evitar plantar la hamaca sobre semejante escena y descansar con esas insuperables vistas.

Hormigas

Hemos vivido una época complicada. A toro pasado, tengamos la opinión que tengamos sobre lo ocurrido, todos estamos de acuerdo en que el individuo no ha importado nada frente al grupo. Hemos experimentado una restricción de la libertad que a estas alturas no imaginábamos ya posible en nuestra sociedad. Tal vez porque lo cierto es que el hombre individual, sumido en la gran colmena que realmente formamos, no importa nada, no más que un grano de arena en una playa. Todo el mundo da mucha importancia a su existencia, pero no es más que una pieza minúscula, y prescindible, en una maquinaria inmensa, una simple hormiga obrera en un hormiguero descomunal. No es raro que el andar solo por la Naturaleza te mueva a reflexionar sobre estos temas. Por un lado, la grandeza de lo que te rodea te hace humilde y te hace sentir pequeño; pero por otro, te das cuenta de que no hay nada más importante que tu libertad como individuo. Después de años de escribir aquí, me voy dando cuenta de que ese es realmente el tema de fondo de esta página, y no el campo o los bichos. ¿No?











sábado, 16 de mayo de 2020

Nos han robado la primavera

El conocido paleoantropólogo Juan Luis Arsuaga ha dicho recientemente que "La realidad es que cuanto más acojonado está el ser humano, más dispuesto está también a renunciar a su libertad. Y eso es peligroso. Porque el acojonamiento social se ha utilizado históricamente para recortar derechos". Sin duda está en lo cierto. Tal vez por eso, la otra tarde asistí perplejo a un lamentable espectáculo televisivo: unos enterados contertulios ponían literalmente a caldo a un señor mayor que, irresponsable él, cínico y también un poquito hijo de puta, se había sentado en un banco, ¡en plena calle!; esta acción execrable le convertía, por tanto, en un criminal y un peligro público sobre el que, esperaban, debía caer todo el peso de la ley y, de ser posible, el más severo ostracismo social. El buen ciudadano, el responsable, es ese que se siente culpable por sacar al perro y comprende que, como a los perros, le pongan horarios para salir de casa, y todavía tiene que aplaudir. También es buen ciudadano ese al que no le importa que le mientan todos los días. Ciertamente, el miedo lleva a la sumisión y la sumisión a la infantilidad y el acriticismo.

Históricamente, los españoles siempre hemos sido un pueblo acostumbrado a agachar las orejas y a soportar todo tipo de excesos por parte de los gobernantes, simpaticemos con su signo político o no. Hoy, mediado mayo, llevamos meses aceptando unos recortes brutales de derechos, sin levantar la voz y sin tener la capacidad de hacerlo: porque, sanciones aparte, ese "acojonamiento social" te convierte en un insolidario majadero si tienes la osadía de protestar contra el paternalismo infantil de papá Estado. ¡Ay! de todo aquel individuo que no quiera renunciar a serlo y que discuta las decisiones arbitrarias, incongruentes y cómodas de los expertos, esos expertos que nos hablan por la tele como si fuéramos tontos y que, hasta una semana antes de robarnos nuestras vidas, todavía mentían diciendo que no pasaba nada. Esos expertos que, por el cargo que habían aceptado, tenían la obligación de ser prevenidos y no lo fueron. Pero esa falta de previsión la hemos pagado los demás. La ha pagado el pueblo que, como siempre en toda crisis, ha puesto los muertos y la ruina; un pueblo silenciado y llevado de la manita como un rebaño de inútiles. El populacho obediente de siempre, al que ahora, permítanme la licencia poética, se le ha robado la primavera.

