jueves, 7 de noviembre de 2019

Números para matar lobos

Comparto el artículo que desde el Observatorio del Estado de Conservación del Lobo (OECL) hemos redactado en referencia a las últimas decisiones de la Junta de Castilla y León con respecto al lobo.

Enlace https://observatoriolobo.com/numeros-para-matar-lobos/

NÚMEROS PARA MATAR LOBOS

  • La Junta de Castilla y León ignora las disposiciones europeas y continúa con su programa de caza de lobos.
  • Las resoluciones de la Junta se basan en censos discutidos y trabajos americanos no extrapolables a España.
  • El Observatorio del Lobo pone la atención en que el estado de conservación del lobo en esta Comunidad no puede asumir los cupos de caza

En el último Boletín Oficial de la Junta de Castilla y León (23 de octubre de 2019) se ha hecho público el “Plan de aprovechamientos comarcales de lobo” para las próximas tres temporadas, que permitirá matar hasta 339 lobos en dicho período, un total del 30% de la supuesta población de la especie al norte del río Duero, territorio donde el lobo todavía es considerado especie cinegética. Dicha resolución se basa, fundamentalmente, en dos trabajos: el discutido censo regional de la especie realizado en 2012-2013 (¹) y un informe elaborado en la región norteamericana de los Grandes Lagos en 1995 (²), en función del cual se deduce el porcentaje de lobos a cazar. Por lo tanto, tenemos que asumir que hoy en día la gestión del lobo en España se realiza únicamente por su siniestro valor como pieza de caza, justificándose mediante censos discutidos y desactualizados y trabajos extranjeros que no son válidos para la población ibérica.
Desde su aparición, el Censo Regional del lobo en Castilla y León ha sido un documento constantemente criticado por científicos, conservacionistas y sociedad civil, ya que se suele considerar que está sujeto a una severa incertidumbre metodológica (³) y que, como sucede en España con todo informe elaborado por las propias administraciones, propone unas estimas poblacionales sobredimensionadas, que no se basan en observaciones fiables, pero que sirven para amparar una gestión del lobo basada en controles letales y aprovechamiento cinegético. Uno de los aspectos que mejor evidencian esta falta de solidez es que Castilla y león considera que cada manada está compuesta por 9 individuos, lo cual choca frontalmente con observaciones autorizadas e independientes (⁴,⁵) que asumen entre 3-4.5 individuos por manada en la Península Ibérica, similares a otras poblaciones europeas que tampoco alcanzan de ninguna manera tamaños de grupo tan elevados.
Por otro lado, en el último BOCYL se justifica la citada extracción del 30% de la población a partir del mencionado estudio norteamericano de T.K. Fuller, en el cual se sugiere que un 35% de mortalidad puede suponer una regresión poblacional de la especie. Ahora bien, la mortalidad real en el lobo es una variable que nunca ha sido tenida en cuenta ni para las estimas poblacionales ni para las decisiones sobre su gestión o aprovechamiento (⁶) y, cuando se hace, se trata de un mero trámite documental para maquillar decisiones ya tomadas de antemano, como revela el testimonial análisis de esta variable en la citada Resolución, que sólo aprecia “mortalidad significativa” en una única “comarca lobera” en todo el contexto castellanoleonés.
De la misma manera, el contexto ecológico en que fue elaborado dicho estudio no es extrapolable a la Península Ibérica, donde el lobo vive en entornos más humanizados, está sometido a variables distintas y debe asumir una mayor mortalidad no natural. Resulta evidente que en la “gestión” del lobo la mortalidad real y no natural de la especie es una realidad incómoda y su tratamiento es una prueba evidente del poco interés que tienen las administraciones públicas por mantener un estado de conservación favorable, que permita al lobo recuperar sus territorios históricos, como obliga la Directiva Hábitats. Debemos señalar que el cupo de lobos previsto ha bajado de 143 a 128 anuales, con lo cual se admite el descenso poblacional, además de eliminarse las extracciones (permisos de caza) en aquellos territorios donde ya han matado a todos los lobos (Soria y Este de Burgos) o donde la presencia se ha reducido dramáticamente (Páramo, Esla-Campos y Sahagún de León, Cerrato y Campos en Palencia y Campos-Pan en Zamora). En todas estas zonas, irónicamente, la Junta no aprecia “mortalidad significativa”.
