domingo, 28 de junio de 2020

Un San Juan en Camasobres

Llegué a la posada cuando ya estaba cayendo la tarde, amenazando tormenta, después de haber pasado todo el día caminando por la montaña palentina. Al entrar en la casona, David, el dueño, me dijo que iban a celebrar una pequeña barbacoa por San Juan y que los alojados en la posada estábamos invitados: sería una reunión de unos pocos, dadas las circunstancias. Bajé a la barbacoa tras asear mi indecencia campestre y me acodé en el cenador, observando cómo un par de paisanos mantenían las brasas y no dejaban de sacar chorizos asados, panceta bien tostada y filetes de entraña, que el cuchillo cortaba como si fueran mantequilla. Tomé un par de botellines y comí agradecido la carne que me no dejaban de servirme, empujándola con dulces rebanadas de pan de hogaza. Sin darme cuenta, como ocurre cuando uno se siente cómodo y acogido, pasé un buen rato charlando con varios vecinos, que se interesaban sinceramente sobre mi estancia allí y mi relación con la montaña. Hablamos de montañeros perdidos, de lobos y ciervos y también del oso, a quien curiosamente todos mencionaban en singular. Me enriqueció enormemente la larga conversación que mantuve con Javi, curtido y experto montañero, que tras mudarse a vivir allí había explorado la región y la conocía como la palma de su mano. No es habitual encontrarte con alguien que te habla de dónde ver rebecos y de lugares como Hoya Continua o el Chozo del Tío Vicente.

Cuando se acabó la carne, salimos del cenador y encendieron la hoguera. El fuego se levantó rápido sobre las ramas secas y las pavesas rojas volaban hacia el cielo, como si quisieran escapar del mundo de los hombres. Cuando los dos mismos parroquianos que habían hecho la barbacoa empezaron a echar sobre la gran hoguera ramas llenas de hojas verdes, todo el valle se inundó de un curioso sonido chisporroteante, como si se estuvieran friendo docenas de huevos en un enorme perol. Miraba a mi alrededor las caras anaranjadas como máscaras por la luz del fuego y pensaba que pocas veces en mi vida me había sentido tan cómodo entre gente extraña, pocas veces había experimentado la calidez y amabilidad que encontré aquella noche en la Posada de Fuentes Carrionas. Las nubes se marcharon y la gente empezó a cantar frente al fuego, bajo el cielo índigo, en aquel viejo ritual pagano, de raíces tan antiguas como el propio poblamiento de aquella montaña palentina, una montaña mágica en la que ellos tenían la suerte de vivir y donde yo, gracias a ellos, pude sentirme como uno más.