sábado, 6 de julio de 2019

Atados en corto

Creemos que cada uno hace con su vida lo que quiere. Estamos convencidos de que tenemos plena capacidad de obrar, libertad de elección y decisión, de escoger qué camino nos conviene más ante cualquier encrucijada que nos presente la vida. La suficiencia a que nos induce nuestro actual contexto cultural (inmediatez, egolatría, selfies) nos hace autoconvencernos aún más de ello. Sin embargo, pienso que no es así. En realidad nos la meten doblada. Nuestra cultura arrastra muchas rémoras familiares, grupales y sociales diseñadas para que el hombre no sea libre: no en el sentido de elegir tomar el café solo o cortado, de escoger una profesión o de comprarse tal o cual coche, sino de privar a las personas de la capacidad de desarrollarse como individuos, de evolucionar y encontrarse a sí mismos, de ser personas plenas. A este respecto, personalmente me ha influido mucho el pasar tiempo en la Naturaleza. Ha sido algo fundamental en mi desarrollo personal. En ella he aprendido a estar solo y a encontrar placer en ello, a disfrutar de la soledad como libertad y a trasladar esa autonomía montaraz a la vida diaria: saber levantarte por la mañana y afrontar el día como te plazca, tener sólo tus problemas. Con sus ventajas e inconvenientes. Hacer lo que te da la gana, eso sí que no tiene precio. 

Estoy escribiendo un artículo de mal gusto, que no va a gustar a nadie, y que hoy debe ser casi ilegal. Soy consciente de ello. Pero tengo un runrún desde hace tiempo y le voy a dar salida en este espacio de desahogo. Veamos: dentro de esa privación de desarrollo individual de que hemos hablado, llevo años observando cómo muchas novias y mujeres coartan hasta extremos casi cómicos la libertad y la autonomía de sus pusilánimes parejas masculinas. Conozco decenas de casos. Conozco también relaciones sanas, por supuesto. Hablo, claro, de ese amigo que empieza una relación y al que automáticamente pierdes. Ese que reduce su existencia al mundo de su mujer, a lo que ordena y manda su mujer. 24/7, como se dice ahora. Ese que tiene que pedir permiso con semanas de antelación para echar unas cervezas con los amigos, y que tiene una escapada de fin de semana directamente prohibida. No me vale la excusa de los hijos, porque cuando teníais cero hijos y ni siquiera vivíais juntos tampoco te dejaba salir, capullo. 24/7, digo. ¿No puede estar sola unas horas? ¿Le da miedo la oscuridad? ¿O que venga el hombre del saco? Adultos hechos y derechos a los que una cuerpobotijo amarra como con una correa. Y ellos se dejan, dóciles como el perro al que atan en corto a la puerta de una finca y que encima está convencido de que hace algo útil, que ese es su papel, ley de vida. Desconozco qué argucias o subterfugios utilizan ellas, porque tarde o temprano ellos mismos siempre te reconocen que no follan desde ni se sabe. 

No pretendo transmitir misoginia, Dios me libre, ni hacer un alegato de la soltería, pese a ser un recalcitrante y feliz soltero. Entiendo que la gente no quiera estar sola, pero de ahí a perder tu individualidad media un trecho: alguien libre no tiene que pedir permiso ni sentirse culpable por hacer algo sin su pareja. Puede que esa sea la argucia: hacer sentirse culpable al otro. Todavía no sé si esta realidad me parece injusta o algo útil para revelar idiotas y falsos amigos. Lo que sí sé es que es antinatural, una privación de derechos, una forma de alienación peor que la sociedad de consumo o los teléfonos móviles. Es una rescisión del individuo: no vivir tu vida, sino convertirte en una herramienta de la vida que otra persona quiere tener, en un electrodoméstico. Las relaciones humanas no deberían funcionar así. El amor no es eso. Una amiga que piensa como yo, y que siempre me reconoce que lo que casi todas sus amigas quieren es llegar a casa y tener un tío ahí, sea el que sea, me lo justifica diciendo que, a la postre, la gente asume lo que le cae y hace su vida. Seguramente tenga razón, porque complacerte en perder tu libertad debe tener un fundamento biológico, algo así como un mecanismo de defensa, un síndrome de Estocolmo. Bueno, allá cada cual. Sigo prefiriendo no tener que pedir permiso para ir a tomar una cerveza, aunque tenga que ir a tomármela solo.