A este respecto, queremos comentar el caso de la provincia de Zamora, territorio emblemático para el lobo ibérico. Para el período 2019-2021 se prevé la caza de 87 lobos en Zamora, 29 por temporada. Si bien para cualquiera que conozca un poco la biología de esta especie y, a la vez, no esté a sueldo de nadie que decida matar lobos, esta cifra no es asumible para mantener un estado de conservación favorable, hay que tener en cuenta los antecedentes más recientes del lobo en esta provincia. Según datos publicados por la propia Junta (⁷), en el período 2010-2016 se declararon 222 lobos muertos en Zamora: 42 lobos atropellados, 3 abatidos por furtivos y 177 abatidos por cazadores.
Si bien estos datos oficiales evidencian que los cupos de caza son inasumibles de por sí, debemos considerarlos inferiores a los reales: a los 42 lobos atropellados en dicho período debe añadirse un elevado porcentaje de atropellos que no se declaran, debiendo aclarar que la cifra de atropellos no se sustrae de los cupos de caza y que, por sí sola, significa un grave revés para la salud de la población. Sobre el dato de muertes por furtivismo, resulta ridículo de por sí (3 ejemplares en seis años). Teniendo en cuenta que una de las justificaciones esgrimidas por el gobierno regional para desarrollar su programa de caza de lobos era paliar el furtivismo, los 177 abatidos legalmente en seis años y en una única provincia evidencian que la gestión del lobo se realiza a la carta según los intereses económicos del sector cinegético, que es quien marca las directrices en el trato que las administraciones dan al lobo, y no el propio marco legal europeo o el estado de conservación real de la especie.
En conclusión, desde el Observatorio del Estado de Conservación del Lobo (OECL) queremos transmitir que la propia biología del lobo como depredador apical hace imposible la existencia de una densidad de población que haga necesario el control de la especie. Pese a ello, la gestión pseudocientífica del lobo en España se basa en el control letal y la extracción cinegética, un tipo de gestión que no es válida ni necesaria como mecanismo de control del lobo ni de su incidencia sobre el ganado doméstico, como vienen demostrando constantemente innumerables trabajos (⁸). Se trata de métodos que desestabilizan los grupos familiares y su comportamiento natural, que anulan la expansión de la población y la recolonización de sus antiguos territorios y que comprometen gravemente la viabilidad genética de la especie.
Finalmente, debemos llamar la atención de la sociedad sobre la responsabilidad moral que tienen todos aquellos biólogos, técnicos y agentes medioambientales con cuyo trabajo se sustentan estas decisiones que comprometen gravemente el estado de conservación del lobo en España.
Observatorio del Lobo-Área de Publicaciones
Abraham Prieto
José Antonio de la Fuente
Antonio Luengo
Andrés Alonso
REFERENCIAS
(1) SÁENZ DE BURUAGA M., CANALES F., CAMPOS M.A., NORIEGA A., MUÑOZ F. & NAVAMUEL N. (2015). Censo regional de lobo (Canis lupus) en Castilla y León. Consultora de Recursos Naturales, S.L. para censo nacional de lobo ibérico. Consejería de Fomento y Medio Ambiente de la Junta de Castilla y León y Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente (TRAGSATEC)
(2) FULLER, T.K. (1995). Guidelines for gray wolf management in the northern Great Lakes region. International Wolf Center, Technical Publication 271: 1-19.
(3) ECHEGARAY, J. (2014). Censos de lobos en España. Revista El Ecologista nº83.
(4) FERNÁNDEZ GIL, A. (2014). Osos y Lobos, comportamiento y conservación de los grandes carnívoros en la Cordillera Cantábrica. Calecha, 149 pp.
(5) PRIETO A., GONZÁLEZ V., BARRIOS L. &. PALACIOS F. (2019) Pack size effects on Iberian Wolf demographics. Informe en preparación.
(6) Falsos paraísos del lobo: Zamora (https://tercerainformacion.es/opinion/opinion/2017/07/25/los-falsos-paraisos-dellobo-zamora)
(7) Boletín Oficial de las Cortes de Castilla y León (BOCCL-09-017872, Número 286, de 12 de junio de 2017, PE/004845-03/9, páginas 35.178-35.185)
(8) QUEVEDO M., ECHEGARAY J., FERNÁNDEZ-GIL A., LEONARD J.A., NAVES J., ORDIZ A., REVILLA E. & VILÁ, C. (2018). Lethal management may hinder population recovery in Iberian wolves. Biodiversity and Conservation, 1-18.

