lunes, 13 de febrero de 2017

La Fuente del Agua Fría

Hace ya unos cuantos años, en una tarde mediado el otoño, me encontraba caminando como tan de costumbre por los rincones solitarios del Macizo de Ayllón. Aquel día acababa de visitar por primera vez la cumbre del Cerrón, una montaña redonda, desnuda y panzuda de unos dos mil doscientos metros de altitud. Antes de emprender la bajada desplegué el mapa por si aquellos pagos ofrecían algún otro lugar sugerente que conocer. Muchas veces visito lugares remotos atraído únicamente por sus nombres tradicionales, sólo por ver qué hay allí, si existe algún vestigio que deje adivinar el porqué los antiguos aldeanos y pastores los bautizaron de aquella manera. En ese momento viví una de esas hermosas casualidades: Fuente del Agua Fría, ponía escrito en azul en mi astroso mapa, como siempre machacado, húmedo y cuajado de notas, referencias y flechas. Aquella Fuente del Agua Fría me caía al lado. Y encontré un pequeño tesoro: un recoleto manantial brotaba en un prado herboso, de una grieta que no tenía tubo de hierro ni canalización alguna. Una fuente natural, primitiva, salvaje. No había más indicio de fuente que un par de lascas de cuarcita que quién sabe cuándo alguien había colocado para sujetar la turba y que el agua saliera limpia. El rincón era de una paz extrema, protegido del viento, cargado de silencio, un paraíso verde y fresco en la austera alta montaña. Y aquel agua, quién sabe si por la sugestión de tan bello nombre, Fuente del Agua Fría, me supo como una especie de néctar legendario, a lo que debe saber el germen de la Madre Tierra.

Años después, en un día cualquiera, volví a aquellos parajes. Los pasos me llevaron al Cerrón y de él a la Fuente del Agua Fría, ese rincón mítico y puro del que tan buen recuerdo guardaba. Pero según me acercaba se me fue haciendo un nudo en la garganta. Del carril que pasaba por allí se desgajaba el rastro profundo y desagradable de las orugas de un buldózer. Lo seguí con angustia hasta la pequeña vaguada donde estaba escondida la Fuente. Encontré un gran agujero cuadrado en la tierra, como una gigantesca tumba recién excavada por un siniestro enterrador, un cráter infame que había mutilado la ladera. Hasta la maloliente alberca llegaba una tubería que alguien había clavado en la Fuente del Agua Fría. El manantial había desaparecido, pues el rincón húmedo y herboso había sido destruido y removido para atravesarlo con el tubo. Parecía que el buldózer se hubiera deleitado en destruir por placer, en dañar por puro lujo de males. Me dio tanto asco que ni tomé fotografías. El paraje como tal, como debieron conocerlo generaciones de cabreros, arrieros, viajeros, montañeros y naturalistas ya no existía. Había sido destruido por completo y sin necesidad. Hay sitios de sobra degradados como para haber dejado aquél tranquilo. Desconozco el fin de aquella obra criminal en un lugar tan remoto. Y no me importa. Lo único que sé es que el maldito canalla que la mandó hacer jamás caminó por esas sierras. Nunca las conoció en su pureza, en el silencio rotundo de su perpetua soledad. Nunca tuvo sed en la montaña y caminó hacia esa fuente para calmarla, ni sintió su sabor a tierra y a piedra oculto en la frialdad del agua cristalina. Cuando te ocurren cosas así te das cuenta de que el odio es un sentimiento legítimo. Lo asumes cuando destruyen tus leyendas.

La antigua Fuente del Agua Fría, hace diez años.