jueves, 27 de junio de 2019

Focas en Hvammstangi

Apenas 13 kilómetros al norte de la ring road que rodea Islandia se encuentra la localidad de Hvammstangi, en la península de Vatnsnes. Conduje hasta allí una tarde para coger, a la mañana siguiente, un pequeño barco dedicado al avistamiento de focas. En realidad era mi segundo intento para realizar la actividad, ya que en el primer viaje que hice a la isla el barco no pudo salir debido a lo picado del mar. Después de registrarme en el campamento y de darme una ducha en la piscina pública del pueblo, pensé que tal vez sería buena idea intentar por mí mismo ver las focas, por si acaso. La tarde estaba muy avanzada y entendía que no sería mala hora para escudriñar las orillas.

Desde el propio Hvammstangi parte hacia el norte la carretera de grava 711, que rodea toda la modesta península. Hice una cena rápida, tomé café y arranqué la furgoneta, asumiendo las cuatro horas de viaje que requeriría la pequeña escapada. En el asiento del copiloto descansaban los prismáticos y la cámara de fotos. Pudiera parecer que emprendía una sencilla vuelta en coche buscando focas, pero para mí era una experiencia naturalista, la búsqueda por tus propios medios y en un país extranjero de un animal que en tu tierra no vas a encontrar. 

Un velo de nubes plomizas cubría el cielo y el viento agitaba las hierbas ralas que significan allí casi toda la vegetación. Al poco pasé junto a un curioso corral para caballerías, cuya belleza quedaba acentuada por estar levantado justo a la orilla del mar. Más adelante, y durante aquella noche por toda la desolada península, pude ver un montón de caballos islandeses, bajos y robustos, adaptados a los fríos, bellos como pocos. Una península baja y desértica azotada por los vientos, un mar frío, focas en el agua y caballos por los prados, eran una conjugación fantástica que tenía algo de exotismo, de cuento antiguo. 






De cuando en cuando paraba el coche y buscaba con los binoculares, sin suerte, la silueta de las focas en las rocas negras, que desde tierra formaban pequeños islotes y rocallas cerca de las orillas. Tenía más éxito observando charranes árticos, pero estaba ya harto de verlos. No llegó a la hora de viaje cuando desde la carretera de grava, tras una valla cerrada, partía un sendero herboso en dirección a una playa. Al fondo se destacaban esas formaciones rocosas que me parecían propicias para las focas. Estacioné y tomé el camino. Hacía mucho frío y el viento me adormecía las manos.

Allí, descansando en el islote, estaban las focas. Parecían un puñado de sacos hinchados y grasientos que la corriente hubiera llevado hasta allí. Disfruté de su laconismo con los prismáticos y después, agachado y apoyando el teleobjetivo en las rocas, como un tirador haría con su rifle, les hice unas cuantas fotos. Volviendo la cabeza veía un montón de correlimos entre las algas de deriva que llegaban a la playa y una aguja colipinta que se señoreaba entre ellos. Pero lo que me llamaba la atención eran las focas. Una de ellas pasó nadando apenas a dos metros de mí, jugó con otra que emergió del fondo y después desaparecieron. Después del esperable fracaso que me iba a suponer el ver zorros árticos, poder observar a placer uno de los pocos mamíferos salvajes que pueden encontrarse en Islandia bien mereció aquella escapada.