sábado, 2 de noviembre de 2019

Regreso a la Montaña Palentina

Todos tenemos espacios o comarcas a las que queremos con un cariño especial. Más allá de su propio interés o belleza, entra en juego la propia percepción personal, aquello de la topofilia o amor por esos sitios. Personalmente, tengo reservado a la Montaña Palentina o Macizo de Fuentes Carrionas un pequeño lugar en el corazón. Fue una de las primeras zonas a las que me dirigí cuando pude empezar a hacer escapadas naturalistas por España, y me trae tanto el recuerdo de la aventura en solitario como el deseo de repetir el viaje siempre que puedo. En estas montañas vi mi primer lobo, tuve después con ellos encuentros cercanos y seguí por primera vez huellas de osos. En la Montaña Palentina vi también muchos rebecos, impresionantes rebaños de ciervos y tritones alpinos. He pasado muchas noches solitarias en chozos y refugios, frente a un cálido fuego de haya, roble y escoba. Me he perdido por enormes hayedos cuya belleza supera toda descripción y cuya alfombra dorada de hojas caídas me llegaba por las rodillas. He encontrado tejedas escondidas en valles oscuros y he subido a sus tremendas cumbres desnudas, parecidas a lejanas montañas asiáticas, en soleados días del otoño cantábrico.

Después de tres largos años sin encontrar el momento -o por tener otras prioridades- de escaparme de nuevo a la Montaña Palentina, al fin pude sacar un par de días para pasar en sus campos. Las jornadas fueron templadas y agradables. Me alojé en la Posada Fuentes Carrionas de Camasobres, un agradable hotel de montaña en la carretera de Potes, en el que podía quedarme con mi perro. Después de acomodarme conduje hasta el cercano mirador de Piedrasluengas, colgado sobre un enorme hayedo rojo. Al fondo, los Picos de Europa cerraban el horizonte como una gran muralla azul. Cené ligero. Al día siguiente tocaba madrugar.

Pasamos el primer día por montaña, en un recorrido por cuerdas y faldas con amplias vistas. Los hayedos que se extendían abajo, hacia los valles y los pueblos, estaban en su punto álgido. El camino que seguimos cruzaba algunos límites altitudinales de hayas, donde éstas aparecían muy mezcladas con mostajos (Sorbus aria), serbales (Surbus aucuparia) y olmos de montaña (Ulmus glabra). Encontré algunos maíllos (Malus sylvestris) que habían dejado el suelo sembrado de de manzanas, algo ácidas pero que se dejaban comer. Supongo que son del gusto de los osos, pero en el entorno de estos manzanos silvestres no encontré ninguna huella.






Ha sido uno de los viajes a la Montaña Palentina en que menos animales he podido ver. Apenas me encontré ciervos, no atisbé rebecos ni jabalíes, y los únicos depredadores que se dejaron ver fueron un par de zorros, ratoneros y el águila real. Un atardecer levanté un par de bandos de perdices pardillas, cuyo despegue es menos explosivo y más discreto que el de la perdiz roja. Por las noches, cuando sacaba al perro por la carretera de Camasobres antes de dormir, rescaté un par de ranas patilargas (Rana iberica) del asfalto y me lamenté por cuatro o cinco jóvenes Natrix astreptophora atropelladas en unos pocos metros. Cuando caía la tarde me acercaba a los regatos en busca de salamandras pero, como siempre me ha ocurrido con este animal, parecían rehuirme. 