martes, 14 de abril de 2020

Un libro te lleva a otro

Un día de septiembre, dando un paseo vespertino por Chamberí antes de asistir a una obra en los Teatros Luchana, callejeamos sin rumbo descubriendo cafeterías, tiendas y librerías, paseos que son uno de los mayores encantos que tiene Madrid. Entramos en una librería pequeña y agradable, que tenía la mayor parte de los libros tumbados en las estanterías, no en vertical, de manera que podía uno ver todo el género sin necesidad de dislocarse el cuello. Y escogida la presa, en esa librería uno pagaba a voluntad, lo que considerase oportuno por el libro que fuera a llevarse a casa. Compré allí El espejismo de El Dorado, de Frank G. Slaughter. Me pareció apropiado para incorporar a mi biblioteca de libros de historia y novelas sobre la América española; además, la edición era bonita, ya con sus décadas encima. Hojeándolo después, noté con confesable reparo que el libro tenía las inevitables trazas de caer en lo anglófilo. Al fin y al cabo, trataba sobre Walter Raleigh en la época de enfrentamiento entre la España de Felipe II y la Inglaterra de Isabel Tudor. Cuando uno tiene la mala costumbre de leer, sabe reconocer de antemano qué va a encontrarse en muchas obras con sólo pasar aceleradamente las páginas y leer algunos párrafos en diagonal. Así, sin muchas ganas de embarrarme en un libro donde los españoles íbamos a ser muy malos y los ingleses -esos que no dejaron indio vivo allá por donde pasaron- muy buenos, con esa cómica habilidad que tienen los anglosajones para darle la vuelta a la Historia, dejé el libro en la estantería de "pendientes" durante meses.

Hace pocos días, he releído un libro de divulgación histórica maravilloso: Pioneros de lo imposible, Hitos de la exploración contemporánea, de Javier Jayme, que repasa las últimas grandes exploraciones geográficas: desde el África profunda a los Polos, pasando por el Himalaya o la Isla de Pascua. Lo leí por primera vez hace ocho años, y tengo que confesar que la maestría con que están relatadas aquellas últimas aventuras de la humanidad me fue de gran inspiración en aquellos días, en que siempre andaba buscando "ese barranco en el que nunca ha entrado nadie" o aquél árbol desconocido. La primera aventura que narra Pioneros de lo imposible es la exploración, en el siglo XVI, de la Gran Sabana y los tepuis, entre las actuales Venezuela, Brasil y Guyana, inicialmente por el segoviano Antonio de Berrío y después por Walter Raleigh -Milor Guaterral-, tras emprender una rapiña muy a lo inglés por las posesiones españolas. Al fin, la Historia, que no entiende de agravios ni envidias, ha recordado antes a Raleigh que a Berrío por la exploración de esa región, a pesar de que todos los lugares por los que pasó eran ya conocidos de sobra por los exploradores españoles. Pero ese es otro tema. El caso es que la lectura de Pioneros me recordó a aquella novelita de enésima mano que compré callejeando por Luchana y que dejé olvidada en una estantería. Le di una oportunidad, porqué no. Y aquí ando ahora, leyendo esta historia donde los españoles son ladinos y siniestros y los ingleses la nobleza personificada. Leyéndola relajado, con un buen café. Sabiendo a lo que me enfrento, sin indignarme. Con la íntima satisfacción de saber que, gracias a los recursos que te da el hábito de leer, los hijos de la Pérfida Albión no me la cuelan con esta historia.


miércoles, 8 de abril de 2020

La montaña solitaria

Maurice Herzog, primer conquistador del Annapurna en 1950, decía que "El alpinismo es un deporte, una evasión, a veces una pasión y, casi siempre, una mística". Nunca he sido aficionado al montañismo ya que, como actividad, creo que lleva implícita una concepción de asalto y superación de retos, de vencer y someter, que no casa con mi manera de echarme al monte. Pero lo puedo comprender. "Porque están ahí", fue la hábil y profunda respuesta de George Mallory cuando le preguntaron porqué el hombre escalaba montañas; porque están ahí nos habla sin místicas, pasiones ni por supuesto deporte, del mero interés por la montaña, de conocerla, de ver qué hay más allá. Por mi parte, no pudiendo evitar la ascensión por mi cuenta de un buen puñado de montañas ibéricas a lo largo de estos años, la imponente y rotunda Sierra de Gredos ha sido mi escenario predilecto donde dar rienda suelta, de vez en cuando, a ese innegable placer de subir y subir hasta que ya no se puede dar un paso más arriba. El recuerdo de las ascensiones tiene cierto encanto particular que no tienen otras jornadas camperas: ver la lejana cima en la distancia al amanecer; comenzar casi enseguida a afrontar la pendiente y a sudar; los grandes machos de cabra montés; los colores y olores de Gredos; esas holladas sendas blanquecinas que parece que nunca se acaban; la larga aproximación y el inicio de la trepada final; la merienda al descender y la llegada al coche con las últimas luces.