A la mañana siguiente conduje hasta el puerto de Hvammstangi. El barco que por segunda vez intentaba tomar, el Brimill, descansaba en su embarcadero. Era una escena tranquila, un turismo local y sostenible, no masificado. El mar estaba tranquilo y nada parecía impedir que en aquella ocasión pudiera subir a bordo para ver las focas de cerca. Entré en el museo de la localidad, que gestiona los billetes. La chica que lo atendía distinguió mi acento español porque había estado de vacaciones en Málaga. Me dejó visitar gratis el museo de las focas -coqueto y delicioso, como todos los museos locales que hay desperdigados por Islandia- y me dijo que de momento era el único para tomar el barco. Se requería un mínimo de dos personas para poder fletarlo.

Esperé fuera, mirando el mar y observando los éideres y archibebes que rondaban en la orilla. Estuve un rato charlando con el patrón del barco y guía de las expediciones, un islandés rubio y barbudo que fumaba sin cesar, mientras esperábamos que llegara algún otro turista. Algunos llegaban al museo y se marchaban sin más. A las diez, hora de salida, aquel vikingo me dijo que únicamente conmigo no podía salir. Asentí de la manera más elegante que pude y me despedí. Al menos, la noche antes había podido observar las focas por mis propios medios. Por segunda vez en tres años, me quedé con las ganas de tomar el Brimill. A veces viajar solo tiene sus inconvenientes.


jueves, 20 de junio de 2019

Látrabjarg cliffs

El ferry de Stykkishólmur cruzaba el gran fiordo de Breidafjördur con el ritmo pesado pero constante de este tipo de embarcaciones. A medio camino, un puñado de ornitólogos aficionados bajó en la isla de Flátey, con sus trípodes, telescopios y teleobjetivos al hombro. Me pregunté si habría alguna especie de ave en particular que mereciera la pena el detenerse durante varias horas en aquella isla inclemente azotada por el viento. Yo leía La España vacía en uno de los salones comunes mientras tomaba café. Incluso dentro del barco tenía el abrigo y la braga puestos, ya que de cuando en cuando salía a cubierta a ver el mar y los frailecillos que volaban a ras del agua. 

El ferry reanudó su viaje y poco más de una hora después llegó a Brjánslaekur, un desembarcadero en medio de ninguna parte. Había tomado el ferry para llegar rápido a los Fiordos del Oeste, la extensión de tierra que se extiende como una garra al noroeste de Islandia y que es probablemente su región costera más solitaria e inhóspita. Saqué la furgoneta del barco y comencé el camino de cuatro horas hasta los acantilados de Látrabjarg.

Los acantilados

Látrabjarg es una de las mecas de observación de aves marinas de Europa y tal vez sea la mayor colonia de álcidos del planeta. Tiene una zona de acceso que coincide con el punto más occidental de Islandia, todo un finis terrae, desde el cual ya se pueden observar casi todas las especies que habitan los acantilados (alcas, araos, frailecillos, tridáctilas, etc.) y las colonias de miles de ejemplares: sin embargo, el acantilado se extiende más de cuatro kilómetros hacia el interior del fiordo. Es imposible precisar el tamaño que pueden alcanzar las colonias de aves marinas, que exigen localizaciones tan particulares y que son por ello difíciles de observar.

Visualmente, Látrabjarg es todo un espectáculo en sí mismo, dado que desde el sendero herboso que bordea el vacío, los acantilados caen al menos doscientos metros a pico hasta el mar, un océano que cambia entre el índigo y el acero según se les antoje al sol y las nubes y que se extiende como un manto sin fin hacia Groenlandia y Canadá, que no pueden verse en la distancia. El espectáculo del sol de medianoche rozando el mar en este fin del mundo es sin duda una de las escenas más increíbles que he podido presenciar, uno de esos momentos donde uno no puede evitar reflexionar sobre muchas cosas.



Los habitantes

Después del agotador viaje por carreteras de tierra y grava, subiendo y bajando fiordos, sin compañía ni radio, llegué a los acantilados. Conocía el lugar ya que lo había visitado hacía tres años; sin embargo, entonces las condiciones climáticas fueron mejores para disfrutar del paisaje y las aves, ya que no había viento, el sol templaba el ambiente y los pájaros estaban muy activos. Esta segunda visita estaba nublado y soplaba un viento terrible que incluso me hacía perder el equilibrio. Pude observar un par de frailecillos en el primer cortado y comencé a subir para ver las colonias de alcas y araos. Las aves negras se agrupaban en larguísimos racimos, como insectos apiñados. Malas voladoras, estas aves marinas se sienten cómodas con los cortos trayectos de planeo bajando desde los cortados hasta el mar y con explosivos despegues en sentido contrario.