El segundo día dejé la montaña y decidí pasar un día más tranquilo en los bosques. Escogí para ello el primer monte que visité cuando vine por primera vez a la Montaña Palentina hace varios años, al norte del Macizo. Salí de un pequeño pueblo y en poco más de media hora subía por un fantástico bosque mixto caducifolio (Fagus sylvatica, Quercus petraea, Betula pubescens, Sorbus spp., etc) a través de un carril sembrado de huellas y excrementos de lobo, llenos de pelo y huesos, con una densidad propia de manada reproductora y con un buen tamaño de grupo. Después de años dedicado al lobo y conociendo de antemano aquel monte, con el dedo sobre el mapa casi podía interpretar lo que hacían. Esos lobos no podrían haber escogido mejor lugar para asentarse, pues parece que en la zona no se puede cazar por la presencia del oso pardo. Pensando tanto en los lobos como en el tremendo silencio y belleza de aquel bosque, remontamos el solitario camino.




Uno de los ramales del sendero terminaba en una agradable cabaña, limpia, ordenada y bien mantenida, con su chimenea e incluso algo de menaje, eso sí, comido de porquería. Había estado en ella siete años atrás y me la encontré igual, como si allí no hubiera pasado el tiempo, como si algún poder mantuviera sin mácula aquel pequeño y privilegiado rincón del mundo. Alta en el monte, la caseta miraba hacia las alturas calizas al este de Fuentes Carrionas. Era mediodía, la jornada anterior habíamos tenido caminata de sobra y decidí terminar ahí el recorrido. Me apetecía, sencillamente, tumbarme al sol y leer. Descansaríamos sin prisas y, cuando me aburriera de la paz de aquel lugar, simplemente volveríamos a coger el camino y descenderíamos hasta el pueblo. 

Mi podenco mestizo agradeció el gesto pues, a pesar de su juventud, es un tipo tranquilo al que le encanta dormir y descansar tumbado al sol casi tanto como salir a andar. Preparé el almuerzo -pasta boloñesa con atún- en el interior del refugio y comí fuera, tumbado en el césped natural con la espalda apoyada en uno de los bancos, unos simples maderos tendidos en estado de pudrición, aunque secos. Las nubes corrían rápidas: cuando tapaban el sol tenía frío, y cuando se despejaba tenía calor. El silencio era misterioso, únicamente roto por la alharaca de las hojas cuando soplaba el viento. Después de la comida me hice un té y leí tranquilo Kursk 1943, La batalla decisiva, mientras el perro miraba curioso un par de lagartijas roqueras que se soleaban junto a nosotros. Es capaz de pasar horas quieto como una estatua mirando algo que se haya movido.



A media tarde, sin prisas y con total tranquilidad, retomé los caminos y volvimos hacia el pueblo punto de partida, haciendo un recorrido circular por aquel bosque de cuento que, pese a no ocupar más de mil setecientas hectáreas, me dio la impresión de que es uno de esos parajes que te puede llevar toda una vida llegar a conocer. La última noche nos alojamos en el Parador de Cervera como merecido descanso, pues pese al largo reposo en aquel refugio nos habíamos hecho casi cuarenta kilómetros de cuestas y montaña en aquellos dos placenteros y ya cortos días. Muchos pasos dados entre hayas y robles, entre faldas y picos calizos y sobre pueblos minúsculos, ahora confín de Castilla, que olían a humo de leña. Aquel regreso a la Montaña Palentina había colmado, como esperaba, todas mis expectativas demostrándome, como siempre hace la Naturaleza, lo bella que es la vida. Regalándome desinteresada una pequeña parte de la enorme cantidad de tesoros que todavía nos quedan.


jueves, 17 de octubre de 2019

Día de la Sierra de Guadalajara

Queridos amigos, este sábado 19 de octubre estaré firmando libros en el XII día de la Sierra de Guadalajara, que se celebrará en la localidad de Condemios de Arriba. Por la mañana estaré firmando libros en el puesto de la Asociación Cultural Serranía de Guadalajara, a quienes tengo que agradecer el apoyo.