He subido varias montañas en Gredos, aunque siempre he preferido recorrer sus gargantas glaciares, buscar reptiles y anfibios o visitar lagunas, conocidas o no. Sin duda, mi montaña predilecta allí es el Cabeza Nevada o Mogote del Cervunal, de 2.427 metros de altitud. De formas romas y globosas, separado por una cresta del escarpado macizo central, destaca como una montaña solitaria, llamativa y con su propia personalidad. Hablo del Cabeza Nevada como si pasara la vida allí, pero sólo he subido dos veces. La primera vez fue solo, en una de esas expediciones que nunca se olvidan. No recuerdo ni por dónde ataqué la cima, ya que no encontré hitos, pero llegué arriba. Las rocas de la cumbre, sin nieve, estaban recubiertas de una delgada lámina de hielo. Unos años después, en 2015, subí con un compañero en un pletórico día de mayo, con Gredos en su punto álgido de belleza. Aquel día si encontramos un camino relativamente cómodo. Desde entonces sólo he visto al Mogote en la distancia, como un viejo amigo al que reencontrar alguna vez. Pero hay algo que recuerdo vivamente de la primera ascensión solo. Recuerdo que, ya en el descenso con las doradas luces del atardecer, eché una última mirada a la imponente montaña. La figura diminuta de un chozo cónico, al final de la llanura alpina previa a la cumbre, resaltaba la bella inmensidad del Cabeza Nevada. No sé porqué, pero fue uno de esos días en que la Naturaleza me emocionó completamente y no pude evitar una lágrima, observando embelesado la grandeza de la montaña al recortarse contra el cielo.


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sábado, 28 de marzo de 2020

Libros para volver a casa

Cuando terminas un libro sientes que pierdes algo, que concluye una etapa y empieza una nueva; sientes nostalgia por lo que queda atrás, como si te despidieras para siempre de un amigo. Pero en realidad no lo pierdes: has aprendido, has viajado, te ha emocionado. Te ha hecho crecer. Más que nostalgia, deberíamos terminar un libro con la perspectiva con que vemos el mundo después de una lluvia, limpio y renovado. Además, y con justicia, hay que reconocer que todo libro se puede releer. Pocas personas lo hacen, pues lo consideran una pérdida de tiempo; claro que no es lo mismo releer Relato de un náufrago que Guerra y paz, pero lo cierto es que una relectura siempre te descubre detalles nuevos, encuentras esos mensajes profundos que manda todo buen autor, a propósito o quién sabe si sin darse cuenta, valiéndose de sus personajes y descripciones. Releer un libro es, en fin, como volver a soñar. Un suspiro, un aliento, una emoción, una lágrima, todo eso te da un libro. Papel, palabra escrita. ¿Cómo podrá, la gente que no lee, vivir sin todo eso? Con un esfuerzo, puedo llegar a entender a la gente que es capaz de vivir sin café, cerveza o silencio, pero no a la que vive sin libros.

Creo que todos los lectores tenemos libros que, al abrirlos de nuevo, son como una vuelta a casa. Los releemos porque nos encontramos cómodos entre sus páginas y nos sentimos entre amigos caminando junto a sus personajes. No voy a dármelas de académico diciendo aquí que releo tostones clásicos e incunables, pero tengo mis habituales. Supongo que todo empezó en el colegio con En busca del unicornio, de Eslava Galán, increíble aventura narrada con maestría, con uno de los finales más demoledores de la literatura. Le he dado varias lecturas a ese libro. Mucho más tarde empezó la etapa de releer casi todos los años El Señor de los Anillos, obra cumbre de la literatura universal, gesta increíble y tan real que casi se puede tocar, un libro donde cada párrafo es una perfecta obra de arte, de personajes exquisitos, trasfondo inigualable, libro que todo escritor no puede más que admirar, y sin duda envidiar, porque nadie será capaz de volver a hacer algo así jamás. Más allá, se me ocurre también El corazón de las tinieblas, de Conrad, libro corto que sí cae cada año, al que suelo recurrir en viajes o escapadas. Más moderno que los anteriores, releo Todos los hermosos caballos, de McCarthy, cuya demoledora literatura me ha sido una inspiración vital desde que la conocí.