El alca (Alca torda) tiene en Islandia el 70% de su población mundial. Aves netamente piscívoras al igual que araos y frailecillos, anidan en las oquedades y túneles de los acantilados. Compartiendo esa romántica característica de muchas especies de pájaros, las parejas de alcas permanecen separadas durante el invierno para reencontrarse en la época de reproducción al regresar a sus lugares de cría. De los araos (Uria aalge), aves de características similares, hay que decir que recientemente se han extinguido como nidificantes en España, significando la catástrofe del Prestige el remate final a las tres últimas parejas reproductoras. Desde entonces sólo existe en Iberia como invernante.


Alca común (Alca torda)
Arao común (Uria aalge)
Pese a la espectacularidad de las colonias de alcas y araos, el verdadero protagonista de este remoto lugar es el frailecillo (Fratercula artica). Si bien nos pudiera parecer un ave torpe, incluso desvalida, por el aspecto entrañable que ofrecen su rechonchez y la lucida coloración de su pico durante el verano, lo cierto es que el puffin es uno de los animales más resistentes que existen. Poca gente sabe que pasan todo el invierno mar adentro sin tocar tierra, meciéndose como una nuez en las crudas aguas del Ártico, alimentándose de sardinas, capelán y lanzón, soportando las condiciones meteorológicas más extremas. ¿Quién podría imaginar semejante resistencia en este ave desmañada, apenas mayor que una paloma torcaz? Las apariencias engañan.



Pese a lo maravilloso de la experiencia de fotografía y observación de aves marinas, el viento obligó a bajar. Llevo muchos años saliendo al campo, en muchas ocasiones por las ásperas y ventosas tierras de la Sierra de Pela y la comarca de Molina, lugares que, aunque suene a localismo trasnochado, poco tienen que envidiar en cuanto a viento y frío a Islandia. La persona que más protegida contra el viento y el frío que me he encontrado nunca en ninguna parte del mundo fue Pedro, el pastor de Peralejo de los Escuderos, en lo más inhóspito de Pela, entre Soria y Guadalajara. Sin embargo, aquel día en Látrabjarg era demasiado: literalmente el fin de Europa, estaba siendo azotado por un terrible viento cortante que llegaba del océano. Tenía las manos dormidas y heladas a causa del frío, que sorteaba todas las capas de ropa que llevaba. Decidí bajar al coche y comer algo caliente: preparé, con muchas dificultades debido al viento que me apagaba el hornillo, unos fusilli con atún y tomate. El tiempo que tardó en hervir el agua y cocerse la pasta se me hizo eterno. De aquel día me traje una bonita quemadura de frío y viento en la nariz. Recuerdo del lejano norte.




Comí arrebujado en el asiento, casi como un proscrito, observando cómo a pocos metros un ostrero (Haematopus ostralegus) incubaba imperturbable en su nido. Impasible ante el viento. Se encontraba en medio de un descampado "habilitado" como camping de día y alguien había tenido la buena idea de rodear el nido -los huevos depositados tal cual en el suelo- con piedras para protegerlo. A la pareja de ostreros aquella ñapa no parecía importarle en absoluto y, por lo demás, no se podrá dudar del civismo de los islandeses ni de los viajeros que se acercan a este tipo de lugares.

La primera subida a los acantilados la hice sobre las cuatro de la tarde, mala hora, y apenas vi cuatro o cinco frailecillos. Después de la reconfortante comida, preparé té y seguí leyendo el libro por donde lo había dejado en el ferry, por la mañana. El viento azotaba la furgoneta y se colaba por las rendijas, por lo que tuve que encender la calefacción estacionaria. Hice tiempo y esperé hasta las ocho de la tarde para volver a subir a los cortados, pues sabía que al acercarse la noche, esa noche estival sin oscuridad del lejano norte, los frailecillos que se encontraban pescando en la mar empezarían a volver. Así fue, y en aquella segunda visita pude hacer muy buenas observaciones.