jueves, 10 de octubre de 2019

El ecologismo es de buena educación

Como doctrina filosófica, el determinismo nos dice que todo fenómeno o acontecimiento está prefijado, determinado previamente. Que el azar no existe. Me pregunto si es aplicable al hombre, si cosas como la mala educación vienen determinadas por la formación cultural, por algún gen maligno o son una respuesta defensiva. Las personas somos seres complejos pero, al final, puedes detectar rápidamente lo que te espera en función de las primeras impresiones o de pequeñas actitudes involuntarias: el fijarse en cómo saluda una persona, cómo mira a su alrededor, cómo te escucha cuando hablas o cómo se dirige a los camareros dice mucho de ella. En realidad somos como un libro abierto. Y viéndolo así, llevo unos años observando cómo las personas que son opuestas al ecologismo, los negacionistas con el calentamiento global y aquellos siempre amigos de defender todo lo que sea agresivo con la naturaleza o los animales tienden a ser, como norma general, gente maleducada. No hablo de arquetipos como el cazador chulo, el malvado que no recicla ni nada de eso; desde luego, tampoco puede decirse que todos los vegetarianos o todos los que reciclan destaquen luego por su urbanidad y buena educación. Hay de todo pero, con los años, veo tendencias más que evidentes. En ese colectivo antieco negacionista hay prepotencia, suficiencia y chulería para dar y tomar. Mucha mala educación.

Demasiado a menudo me encuentro personas que me preguntan porqué apago la luz y los ordenadores cuando salgo de la oficina, que no entienden porqué he reducido mi consumo de carne al mínimo o porqué voy caminando a los sitios en lugar de ir en coche. Hoy en día, con el inmediato acceso a la información que tenemos y los constantes avisos sobre la crisis climática, me parecen cosas evidentes que hay que hacer, pero resulta que no lo son. No todos creen que hacer eso sean pequeñas buenas acciones que pueden hacer de este desgraciado planeta un mundo mejor, sino que son tonterías para crédulos. Creo que esas pequeñas cosas son simplemente gestos de buena educación, tanto para con mis conciudadanos como para con mi entorno. Gestos de urbanidad, equiparables a dar los buenos días o decirle por favor y gracias al camarero cuando te atiende. Por eso, cada vez que juzgan o preguntan para qué reciclo o porqué he reducido mi consumo de carne, ya siempre respondo lo mismo: es sólo una cuestión de buena educación.


miércoles, 25 de septiembre de 2019

Querer a los perros

Hace un rato, estaban comentando en la radio los resultados de un estudio sobre la relación entre dueños y animales de compañía. Entre otros detalles, hablaban de que más de la mitad de los encuestados españoles manifiesta preferir a sus mascotas frente a las personas. También enumeran algunas cosas, tal vez excesivas, que los dueños hacen o estarían dispuestos a hacer por sus animales. Cada vez que salen publicaciones de este tipo, de modesta polémica humanista subyacente y tendente a generar valoraciones personales, atiendo más a los comentarios que generan antes que a los resultados del estudio en sí. Porque hay gente a la que no le gustan los perros; me provoca cierta curiosidad conocer las opiniones sobre los perros que tienen las personas que no tienen ni han tenido uno. Hay por ahí mucho sabihondo que mira por encima del hombro a los que tienen sensibilidades de las que ellos carecen, lo que es un rasgo humano a tener en cuenta. Esta vez, cuando han explicado lo de la encuesta en la radio, la pareja de periodistas ha suspirado sonoramente, supongo que negando con la cabeza, dando a entender que estamos locos, que en qué estaremos pensando anteponiendo a los animales a las personas, que algunos se están volviendo idiotas con los puñeteros chuchos. 

