domingo, 4 de octubre de 2020

Tardes de gato montés

Estaba allí, acechando sentado junto a un cogollo de madrigueras de topillos, en una fresca tarde de finales de septiembre en la Montaña Palentina. Corpulento, atigrado, sereno. Apenas giró las orejas cuando detuve el coche, despacio, en un apartadero de la carretera. Él sabía perfectamente que yo estaba ahí, debía escucharme moviéndome en el interior del coche, los crujidos al detenerse el motor, sin duda escuchó el leve pitido de la cámara al encenderse. Pero no pareció importarle: pude interpretar una especie de acuerdo tácito, no un pacto entre caballeros, sino una cierta condescendencia de aquel gato montés hacia mí. De vez en cuando me miraba con esos ojos profundos, esferas de verde pálido, como los recuerdos. Estaba concentrado en la caza, con la serenidad de quien hace algo importante y espera que no le molesten. Aquel increíble gato salvaje sencillamente me permitió observarle.

Después de tomar unas cuantas fotografías, bajé la cámara y me limité a contemplarlo. Esa belleza primitiva, salvaje, atávica; los movimientos fluidos, silenciosos. Esa solemnidad de gran felino. Aquello era todo un privilegio, un momento muy particular en la vida de todo naturalista, algo que sabes no vas a olvidar. Cuando disfruto de estos momentos especiales, en los que te das cuenta de que el animal te da permiso para estar allí, siempre termino dejando de lado la cámara para poder saborear la oportunidad. Y quien sabe si, por la montaña, se corrió la voz en la lengua de los gatos salvajes, porque la tarde siguiente pude pasar casi una hora observando, a larga distancia, a otro gato mientras cazaba varios topillos en un prado. Cierto que era también la hora justa, la mejor época del año, el lugar adecuado y uno tiene la vista hecha. Pero en ocasiones no puedes evitar sonreír ante tu buena suerte. Dicen que se llama serendipia: encontrar algo maravilloso que no se buscaba. 





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