Abandoné Látrabjarg y conduje unos veinte minutos hacia la ensenada de Bréidavik, donde se encuentra el único campamento de la zona. Al entrar en el edificio para registrarme, cálido y envuelto en una luz agradable, noté que olía a sopa y a pan. Era todo un refugio: adoro esa sensación de entrar en casas abrigadas perdidas en medio de ninguna parte, después de pasar una jornada inclemente, donde realmente valoras esas cosas que tenemos todos los días y que nos parecen insignificantes, como una taza de café, un sillón, una habitación caldeada o una ducha caliente.

Después de asearme, salí del edificio y preparé la furgoneta para pasar la noche. Varias agachadizas y zarapitos trinadores rondaban en torno, husmeando por el césped y carrizales en torno al espacio de acampada. Bréidavik es un paraje increíble, tranquilo, remoto y encantador, que tiene incluso con su pequeña iglesia nórdica presidiendo el conjunto. Cerré la puerta corredera, que hizo un ruido como de succión. Fuera, sometidos al viento inmisericorde de aquellos primeros días de junio, quedaban los acantilados de Látrabjarg y su fantástico entorno. Supe que tarde o temprano volvería.


martes, 11 de junio de 2019

Aves por Islandia

Fulmar (Fulmarus glacialis)
Como muchos otros, crecí como naturalista acunado -o acunando- por el libro guía Aves de Europa con el Norte de África y Próximo Oriente, de Lars Jonsson (Omega), obra de referencia y libro de cabecera de todo amante de las aves que se precie. Dicha guía incluye casi setecientas especies de aves del ámbito europeo, acompañadas de una detallada descripción de su distribución geográfica, comportamiento, cantos y cualquier particularidad que las caracterice. Recuerdo que de niño repasaba una y otra vez sus casi tres mil ilustraciones, fantaseando sobre cómo serían realmente esas especies aladas en la realidad, dado que entonces el acceso a la red no existía. Entre todas las aves, me llamaban especialmente la atención las especies más septentrionales, aves marinas, limícolas y anátidas boreales, que me parecían a la vez tan remotas como atractivas: alcas, araos, vuelvepiedras, eíderes, colimbos...

Hace tres años viajé a Islandia y pude cumplir aquellos sueños de niño al ver en directo a esos colimbos, págalos y frailecillos que tan exóticos y fantásticos me resultaban. Sin nada de birdwatching colectivo, hides ni viajes preparados, simplemente dedicado a vagabundear en furgoneta por toda la isla, los avistamientos de una infinita variedad de aves marítimas y boreales fue tal vez lo más emocionante de aquel viaje al norte volcánico.

He podido regresar a Islandia en un segundo viaje dedicado en exclusiva al norte de la isla, de la península de Snaefellsnes a Húsavik. Apenas una semana de junio, de bastante frío y muchísimo viento, de muchos kilómetros solitarios en furgoneta y poco descanso. Además del placer de viajar, como era de esperar los plumíferos no me han decepcionado, encontrando un montón de especies nuevas.

El muy abundante zorzal alirrojo (Turdus iliacus)
Limícolas de costa e interior

Islandia está plagada de pequeñas zancudas, aves limícolas como zarapitos, archibebes o falaropos. Prácticamente en cualquier lugar, excepto en los áridos campos de lava, pueden observarse limícolas a cualquier hora del día, tanto en el campo como entre las calles de los pueblos. Casi puede decirse que forman parte de la estética del país, de las costas, puertos, playas y prados. La primera vez que escuché en este segundo viaje el fantasmal canto de vuelo del zarapito trinador (Numenius phaeopus) se me puso la piel de gallina, ya que su sonido era el recuerdo más intenso y evocador que recordaba de mi primer viaje:


Invernante en España, en la isla es fácil observar a la agachadiza común (Gallinago gallinago). Éste ejemplar en particular formaba parte de una pequeña colonia en prado costero en la zona de Bréidavik, en los Fiordos del Oeste:


Dentro de la familia de las agujas destaca por su belleza la aguja colipinta (Limosa lapponica). Este bonito macho estaba anillado.