Creo que el fondo del asunto no trata sobre los perros en sí, sino sobre las personas. Ni el uso de razón ni el hecho de andar sobre dos patas nos hacen ser mejores. En cambio, los perros carecen de todas esas faltas humanas que hacen de muchos de nosotros seres sencillamente despreciables. Ellos no conocen el rencor. No saben lo que es la envidia, no saben qué es eso de despreciar a otro porque le vayan bien las cosas o sea bueno en algo. Tampoco hablan mal de nadie a sus espaldas. Los perros no saben lo que es ser un trepa, un traidor, un falso, un acomplejado, un hipócrita, un engreído, un tacaño, un resentido, un egoísta ni un advenedizo. No son nada de eso, no pueden serlo. Nunca te vas a encontrar en un perro ninguna de esas características tan propias del género humano. Ninguna de esas detestables formas de ser que hay que soportar por ahí todos los días. En los perros encuentras nobleza, hallas una bondad sincera y sencilla. Por eso, muchos preferimos sin dudar a nuestros perros antes que la mayoría de las personas. Por supuesto que sí.

En memoria de Baker. Marzo 2002- junio 2019.


lunes, 19 de agosto de 2019

Botas de montaña

Ando leyendo Leñador, de Mike Wilson, libro de la colección "Libros salvajes" de Errata Naturae, muy apreciada editorial de todo naturalista lector que se considere como tal. Leñador no es una novela, sino una especie de recopilación documental, enciclopédica y minuciosa, sobre cualquier cosa que a uno se le ocurra que pudo haber o suceder en un campamento de leñadores en el Yukón a mediados del siglo pasado: empezando por la descripción del hacha, el tronzador y otras herramientas propias del oficio, se detalla desde la fauna y la flora hasta los diferentes tipos de nubes, las constelaciones o el ajedrez, pasando por cómo preparaban los leñadores la pasta de dientes, las letrinas, el jabón o el sucedáneo de Guinness que bebían todas las noches después de la faena. Más que un libro al uso, Leñador es un instrumento de cultura general, conocimiento, curiosidades y aprendizaje. 

Acabo de leer hace un rato un pasaje que me ha recordado cierta curiosidad que hace tiempo quería escribir aquí y terminé olvidando. El pasaje en cuestión se llama Botas y evidentemente nos describe la importancia y utilidad de las buenas botas de montaña de los leñadores. En un punto dice "la mayoría de las botas que se utilizan en el campamento son de fabricación local y tienen una vida útil de tres meses". Más adelante reincide "... debido a la naturaleza de la labor, a pesar de un muy buen cuidado diseño del calzado, las botas no suelen durar en condiciones adecuadas más de tres meses, y se recomienda por tanto su reemplazo periódico"; concluye diciendo que "He perdido la cuenta de cuántos pares he calzado desde mi llegada".

Yo no cambio las botas de campo cada tres meses, pero han sido raras las que me han llegado incólumes al año y medio de vida. He tenido varias Chiruca, Lowa, Bestard y Quechua, entre otras. En ninguna de ellas el gore-tex del interior ha mantenido la impermeabilidad más de unas pocas salidas al campo y todas terminan calando más o menos, sin poderte fiar de ellas en invierno. A algunas se les termina separando poco a poco la suela desde la puntera, y hay que cambiarlas entonces para que no arrastren al resto de la suela justo cuando estás en el quinto pino. No he encontrado diferencia alguna entre las famosas suelas Vibram y una suela sin apellido pero bien diseñada. Al final creo que, como en todo, hay mucha marquitis e invento gratuito.

Pero a lo que iba. Decía que un par de buenas botas me vienen durando alrededor de un año o año y medio, bastante más que a los leñadores cincuenteros del Yukón. Yo no vivo en el Yukón, claro, aunque tengo el privilegio de pasar muchos días al año en el monte y hago cientos de kilómetros por terrenos ásperos y difíciles. Hace un tiempo, curioseando por internet recomendaciones de botas, llegué a un foro de montañeros en el que estaban llevando a cabo una brutal campaña de desprestigio contra la compañía Chiruca: indignados, mostraban reportajes fotográficos en los cuales sus botas, normalmente con siete, ocho o hasta diez años de uso según contaban, se rompían, se descomponía la suela, les pasaba esto o lo otro. Me hizo cierta gracia. En internet la gente puede ser muy fiera y algunos lo eran. Ojalá hubiera encontrado yo alguna vez unas botas de monte que me duraran siete años para poder quejarme y reclamar.