Así, en fin, podría comentar muchos otros libros que suelo releer. O contar porqué vuelvo a ellos de vez en cuando. Podría hablar sobre otros que tengo localizados para el día en que me apetezca volver a perderme entre sus páginas. También tengo algunos seleccionados, reservados, como futuros compañeros de viajes. Walden, La vorágine La aldea olvidada, ya leídos y comentados, sé cuándo y en qué circunstancias los volveré a leer. También tengo otros a la espera de ser abordados en el momento preciso: por ejemplo, Un tronar de tambores se vendrá conmigo a una escapada de un par de días a la montaña. Debe ser bueno para leerlo a la luz de una hoguera o atardeciendo en medio de ninguna parte. Y esa es, en fin, tal vez una de las dimensiones más bellas para un lector: el planear o reservar el momento en que abrirás un libro por primera vez, o prever cuándo le dedicarás el tiempo que se merece. Como si fuera una cita largamente esperada o una ocasión especial. Privilegios de lector. Raros privilegios de lector.

domingo, 22 de marzo de 2020

Un café en Zanzíbar

Dicen que no sabemos valorar lo que tenemos hasta que lo perdemos. Y es verdad. En esta situación de encierro domiciliario que estamos viviendo, estoy teniendo dificultades para gestionar el no poder hacer lo que me gustaría estar haciendo en estos momentos. No hay nada peor que la morriña. Dejando de lado el poder salir a la calle con libertad, hacer deporte al aire libre o tomar algo en una terraza, hay algo que echo de menos sobre todo lo demás. Algo que a lo largo de estos años montaraces solía hacer con más frecuencia y que ahora, ante la inmovilidad forzada, me he prometido hacer más, siempre que pueda: hablo de las inspiradoras escapadas campestres de dos o tres días, a sierras y montañas lo bastante lejanas como para hacer inviable ir y volver en el día. Gredos, Urbión, Fuentes Carrionas, Riaño. Llegar por la tarde al pueblo cabecera de cualquier comarca y alojarse en un hotelito petfriendly, cenar en un bar, pasear de noche por las calles desiertas y pasar después un día o dos en el monte, explorando montañas nuevas, horizontes desconocidos. Caminar hasta la extenuación, sudar, tener una sobredosis de paisaje. Tal vez pasando la noche al raso o en algún chozo, o de nuevo en ese hotelito familiar, normalmente regentado por personas amables y auténticas con la que da gusto tratar. Y así, encerrado ahora en casa, tomando café y recordando, viendo una y otra vez las carpetas con fotos de esos muchos viajes camperos que he hecho por la Vieja Iberia en estos años, me he acordado de aquel café en Zanzíbar.

Ocurrió en un mes junio, en un valle glaciar largo y montuoso, recorrido -no al completo- por una senda estrecha y encantadora. El camino ascendía durante varios kilómetros, dejando atrás los bosques y sorteando una y otra vez el río que bajaba frío desde la laguna que coronaba el valle. Después de los robles de la zona baja surgieron las hayas y los pinos salvajes, que desaparecieron para dar paso a laderas altas tapizadas de césped brillante como una alfombra. Había ciervos y caballos salvajes, buitres y águilas. Al fondo, cerraba el valle un pico que me pareció inmenso, medio cubierto de nieve, con aspecto de hombre gordo que se hubiera sentado a descansar. En su regazo hallé una laguna glaciar de azul índigo. Todo tenía una belleza soberbia y eterna, aumentada por la soledad. Antes de llegar al final, encontré una cabaña de piedra. En una balda encima del colchón piojoso estaban los habituales alimentos que suele haber en este tipo de refugios, como pasta y conservas de legumbres. Había un bote con nueces, que estaban buenas, y otro con manzanilla natural. Al lado vi una cafetera italiana de la marca ZanZíBaR. Junto a ella, café molido. Por entonces yo no entendía de cafés ni de cafeteras, pero recuerdo que olía bien. Lavé la moka en el río, la llené y volví al chozo. Deposité en café en el cacillo mientras pensaba que a saber cuánto tiempo llevaría eso allí y quién lo habría dejado. En la chimenea encendí un pequeño fuego y dejé que subiera el café. Las llamas lamían el aluminio como lengüitas rojas y amarillas. Recuerdo que ese café me supo a gloria, como todo aquel viaje. Y que fue allí donde empecé a valorar ese tipo de cafeteras. También recuerdo que después, por curiosidad, estuve indagando sobre la marca ZanZíBaR, aunque no encontré ninguna referencia. Pero en cuanto pase esta crisis sanitaria, una de las primeras cosas que haré será subir a comprobar si aquella cafetera sigue allí.