Entre las limícolas más comunes se encuentran el inconfundible ostrero (Haematopus ostralegus) y el archibebe común (Tringa totanus), habituales en pueblos y puertos. Se trata también de dos de las especies de aves más confiadas de la isla, supongo que debido a los siglos de convivencia pacífica con los hombres, dado que la práctica totalidad de los asentamientos en Islandia son costeros.



Cuando uno se sienta en cualquier playa islandesa a descansar o contemplar el mar, repara enseguida en el movimiento constante de pequeñas formas redondas entre las piedras. Se trata de los coquetos correlimos, principalmente correlimos común (Calidris alpina), de bonitas tonalidades doradas, y correlimos oscuro (Calidris maritima), este último indistinguible de las rocas volcánicas húmedas si queda quieto en la orilla:



Dentro de esta categoría voy a considerar a otra especie muy abundante en Islandia, observable tanto en las regiones más remotas como entre las mismas calles de Reykiavík o Akureyri, el chorlito dorado (Pluvialis apricaria). Esta especie está considerada como de "buen agüero", ya que su llegada anuncia la llegada de la primavera.


Anátidas

Las anátidas (patos, zampullines, cisnes, ánades) son tal vez la otra gran familia de aves más común de la isla, igualmente fáciles de observar. La especie más abundante, con gran diferencia, es el eider (Somateria mollisima), gran pato marítimo de exótico aspecto, como todos con un dimorfismo sexual muy marcado. Suelen verse en grupos de diez a veinte ejemplares:




En unas lagunas someras pegadas a una carretera avisté un hermoso ejemplar de tarro blanco (Tadorna tadorna). El bulto rojo del pico indica que se trata de un macho. Parece ser que la observación fue toda una rareza, ya que esta especie es una colonizadora muy reciente de Islandia y ni siquiera aparece en la mayoría de mapas de distribución que he consultado:


El ave de mayor tamaño de Islandia es el cisne cantor (Cygnus cygnus), que alcanza los 160 cm de largo y los 240 cm de envergadura. Podría pensarse que carece de enemigos naturales, pero se dice que dos o tres págalos grandes actuando juntos pueden derribar cisnes. Pese a la familiaridad cultural que podemos tener con los cisnes, lo cierto es que el cisne cantor desprende un gran primitivismo, un aspecto ancestral, primigenio, cuando se le ve en remotos paisajes:



Había leído sobre las maravillas del entorno del lago Myvatn, el "lago de los mosquitos", una región volcánica inundada y de intensa actividad geotérmica. En mi anterior viaje había estado de paso y esta vez le di un par de vueltas. No había mosquitos, el entorno no era para tanto y tampoco era excesiva la abundancia de anátidas, pese a que se trata de una especie de meca para ellas. A pesar de ello, tuve suerte y pude observar puntualmente algunas rarezas, sin grandes acumulaciones. De entrada encontré un par de ariscas parejas del elegante porrón islándico (Bucephala islandica), cuyos machos parecen haberse puesto un esmoquin; especie más presente en Norteamérica que en Islandia, a pesar de su nombre:


Mucho más abundante que el islándico era el porrón moñudo (Aythia fuligula), invernante en la Península Ibérica, cuyo macho presenta una característica cresta caída. Esta pareja se dejaba llevar en las orillas del lago Myvatn en busca de plantas acuáticas y pequeños animalillos:


Otra pequeña rareza, el ánade silbón (Anas penelope), pato de dieta vegetal, que al primer vistazo los mesetarios podemos identificar como pato colorado, pero del cual se diferencia fácilmente si reparamos en la frente amarilla que ostenta el macho:


Por la tarde, detuve la furgoneta en un carril, con el maletero dando a una pequeña laguna rodeada de carrizos. La luz de la tarde doraba las espadañas y volvía índigo el azul del agua. Desplegué la pequeña cocina y calenté unas tostas de pan con rosbif, pepinillos y mostaza. Mientras comía y se calentaba el café, aterrizó en la laguna una pareja de serretas medianas (Mergus serrator), bellas aves pescadoras, que deambularon por la laguna sin prestarme ninguna atención. Cuando se marcharon, lo hicieron con su característico reclamo de despegue, un característico "ajrrc, ajrrc, ajrrc":


En una laguna cercana descubrí la presencia de otra especie que no había visto nunca -nada raro dada su distribución, muy septentrional-; era el muy nervioso zampullín cuellirrojo (Podiceps auritus), con su característica cabeza flamígera. Sólo avisté cuatro ejemplares en toda una tarde en el lago. Las largas cejas amarillas le dan cierto aspecto oriental, un aire que comparte con su pariente el somormujo lavanco:


En los acantilados

Como en mi viaje anterior, no pude evitar acercarme -acercarse es un decir- a los acantilados de Látrabjarg, un lugar impresionante que en su día me impresionó profundamente; paraje bien conocido por todo ornitólogo aficionado que viaje a Islandia y que sin duda motiva por sí mismo muchos viajes hasta allí, únicamente para poder ver de cerca frailecillos y otros álcidos. Esta vez el tiempo no acompañó, ya que estaba nublado y soplaba un viento insoportable. Aun así, en dos aproximaciones pude observar a placer varias de las especies que allí habitan. Sobre los puffins, abundan mucho más las alcas (Alca torda) y los araos (Uria aalge). Dicen que Látrabjarg es una de las mayores colonias de aves marinas del mundo. De hecho, más allá de la corta sección del acantilado que se puede visitar normalmente, y en la que ya se pueden observar colonias de miles de ejemplares, el farallón se extiende varios kilómetros:



Aunque alcas y araos forman colonias espectaculares que merecen de por sí la visita, sin duda la estrella de estos acantilados es el frailecillo (Fratercula artica, "el hermano del ártico"), puffin en inglés y lundi en islandés. A mucha gente que no los ha visto les resulta extraño saber que su tamaño es poco mayor que el de una paloma torcaz. Es durante el verano cuando muestra su estampa más conocida, con las placas del pico muy coloridas, propias de la estación de cría:


En Látrabjarg pueden observarse también proceláridos como el fulmar (Fulmarus glacialis), ave muy distinta de las gaviotas que tiene una característica "trompeta" sobre el pico, así como láridos poco habituales, como la gaviota tridáctila (Rissa tridactyla):



Una conclusión boreal

Pese a ser geógrafo, para mí Islandia es la "Isla de las aves", más que un sobrecogedor escenario vivo de geomorfología y vulcanismo. Tener además la oportunidad de viajar a este país dos veces, poder repetir experiencias y vivir otras nuevas, es un gran privilegio por el que, tanto como viajero como naturalista, me siento muy agradecido.

Como colofón a este pequeño reportaje, no puedo hacer otra cosa que colgar la fotografía de una de las aves que más ilusión me hizo observar: la perdiz nival (Lagopus mutus). Serían más de las once de la noche, el animal estaba muy tranquilo, bastante cerca, casi posando para mí bajo la luz inigualable del sol de medianoche. El macho de esta especie tiene hasta cuatro cambios de plumaje anuales; en la imagen se ve el típico plumaje críptico de primavera y otoño, que trata de imitar el dibujo que hace la nieve escasa entre la vegetación y que me parece verdaderamente prodigioso, una maravilla de la evolución. ¿Cómo viajar y no prestar atención ante estas asombrosas escenas de la naturaleza?


**Todas las fotos de este reportaje, como todas las de esta página desde sus inicios, han sido tomadas a animales en libertad según los he ido encontrando, al paso y a mano alzada, sin condiciones controladas, hides, cebos, ejemplares habituados o guías.**