La verdad es que no sé muy bien cómo concluir este artículo. Simplemente, me pareció curioso aquello de que a los pobres chicos las botas les duraran sólo siete u ocho años. Curioso y digno de comentar. Que a mi me duren las botas tan poco tiempo me parece, en cambio, algo bueno. Me dice que paso mucho tiempo en el monte y que, por tanto, algo estoy haciendo bien en esta vida.

sábado, 3 de agosto de 2019

Aventureros

Acabo de leer que una mujer ha muerto en Alaska mientras intentaba llegar, junto a su marido, al famoso autobús en que murió Chris McCandless en Stampede trail. Una desgracia que allí no es la primera ni será la última. Debe existir cierto peregrinaje hasta el triste lugar en que murió aquel curioso joven, de espíritu romántico, sí, pero que también era ingenuo e imprudente, sin mucha idea de lo que hacía ni de lo que es Alaska, y que creo que no debería ser un ejemplo vital para nadie por muy evocadores que sean el libro y la película que han ilustrado su vida. Yo he estado dos veces en Alaska y sé de buena mano que no es ni de lejos el lugar más apropiado para irte a vivir al monte tú solo. Los lugareños llaman the bush a todo aquello que está más allá de los pueblos y carreteras, y ese bush, que nace al borde mismo de las casas, sigue siendo hoy una inmensidad de naturaleza salvaje, sombría, incómoda e inclemente. Aunque sea políticamente incorrecto dejar al desnudo la verdaderas inquietudes del hombre moderno, me temo que lo que mueve a la gente a cometer estas y otras imprudencias no es otra cosa que hacerse la foto de marras y colgarla en su red social. Y ese autobús lo conoce cualquier instagramer que se precie, a pesar de su remota ubicación. Personalmente, no veo en peregrinar al autobús de McCandless ningún espíritu de aventura, como tampoco lo veo en subir al Everest haciendo una cola que ya quisiera Doña Manolita o en viajar por el mundo sin dinero ni dónde caerte muerto; tampoco veo aventura en alojarse con una tribu que, mientras los de un turno bailan vestidos con sus pieles y abalorios ancestrales, los del siguiente turno están viendo la tele en la cabaña de al lado.

Creo que todos sabemos que el entronque del individuo moderno con el paisaje y el paisanaje se ha perdido ya irremisiblemente. No hablo únicamente de la desaparición de las culturas rurales tradicionales, cosa que podemos ver en nuestra España Vacía sin necesidad de viajar mucho, sino de la propia integración del hombre en el entorno natural: hoy en día el delicado hombre del primer mundo es algo totalmente ajeno a todo lo que esté fuera de su acomodaticio entorno urbano. Y eso se nota. Aquellos aventureros pioneros de siglos pasados, desastrados, fieros, barbudos, fueron algo fascinante que la humanidad ya nunca volverá a ver: hablo de los Conquistadores, de los pioneros del Oeste o de los exploradores de África. Llevaban consigo bien ambición, bien afán evangelizador, simples ansias de aventura o verdadera inquietud descubridora: todos eran diferentes, pero si tenían algo en común es que todos ellos eran auténticos. Los llamados aventureros de hoy en día, televisivos o anónimos, no son algo auténtico sino artificial, que no llegan a la suela del zapato a los tipos duros de antes. Dicen que el concepto de "aventura" murió definitivamente cuando comenzó aquella estúpida carrera por llegar a los Polos, degenerando hasta el momento actual, superficial e innecesario, en que parece que tener interés por ese the bush de que hablábamos pasa por hacer mamarrachadas con ropa cara y muy técnica y arriesgar la vida inútilmente. Uno ve fotografías de lo que hacen ahora los llamados aventureros en la Naturaleza y se convence, irremisiblemente, de que los humanos no somos más que una tropa de monos aburridos que se reproduce demasiado rápido.